SOCIEDAD

El estrés crónico duplica el riesgo de infarto y afecta al 49% de los

El cardiólogo Mario Boskis advirtió que el estrés sostenido actúa como un factor de riesgo cardiovascular equiparable a la hipertensión, afectando la salud arterial y duplicando las probabilidades de sufrir eventos cardíacos graves.

Redacción El Capitán 13 de julio de 2026 6 min de lectura
El estrés crónico duplica el riesgo de infarto y afecta al 49% de los
Foto: La Nación

El cardiólogo Mario Boskis alertó en Buenos Aires sobre el impacto del estrés crónico en el organismo, señalando que este fenómeno puede duplicar la probabilidad de sufrir un infarto y afecta actualmente a casi la mitad de la población adulta argentina.

La problemática del estrés dejó de ser considerada una afección estrictamente psicológica para posicionarse como un factor de riesgo cardiovascular de primer orden, según detallaron especialistas del sector salud. El mecanismo biológico se activa inicialmente como una respuesta de supervivencia mediante la liberación de adrenalina y noradrenalina, sustancias que aceleran la frecuencia cardíaca ante amenazas inmediatas. Sin embargo, cuando este estado de alerta se prolonga, el cuerpo comienza a segregar cortisol de manera sostenida. Esta hormona, en niveles elevados y constantes, desencadena una serie de procesos fisiológicos nocivos que incluyen el aumento de la presión arterial, la elevación de los niveles de azúcar en sangre y el incremento del peso corporal, factores que combinados deterioran severamente el sistema circulatorio.

De acuerdo con las precisiones brindadas por el doctor Boskis, el daño más crítico ocurre en el endotelio, que es la capa interna de las arterias. La inflamación de este tejido, producto del estrés persistente, facilita la formación de obstrucciones arteriales que derivan en cuadros coronarios agudos. Los datos clínicos indican que el riesgo de padecer un evento cardíaco bajo estas condiciones es comparable al que presentan pacientes con colesterol elevado o tabaquismo. Los síntomas suelen manifestarse a través de palpitaciones, alteraciones del sueño, cefaleas persistentes y cambios drásticos en los hábitos cotidianos, aunque la autopercepción de estos signos resulta compleja para el paciente, quien muchas veces requiere de la observación de terceros o de un diagnóstico médico profesional para reconocer el cuadro de agotamiento psicofísico.

La detección temprana se vuelve fundamental ante la confusión frecuente entre crisis de ansiedad y problemas cardíacos reales. Fuentes del sector médico indicaron que es habitual recibir pacientes con dolores de pecho que sospechan un ataque cardíaco inminente, cuando en realidad atraviesan un ataque de pánico. No obstante, la recomendación institucional es realizar siempre la consulta de urgencia para descartar patologías orgánicas. Un dato estadístico relevante que vincula la actividad social con la salud física es la mayor incidencia de infartos registrada durante los domingos por la noche y los lunes por la mañana. Este fenómeno, asociado al inicio de la rutina laboral y las exigencias de productividad, evidencia cómo el entorno psicosocial impacta directamente en la estabilidad hemodinámica de las personas, actuando como un desgaste progresivo que el cuerpo eventualmente deja de compensar.

Contexto

La situación en Argentina presenta matices particulares dentro del escenario global de salud pública. Según datos recientes analizados por especialistas, el país encabeza los rankings internacionales de percepción de estrés, con un 49% de la población adulta manifestando sentirse bajo esta condición. Este antecedente sitúa a la sociedad argentina en un lugar de vulnerabilidad frente a enfermedades no transmisibles. Históricamente, el estrés era analizado como una consecuencia secundaria de otras patologías, pero en la última década, la cardiología moderna comenzó a tratarlo como una variable independiente y determinante. La evolución de los estudios sobre el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal permitió comprender que la conexión entre la mente y el cuerpo no es una abstracción teórica, sino un proceso químico con resultados mensurables en laboratorios y estudios de diagnóstico por imágenes.

El contexto socioeconómico y la inestabilidad propia de la región han sido señalados por diversos observadores como catalizadores de este estado de alerta permanente. A diferencia del estrés agudo, que es una respuesta adaptativa necesaria para la vida, el estrés crónico del siglo XXI se caracteriza por la falta de períodos de recuperación. Los antecedentes clínicos muestran que las poblaciones sometidas a crisis recurrentes presentan una mayor rigidez arterial prematura. En este escenario, la medicina preventiva enfrenta el desafío de identificar qué porcentaje de ese 49% de argentinos estresados presenta un riesgo cardiovascular real y quiénes requieren intervenciones farmacológicas o cambios profundos en el estilo de vida para evitar desenlaces fatales en el mediano plazo.

Impacto

El impacto de esta problemática se traduce en una presión creciente sobre el sistema de salud y en una disminución de la calidad de vida de la población económicamente activa. Al duplicarse el riesgo de infarto, las instituciones médicas deben readecuar sus protocolos de prevención primaria para incluir la salud mental como un pilar de la salud coronaria. El daño en el endotelio y la inflamación sistémica no solo afectan al corazón, sino que predisponen al organismo a otras complicaciones como la diabetes tipo 2 y trastornos metabólicos. Para el sistema productivo, esto implica un aumento en el ausentismo laboral y una baja en la eficiencia, dado que los síntomas como el insomnio y la falta de concentración preceden a las crisis físicas más graves.

Desde una perspectiva clínica, el reconocimiento del estrés como un factor de riesgo mayor obliga a los profesionales a profundizar en la anamnesis de los pacientes, yendo más allá de los valores de laboratorio tradicionales. La importancia de este cambio de paradigma radica en que permite abordar la enfermedad antes de que se produzca la obstrucción arterial. Si se logra controlar la liberación de cortisol y mejorar la respuesta del sistema nervioso autónomo, se reduce significativamente la carga de enfermedad cardiovascular en la población. El impacto es, por lo tanto, tanto individual como colectivo, afectando la longevidad y la sostenibilidad de los servicios de emergencia que atienden cuadros agudos derivados de situaciones de tensión sostenida.

Hacia adelante, la comunidad médica espera que se profundicen las campañas de concientización sobre la importancia del descanso y la desconexión digital como herramientas de protección cardíaca. El próximo paso en la gestión de esta crisis sanitaria será la implementación de chequeos integrales que evalúen el perfil de estrés de los pacientes junto con los controles de rutina de presión y glucemia. La tensión pendiente reside en la capacidad de los individuos para modificar entornos laborales y personales altamente exigentes en un país con indicadores de estrés que superan la media mundial, lo que determinará la evolución de las tasas de mortalidad cardiovascular en los próximos años.

Fuente: La Nación

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Información publicada por La Nación.

Redacción El Capitán

Equipo editorial de El Capitán con apoyo de inteligencia editorial. Periodismo argentino con análisis profundo.

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