El gobierno de Vladimir Putin intensificó esta semana los ataques con misiles balísticos y drones contra Kiev y Dnipro, dejando un saldo de al menos trece muertos y decenas de heridos en zonas residenciales ucranianas.
La nueva escalada de violencia responde, según fuentes diplomáticas europeas y analistas del Kremlin, a una combinación de estancamiento en el frente de batalla y una crisis económica interna que comienza a horadar las reservas de Moscú. En las últimas horas, Rusia lanzó una andanada de proyectiles que impactaron edificios civiles, mientras funcionarios rusos emitieron advertencias severas para que el personal diplomático occidental abandone la capital ucraniana. Dmitry Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, calificó el reciente impacto de un dron en territorio de Rumania —miembro de la OTAN— como una “primera señal de alerta”, asegurando que la paz en Europa ha finalizado debido a la intervención unilateral de la Unión Europea en el conflicto.
En el plano económico, la situación para el Kremlin presenta signos de deterioro acelerado. El ministro de Finanzas ruso, Anton Siluanov, admitió ante el periódico Kommersant que el gobierno prepara recortes presupuestarios drásticos en todos los sectores, exceptuando defensa y gasto social, tras duplicarse el déficit en el primer trimestre del año. El déficit actual asciende a 11 billones de rublos, equivalentes a unos 150.000 millones de dólares. Esta cifra provocó reacciones inusuales en el Parlamento, donde el diputado Valery Gartung, del partido pro-Kremlin Rusia Justa, cuestionó públicamente si el país se encamina a una hiperinflación similar a la de 1992, cuando los precios aumentaban un 30% semanalmente. Según Janis Kluge, economista del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, los presupuestos regionales son los que sufren la mayor presión por la caída de ingresos civiles y las sanciones internacionales.
Contexto
La invasión a gran escala, iniciada en febrero de 2022, ha mutado de una guerra de movimientos rápidos a un conflicto de desgaste donde los recursos tecnológicos occidentales equilibran la balanza frente a la masa crítica rusa. Vasily Kashin, académico de la revista Russia in Global Affairs, sostiene que el objetivo original de liquidar al gobierno de Volodímir Zelenski es hoy “técnicamente imposible” sin una ocupación total y prolongada que Rusia no puede sostener. A esto se suma que los ataques ucranianos con drones de alcance medio han logrado interrumpir el corredor terrestre hacia Crimea, territorio anexado ilegalmente en 2014. El analista Sergei Markov confirmó que esta interrupción logística ha derivado en un racionamiento de combustible y escasez de gasolina en la península, afectando tanto la movilidad civil como el despliegue militar.
Históricamente, el Kremlin ha utilizado la presión sobre la infraestructura civil como una herramienta de negociación. Sin embargo, la actual saña en los bombardeos ocurre en un momento donde la inteligencia británica, a través del GCHQ, señala que el progreso de Moscú está en retroceso. La resistencia ucraniana en la región de Donetsk se ha vuelto el nudo gordiano para Putin, quien aspira a capturar la totalidad de este territorio antes de sentarse a negociar. A pesar de haber declarado la anexión de Lugansk, Donetsk, Zaporizhzhia y Kherson, las tropas rusas no logran ejercer un control efectivo sobre la totalidad de estas áreas, lo que genera una brecha entre la retórica política y la realidad del terreno.
Impacto
El impacto de esta nueva fase del conflicto se traduce en un desgaste humano sin precedentes. Mikhail Khodorkovsky, figura de la oposición en el exilio, señaló que las “zonas de exterminio” controladas por drones en el frente impiden que los soldados heridos puedan ser evacuados, reduciendo drásticamente la tasa de retorno de tropas al combate. Se estima que las bajas rusas alcanzan decenas de miles de hombres mensualmente, lo que pone al Kremlin ante la disyuntiva de lanzar una nueva y masiva movilización forzosa, una medida altamente impopular que podría concretarse tras las elecciones parlamentarias de septiembre. Tatiana Stanovaya, de la Fundación Carnegie, argumenta que la escalada es la única respuesta de Putin ante una situación que ya no puede controlar plenamente.
Para la comunidad internacional, el riesgo de un desborde del conflicto hacia países de la OTAN es una preocupación latente. Jonatan Vseviov, secretario general del Ministerio de Asuntos Exteriores de Estonia, advirtió que Moscú busca fracturar el apoyo occidental mediante amenazas híbridas y tensiones fronterizas. Mientras tanto, el mercado energético global observa con atención cómo la guerra de Estados Unidos contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han elevado los precios del petróleo, otorgando un respiro financiero temporal a Rusia, aunque insuficiente para compensar el gasto bélico que absorbe casi la totalidad del presupuesto nacional.
El escenario hacia el segundo semestre del año sugiere una profundización del estancamiento militar. Si bien Putin mantiene la esperanza de que un eventual cambio de administración en Estados Unidos fuerce a Ucrania a ceder territorio en Donetsk, los analistas coinciden en que la ventaja militar rusa se está disipando. La próxima fecha clave será septiembre, cuando el gobierno ruso deba decidir si asume el costo político de una nueva movilización de reservistas o si acepta que sus objetivos máximos son, como indican sus propios académicos, inalcanzables en el corto plazo.