SOCIEDAD

El oso pardo sobrevivió 175.000 años en Europa por su flexibilidad

Un estudio científico reveló que el oso pardo resistió glaciaciones y cambios climáticos extremos en Europa gracias a microajustes biomecánicos en su mandíbula, superando a especies especializadas que se extinguieron.

Redacción El Capitán 12 de julio de 2026 6 min de lectura
El oso pardo sobrevivió 175.000 años en Europa por su flexibilidad
Foto: Infobae

Un equipo de investigadores liderado por Anneke H. van Heteren determinó que el oso pardo sobrevivió 175.000 años en Europa gracias a su capacidad de adaptar su mandíbula a diferentes condiciones climáticas y dietarias extremas.

La investigación, publicada recientemente en la revista científica Comptes Rendus Palevol, detalla cómo el Ursus arctos logró atravesar transformaciones ambientales drásticas, incluyendo glaciaciones severas y periodos templados, sin perder su identidad como especie. A diferencia de otros grandes mamíferos que desaparecieron ante las fluctuaciones del Pleistoceno, el oso pardo demostró una resiliencia basada en la flexibilidad anatómica. Según indicaron expertos de las Colecciones Estatales de Historia Natural de Baviera (SNSB), esta capacidad de respuesta inmediata a las circunstancias del entorno fue el factor determinante que evitó su extinción en el continente europeo, permitiéndole mantenerse activo mientras competidores directos, como el oso de las cavernas, sucumbían ante la especialización excesiva de sus dietas.

El núcleo del éxito evolutivo del oso pardo reside en modificaciones biomecánicas específicas de su estructura ósea. Los científicos analizaron cerca de 200 mandíbulas, combinando restos fósiles con ejemplares actuales, mediante técnicas de morfometría geométrica tridimensional. Este proceso permitió crear modelos digitales en 3D para medir con precisión milimétrica la forma de los huesos y los puntos de inserción del músculo masetero, el principal responsable de la fuerza de mordida. Los datos revelaron que, aunque la arquitectura general de la mandíbula se mantuvo estable durante milenios, existieron variaciones sutiles que optimizaron la trituración de alimentos según la temperatura global. Durante las fases más frías del Pleistoceno, los ejemplares desarrollaron mandíbulas con una capacidad de trituración superior, necesaria para procesar recursos más duros o escasos, mientras que en periodos cálidos la configuración mutaba hacia una estructura adaptada a una dieta menos exigente.

La metodología empleada por el equipo de Van Heteren permitió contrastar al oso pardo con otras especies de úrsidos, como el oso polar y el oso de las cavernas. Mientras que el oso polar se especializó estrictamente en una dieta carnívora y el de las cavernas en una vegetariana, el oso pardo conservó un diseño mandibular intermedio y omnívoro. Esta falta de especialización extrema, lejos de ser una debilidad, funcionó como una ventaja competitiva. Al no depender de un solo tipo de alimento, la especie pudo realizar pequeños ajustes anatómicos que incrementaron su eficiencia alimentaria sin necesidad de una transformación radical de su ADN. De acuerdo con los especialistas del SNSB, estos hallazgos sugieren que la evolución no siempre requiere cambios estructurales masivos, sino que la optimización de rasgos existentes puede ser suficiente para garantizar la permanencia de un linaje a través de las eras geológicas.

Contexto

El periodo analizado por el estudio abarca los últimos 175.000 años, un tiempo marcado por la inestabilidad climática en el hemisferio norte. Durante este lapso, Europa experimentó ciclos de avance y retroceso de glaciares que alteraron profundamente la vegetación y la disponibilidad de presas. El registro fósil muestra que muchas especies de la megafauna no lograron adaptarse a la velocidad de estos cambios. El oso de las cavernas (Ursus spelaeus), por ejemplo, se extinguió hace aproximadamente 24.000 años, coincidiendo con el Último Máximo Glacial. Los investigadores señalan que la rigidez de su dieta vegetal fue su sentencia de muerte cuando las praderas desaparecieron bajo el hielo. En contraste, el oso pardo ya habitaba las mismas regiones, pero su plasticidad fenotípica le permitió colonizar diversos nichos ecológicos, desde bosques densos hasta tundras abiertas, manteniendo una población estable a pesar de las presiones externas.

