La escultora y académica María Alba Blotta cumple cien años este 17 de mayo, celebrando una trayectoria que posicionó la imaginería religiosa argentina en templos y espacios públicos de ciudades como Sydney, Toronto, Nueva York, Hong Kong y Manila.
El festejo del centenario se llevará a cabo en el barrio porteño de Belgrano, donde se realizará una misa de acción de gracias seguida de un ágape para familiares y allegados. Blotta, quien inició su camino en la escultura de manera autodidacta a los 55 años, logró que sus piezas de la Sagrada Familia y la Virgen María trasciendan las fronteras locales para integrarse en retiros espirituales y centros educativos de países tan diversos como Kazajistán, India, Camerún, Nigeria y Lituania. Según fuentes cercanas a la organización del evento, la artista mantiene su vocación activa, enfocada en la creación de figuras que, en sus propias palabras, tienen como único fin invitar a la oración a través de la belleza y la serenidad de sus rasgos.
La producción de Blotta se caracteriza por un enfoque humanista de las figuras sacras, donde la Virgen María es representada en actitudes cotidianas y oficios domésticos, siempre portando una sonrisa característica que busca transmitir dulzura. Esta impronta estética no fue fruto de una formación académica formal en artes plásticas, sino de un descubrimiento tardío tras una exitosa carrera en la gestión universitaria. De acuerdo con registros de la Universidad Austral, donde fue directora de Evaluación Institucional hasta 2007, Blotta comenzó a experimentar con la arcilla casi por casualidad, logrando modelar su primer querubín en menos de una hora. Este giro vital la llevó a convertirse en la mayor exponente de la imaginería religiosa del país, con obras distribuidas en centros de formación de Lagos, Kinshasa, Estocolmo y Praga.
Contexto
La relación de María Alba con el arte tiene una raíz genealógica profunda, siendo hija del célebre escultor ítalo-argentino Erminio Blotta. Durante su infancia, María Alba frecuentaba el taller de su padre en Rosario, donde él trabajaba en monumentos emblemáticos como el busto de Domingo Faustino Sarmiento en el Colegio Nacional 1, el monumento a Juan Bautista Alberdi en la plaza homónima, y las esculturas de Beethoven y Dante Alighieri. Aunque en aquel entonces la joven no manifestaba interés por la práctica escultórica, oficiaba de asistente visual para su padre, quien padecía una dificultad en un ojo que afectaba su percepción de la profundidad. Esta convivencia con el barro y la ópera que Erminio escuchaba mientras trabajaba formó un sustrato estético que emergería décadas más tarde.
Antes de volcarse a la escultura, Blotta consolidó una carrera de alto perfil en el sistema educativo argentino. Graduada en Ciencias de la Educación por la Universidad Nacional del Litoral (UNL), se especializó en planeamiento y estadística, realizando estudios de posgrado en Buenos Aires y en el Instituto Latinoamericano de Planificación Económico Social. Su labor docente se desarrolló en los Institutos Nacionales del Profesorado de Rosario y Buenos Aires, además de ocupar cargos técnicos en la dirección pedagógica del Ministerio de Educación de la Nación. En el ámbito privado, fue pieza fundamental en el diseño de programas de capacitación para entidades como APDES y el COE, culminando su etapa profesional como miembro del Consejo Superior de la Universidad Austral durante cuatro períodos consecutivos, institución que en 2003 le otorgó el título de profesora honoraria.
Impacto
La obra de Blotta representa un fenómeno de exportación cultural no tradicional para la Argentina, ya que su imaginería no solo cumple una función estética, sino que actúa como un puente de comunicación religiosa en culturas radicalmente distintas. La presencia de sus esculturas en lugares como Vilna, Lagos o Seúl demuestra la universalidad de su lenguaje artístico, basado en la sencillez y la piedad. Para los especialistas en arte sacro, el impacto de su trabajo reside en haber despojado a las imágenes religiosas de cierta rigidez litúrgica para dotarlas de una calidez humana que facilita la identificación del fiel con la figura representada. Según indicaron desde el ámbito académico, su transición de la estadística y el planeamiento educativo hacia la creación manual es estudiada como un caso de éxito en el desarrollo de talentos en la etapa de la jubilación.
A nivel institucional, el legado de Blotta refuerza la identidad de los centros de formación vinculados al Opus Dei y otras organizaciones católicas alrededor del mundo, donde sus piezas son elementos centrales de los oratorios. Su primera obra, denominada “Nuestra Señora Reina del Hogar”, marcó el inicio de una serie de decenas de versiones marianas que hoy son patrimonio artístico en los cinco continentes. La relevancia de su figura también radica en la preservación de la tradición de la imaginería, un oficio que requiere precisión técnica y una profunda sensibilidad espiritual, y que Blotta logró revitalizar mediante un método autodidacta que desafió los cánones de la formación artística tradicional en la Argentina del siglo XX.
Con la llegada de su centenario, María Alba Blotta se posiciona como un referente de longevidad activa y compromiso vocacional. La celebración de este 17 de mayo no solo conmemora su vida, sino que pone de relieve la vigencia de una obra que continúa expandiéndose. El próximo paso en la preservación de su legado será la catalogación completa de sus piezas distribuidas globalmente, una tarea que familiares y colaboradores llevan adelante para asegurar que la huella de la escultora que empezó a los 55 años siga inspirando a nuevas generaciones de artistas y fieles en todo el mundo.