SOCIEDAD

Científicos hallan rastros de explosiones estelares en el hielo de la Antártida

Un equipo internacional detectó hierro-60 en muestras de hielo antártico de hasta 80.000 años, confirmando que el Sistema Solar atraviesa una nube de polvo remanente de supernovas.

Redacción El Capitán 24 de mayo de 2026 6 min de lectura
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Foto: La Nación

Investigadores del Helmholtz-Zentrum Dresden-Rossendorf confirmaron el hallazgo de hierro-60, un isótopo radiactivo de origen estelar, en núcleos de hielo de la Antártida con una antigüedad de entre 40.000 y 80.000 años.

El descubrimiento, publicado recientemente en la revista científica Physical Review Letters, demuestra que el espacio que rodea a nuestro sistema planetario no es un vacío inerte, sino un entorno cargado de vestigios de explosiones estelares remotas. El equipo liderado por el doctor Dominik Koll y el profesor Anton Wallner utilizó muestras obtenidas a través del proyecto europeo EPICA para rastrear la presencia de este material exótico. Según explicaron los especialistas, el hierro-60 no se produce de forma natural en la Tierra ni en el entorno cercano del Sol, sino que es el subproducto exclusivo de estrellas masivas que colapsaron violentamente bajo su propia gravedad, conocidas como supernovas. La detección de estos átomos en las capas profundas del continente blanco funciona como un archivo natural que permite reconstruir la historia galáctica de la Tierra mientras se desplaza por la Vía Láctea.

Para alcanzar estos resultados, el proceso técnico requirió una logística de alta precisión y tecnología de punta. Se transportaron aproximadamente 300 kilogramos de hielo desde el Instituto Alfred Wegener hasta la ciudad de Dresde, en Alemania. Allí, las muestras fueron sometidas a un complejo tratamiento químico que redujo el volumen total a apenas unos pocos cientos de miligramos de polvo concentrado. Posteriormente, este residuo fue analizado en el Acelerador de Iones Pesados de la Universidad Nacional Australiana. La sensibilidad del método empleado fue tal que permitió identificar un puñado de átomos de hierro-60 entre diez billones de átomos analizados. Annabel Rolofs, investigadora de la Universidad de Bonn, comparó la magnitud de la tarea con la búsqueda de una aguja en 50.000 estadios de fútbol llenos de heno, destacando que la maquinaria moderna es capaz de localizar dicha partícula en apenas una hora de procesamiento.

Contexto

La Tierra y el resto del Sistema Solar se encuentran actualmente transitando una región del espacio denominada Nube Interestelar Local (LIC, por sus siglas en inglés). Esta estructura es una zona de gas y polvo altamente diluido que, según los nuevos datos, contiene y almacena hierro-60 durante periodos prolongados. Los antecedentes científicos sugerían que nuestro vecindario estelar había sido moldeado por explosiones ocurridas hace millones de años, pero la rapidez con la que cambia la señal del isótopo en el hielo antártico —en escalas de apenas decenas de miles de años— apunta a una fuente mucho más reciente y vinculada directamente a la estructura de la nube que habitamos hoy. El análisis de los núcleos de hielo reveló que el flujo de polvo estelar era significativamente menor hace 80.000 años, lo que indica que el Sistema Solar ingresó en una zona más densa de la LIC o que la propia nube posee variaciones internas de composición que no habían sido mapeadas hasta el momento.

Históricamente, la comunidad científica ha utilizado los sedimentos oceánicos para buscar rastros de supernovas, pero el hielo de la Antártida ofrece una resolución temporal mucho más fina. Mientras que en el fondo del mar los procesos geológicos pueden mezclar capas de miles de años, la acumulación de nieve en los polos permite una datación casi anual, similar a los anillos de un árbol. El proyecto EPICA (European Project for Ice Coring in Antarctica) ha sido fundamental en este sentido, proporcionando acceso a registros climáticos y cósmicos que se remontan a cientos de miles de años. La utilización de este “archivo congelado” para fines de astrofísica de partículas representa un avance significativo en la comprensión de cómo los eventos cataclísmicos en el centro de la galaxia o en brazos espirales cercanos terminan afectando la composición química de los planetas interiores.

Impacto

Este hallazgo cambia la percepción sobre la estabilidad del entorno espacial de la Tierra y confirma que el planeta captura partículas interestelares de manera continua. La presencia de hierro-60 en la superficie terrestre, aunque en cantidades infinitesimales que no representan un riesgo para la vida, es una prueba directa de que la atmósfera y el campo magnético no son barreras infranqueables para el material eyectado por supernovas. De acuerdo con fuentes del ámbito académico, este tipo de investigaciones permite descartar teorías previas sobre el origen del polvo cósmico y sitúa al Sistema Solar en una posición dinámica cerca del borde de la Nube Interestelar Local. Los datos sugieren que la Tierra abandonará esta región cargada de restos estelares en unos pocos miles de años, lo que alterará nuevamente el flujo de isótopos que ingresan a nuestra atmósfera.

Desde el punto de vista tecnológico, el éxito del método desarrollado por el profesor Wallner y su equipo establece un nuevo estándar para la detección de radionúclidos de larga vida. La capacidad de detectar señales tan débiles en archivos geológicos actuales abre la puerta a estudiar otros fenómenos cósmicos, como la actividad solar histórica o el impacto de rayos cósmicos de alta energía en el clima terrestre. Según indicaron desde el Helmholtz-Zentrum Dresden-Rossendorf, la técnica ahora puede aplicarse para buscar otros isótopos como el plutonio-244, lo que permitiría rastrear procesos de nucleosíntesis aún más complejos y antiguos que los derivados de las supernovas convencionales. La Antártida se consolida así no solo como un laboratorio para el cambio climático, sino como un sensor de eventos astronómicos de escala galáctica.

El próximo paso de la investigación se centrará en el proyecto Beyond EPICA, que busca obtener núcleos de hielo todavía más antiguos para extender el registro temporal. El objetivo es analizar qué ocurría antes de que el Sistema Solar entrara en la Nube Interestelar Local, comparando los niveles de hierro-60 actuales con los de periodos previos a este tránsito. Esta comparación permitirá determinar con exactitud si la nube es la única fuente del isótopo o si existen otros remanentes estelares interactuando con nuestro sistema. La tensión científica actual reside en determinar si estas variaciones de densidad en el medio interestelar pudieron haber tenido alguna influencia en la química atmosférica de la Tierra en el pasado remoto, una incógnita que solo el análisis de las capas de hielo más profundas podrá resolver en los próximos años.

Fuente: La Nación

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Información publicada por La Nación.

Redacción El Capitán

Equipo editorial de El Capitán con apoyo de inteligencia editorial. Periodismo argentino con análisis profundo.

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