Históricamente, la ciencia había debatido si la supervivencia del oso pardo se debía a una migración constante hacia zonas más favorables o a una adaptación local. Los resultados de este estudio apoyan la segunda hipótesis, demostrando que las poblaciones locales modificaban su morfología en respuesta directa al clima imperante en su zona de residencia. La comparación de mandíbulas de diferentes estratos geológicos confirmó que el patrón de cambio en la fuerza de mordida se repitió de manera sistemática cada vez que el clima oscilaba entre fases frías y cálidas. Este fenómeno de “microevolución” funcional explica por qué el Ursus arctos es hoy uno de los mamíferos terrestres con mayor distribución geográfica en el mundo, habiendo colonizado desde las regiones árticas hasta zonas subtropicales con variaciones mínimas en su genotipo básico.

Impacto

El descubrimiento tiene implicancias directas para la biología de la conservación y la comprensión del cambio climático contemporáneo. Al identificar que la diferencia entre las mandíbulas de periodos fríos y cálidos tiene una relevancia estadística significativa, los científicos confirmaron que el clima es un motor evolutivo más potente que el simple paso del tiempo. Esto plantea interrogantes sobre la capacidad de los grandes mamíferos actuales para enfrentar el calentamiento global acelerado. El estudio sugiere que mecanismos como la plasticidad fenotípica —la capacidad de un organismo de cambiar sus características físicas según el ambiente durante su crecimiento— y la epigenética podrían ser las herramientas clave para la supervivencia de las especies en el siglo XXI. Según fuentes institucionales vinculadas a la investigación, entender cómo el oso pardo gestionó su resiliencia permite predecir qué especies actuales poseen la flexibilidad necesaria para no desaparecer.

Además, el trabajo de Van Heteren subraya la importancia de mantener la diversidad dietaria en las especies amenazadas. La omnivoría del oso pardo actuó como un seguro de vida evolutivo, una lección que los ecólogos consideran vital para las estrategias de manejo de fauna silvestre. El impacto de esta investigación también alcanza al campo de la paleontología digital, validando el uso de la morfometría 3D para resolver enigmas biológicos que las observaciones visuales tradicionales no lograban descifrar. La capacidad de cuantificar la fuerza de mordida a partir de restos óseos de hace más de 100.000 años abre una nueva ventana para estudiar la interacción entre los depredadores y su entorno en momentos de crisis climática, aportando datos concretos sobre la eficiencia energética de los animales en condiciones de estrés ambiental.

Hacia adelante, el equipo de investigación planea expandir el análisis a otras regiones geográficas y periodos temporales para verificar si esta plasticidad mandibular es una característica universal de todos los úrsidos o una ventaja exclusiva del linaje del oso pardo. La tensión pendiente reside en determinar si la velocidad del cambio climático actual, que supera con creces los ritmos naturales del Pleistoceno, permitirá que estos mecanismos de adaptación biológica actúen a tiempo. El próximo paso de los científicos será estudiar los marcadores epigenéticos en poblaciones modernas de osos para intentar identificar los genes específicos que regulan estos cambios óseos, lo que podría ofrecer una hoja de ruta sobre la resiliencia genética de la fauna europea frente a los desafíos ambientales del futuro inmediato.

Fuente: Infobae

¿Cómo te hizo sentir esta nota?

Fuente

Información publicada por Infobae.

Redacción El Capitán

Equipo editorial de El Capitán con apoyo de inteligencia editorial. Periodismo argentino con análisis profundo.

El Capitan IATu asistente de noticias