La figura de Mao Zedong resurgió con fuerza en la cultura digital de China, donde jóvenes de la Generación Z lo reivindican como el “Maestro” frente a la crisis de empleo y la creciente desigualdad económica que afecta al país.
El fenómeno se manifiesta con nitidez en plataformas como Bilibili, una red social donde casi el 60% de los usuarios tiene entre 18 y 24 años. Allí, las búsquedas relacionadas con el difunto líder o el término “Maestro” arrojan miles de videos que recopilan sus discursos y apariciones históricas, acumulando millones de visualizaciones. Según datos de la Oficina Nacional de Estadística de China, la tasa de desempleo urbano para jóvenes de entre 16 y 24 años que no estudian alcanzó el 17,9% en julio de este año, marcando el nivel más alto desde que se modificó la metodología estadística hace tres años. Este escenario de precariedad laboral impulsó a estudiantes como Dong, una joven de Nanjing, a buscar respuestas en la retórica maoísta para procesar un presente donde el esfuerzo personal ya no garantiza el ascenso social prometido por las reformas de mercado.
La tendencia no se limita al consumo audiovisual, sino que penetra en los ámbitos académicos más prestigiosos del gigante asiático. Desde el año 2019, las “Obras escogidas de Mao Zedong” se posicionaron como el libro más solicitado en la biblioteca de la Universidad Tsinghua, manteniendo ese liderazgo de forma ininterrumpida hasta 2025. Operadores del mercado editorial y analistas educativos observan que este interés difiere radicalmente de la visión de las generaciones anteriores. Mientras que los padres de los actuales estudiantes vivieron la apertura económica de Deng Xiaoping como una etapa de prosperidad, los jóvenes de hoy se sienten atrapados en la denominada “involución”, un término que describe la necesidad de trabajar cada vez más solo para mantener el mismo estatus, bajo esquemas laborales agotadores conocidos como “996” (de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana).
Contexto
La valoración oficial de Mao Zedong en China fue establecida en 1981 bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, mediante una resolución del Partido Comunista Chino (PCCh) que definió su legado como un “70% de aciertos y un 30% de errores”. Durante décadas, esta fórmula permitió al país alejarse del culto a la personalidad y enfocarse en las reformas económicas, desplazando los retratos de Mao de los espacios públicos y las aulas. Sin embargo, la narrativa oficial actual, consolidada en la tercera resolución histórica de 2021 bajo el mandato de Xi Jinping, ha vuelto a situar la revolución de Mao como la piedra angular de la “gran revitalización de la nación china”, presentándolo como el líder que permitió que el país se pusiera de pie tras siglos de humillación extranjera.
Este retorno a las fuentes ocurre en un momento de estricta vigilancia sobre el discurso público. De acuerdo con investigaciones del Instituto Mercator de Estudios sobre China, el espacio para el debate político en internet es extremadamente frágil debido a la censura y la autocensura. Mientras que discutir sobre el actual líder, Xi Jinping, es un tema tabú que se evita conscientemente, la figura de Mao ofrece un refugio simbólico. Para muchos jóvenes, el lenguaje directo de Mao, que divide el mundo entre opresores y oprimidos, resulta más comprensible y útil para denunciar lo que consideran la “apropiación del Estado por parte del capital” que la compleja jerga económica de los tecnócratas actuales.
Impacto
El impacto de esta “fiebre por Mao” tiene consecuencias políticas profundas que preocupan a los expertos en cultura política. Florian Schneider, profesor de la Universidad de Leiden, sostiene que este resurgimiento no es mera nostalgia, sino un intento de los jóvenes por utilizar un lenguaje histórico validado por el Estado para nombrar la inseguridad que experimentan. La educación patriótica promovida por el PCCh ha generado una visión idealizada de la era de Mao, donde muchos jóvenes desconocen o minimizan las consecuencias devastadoras de campañas como el Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural, que resultaron en millones de muertes y caos social. Esta interpretación selectiva de la historia crea una base de seguidores con un carácter populista que podría volverse incontrolable para las autoridades.
La tensión radica en que este fervor juvenil, surgido desde las bases, encierra una energía política potencialmente explosiva. Al igual que ocurre con los brotes de nacionalismo extremo, estos sentimientos son difíciles de regular por completo mediante la censura. Si la economía no logra absorber a la masa de graduados universitarios y los precios de la vivienda siguen siendo inasequibles, la identificación con la retórica revolucionaria de Mao podría transformarse de una tendencia estética en internet a una identidad política duradera que cuestione los métodos de gobierno actuales y la distribución de la riqueza en la segunda economía del mundo.
El futuro de esta tendencia dependerá de la capacidad del gobierno para gestionar las expectativas de una generación que, a diferencia de sus predecesores, ya no se conforma con el crecimiento del Producto Interno Bruto como única métrica de éxito. Por ahora, el “Maestro” sigue sumando seguidores en las redes, mientras el PCCh observa con cautela cómo su propia narrativa histórica es utilizada por los jóvenes para demandar una justicia social que el sistema actual parece postergar.