El neurólogo y psiquiatra Luis Ignacio Brusco presentó en Buenos Aires su libro “El mundo después del mundo: peripandemia”, donde analiza la persistencia de trastornos de ansiedad y estrés crónico tras la emergencia sanitaria por el COVID-19.
La investigación del decano de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) revela que la sociedad no atraviesa una pospandemia, sino una “peripandemia”. Según fuentes académicas y sanitarias, este concepto define una etapa donde la emergencia biológica cesó, pero los cambios estructurales en la conducta humana y la organización social permanecen activos. Los datos recopilados por especialistas del sector salud indican un incremento sostenido en las consultas por insomnio, fobias y episodios de violencia social, fenómenos que Brusco vincula directamente con la cronicidad del miedo experimentada entre 2020 y 2022. El especialista sostiene que los instintos básicos de reacción han mutado, generando sociedades con menor tolerancia y una tendencia marcada hacia comportamientos pasivo-agresivos en el ámbito público y privado.
El análisis clínico destaca que el agotamiento mental y la vulnerabilidad psíquica se han convertido en rasgos distintivos del escenario actual. De acuerdo con operadores del sistema de salud mental, la alteración de los ritmos biológicos, como el ciclo del sueño, persiste en una gran parte de la población activa. Brusco ejemplifica este fenómeno con el “jet lag” pandémico, una desincronización donde las personas mantienen hábitos nocturnos adquiridos durante el confinamiento. Además, el informe técnico subraya que el uso de tecnologías bidimensionales, como las plataformas de videoconferencia, ha limitado la activación de las neuronas espejo. Estas células son fundamentales para la comunicación empática y el reconocimiento facial, procesos que se vieron severamente afectados por el uso prolongado de barbijos y el distanciamiento físico, impactando especialmente en el desarrollo lingüístico de los niños.
Contexto
La crisis sanitaria global iniciada en marzo de 2020 funcionó como un catalizador de procesos que, en condiciones normales, habrían tardado décadas en consolidarse. La digitalización forzada y la hiperconectividad transformaron la educación y el trabajo, pero también instalaron lo que Brusco denomina “dispersión cognitiva”. Históricamente, las grandes epidemias han dejado huellas en la psiquis colectiva, pero la particularidad del COVID-19 radica en la simultaneidad global del trauma. Antes de la publicación de este estudio, la Comisión de The Lancet sobre demencia ya había advertido que el aislamiento social es un factor de riesgo modificable para el Alzheimer. En Argentina, el confinamiento estricto y la posterior transición hacia la nueva normalidad crearon un bache en la estimulación presencial que, según registros de la Facultad de Ciencias Médicas, todavía no ha sido compensado en los niveles educativos iniciales.
El antecedente inmediato de esta investigación se encuentra en el seguimiento de pacientes con secuelas neurológicas post-COVID. Brusco menciona que existen reportes clínicos que vinculan la infección por coronavirus con un aumento en la incidencia de enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson y el Alzheimer. Este marco científico permite entender por qué el autor rechaza la idea de una etapa superada. Para el ámbito académico de la UBA, la pandemia estableció un quiebre histórico similar a las grandes guerras, modificando no solo la salud pública sino la percepción de la finitud humana. La adopción apresurada de la inteligencia artificial durante este periodo también se suma al contexto de una sociedad que buscó refugio en algoritmos ante la fragilidad de los vínculos humanos presenciales, exacerbando brechas de desigualdad preexistentes.
Impacto
Las consecuencias de la peripandemia se manifiestan hoy en una fragmentación social que afecta la productividad y la convivencia urbana. El impacto directo se observa en el sistema de salud, que debe enfrentar una demanda creciente de tratamientos por trastornos del ánimo y dismorfia por Zoom, un fenómeno de distorsión de la autoimagen derivado de la exposición constante a cámaras. Según fuentes del Ministerio de Salud, la soledad sostenida en adultos mayores ha duplicado el riesgo de deterioro cognitivo, lo que representa un desafío presupuestario y social para las próximas décadas. La pérdida de intersubjetividad en los procesos de aprendizaje también amenaza con disminuir la calidad de la formación profesional, ya que la virtualidad, aunque práctica, limita la profundidad de la interacción necesaria para el desarrollo de habilidades blandas y empáticas.
En el plano biológico, el impacto se traduce en una reconfiguración de los hábitos inconscientes. Brusco señala que, si bien la sociedad incorporó rápidamente rituales de higiene como el lavado de manos, también desarrolló “hábitos temerosos” que dificultan la reintegración plena a espacios masivos. La falta de contacto visual y físico durante los años críticos ha generado una merma en la capacidad de lectura emocional del otro, lo que explica, en parte, el aumento de la conflictividad en el espacio público. Para las empresas y organismos del Estado, esto implica la necesidad de rediseñar entornos laborales que prioricen la salud mental para mitigar el síndrome de fatiga virtual, que hoy afecta el rendimiento de los trabajadores que mantienen modalidades 100% remotas sin soporte psicológico adecuado.
El próximo paso en la investigación de la salud mental pospandémica se centrará en el seguimiento de la cohorte de niños nacidos entre 2019 y 2021. Los especialistas de la UBA y otros centros de salud monitorearán cómo la falta de estímulos visuales y fonemas durante el periodo de uso universal de barbijos afectará el desarrollo del cerebro social a largo plazo. La tensión pendiente reside en la capacidad del sistema educativo para recuperar la presencialidad efectiva frente a una preferencia creciente por la comodidad tecnológica. El desafío para el año 2025 será integrar los avances de la inteligencia artificial sin profundizar el aislamiento, garantizando que la tecnología sea una herramienta de conexión y no un sustituto de la complejidad del encuentro humano presencial.