ECONOMÍA

El lazo criollo mantiene su vigencia como herramienta clave del campo

Productores y especialistas rurales ratifican la vigencia del lazo de cuero crudo en las tareas ganaderas argentinas, destacando su evolución técnica y su resistencia frente a los avances tecnológicos en la infraestructura de los establecimientos agropecuarios.

Redacción El Capitán 25 de julio de 2026 6 min de lectura
El lazo criollo mantiene su vigencia como herramienta clave del campo
Foto: La Nación

El lazo criollo se mantiene como una herramienta fundamental en las tareas ganaderas de la Argentina, conservando técnicas de fabricación ancestrales que combinan cuero crudo, nylon o fibras naturales para el manejo de la hacienda en campo abierto.

La fabricación de esta pieza artesanal requiere una precisión técnica rigurosa que comienza con la selección de los tientos, tiras de cuero extraídas de vacunos o yeguarizos. Según explican maestros sogueros y especialistas en aperos criollos, el largo de un lazo estándar oscila entre los 10 y 20 metros, dependiendo de la función específica que cumpla en la faena. Existen dos variantes principales en su confección: el lazo torcido y el lazo trenzado. Mientras que el trenzado, que puede realizarse con 4, 6 u 8 tientos, destaca por su estética y terminación visual, el modelo torcido es valorado por los trabajadores rurales por su rusticidad y una resistencia superior ante la tracción de animales de gran porte. El cuero crudo es el material predilecto debido a su capacidad de estiramiento y solidez, procesado mediante métodos tradicionales que incluyen el sobado a mano, el raspado a cuchillo y el uso de elementos naturales como ceniza y sal para garantizar la durabilidad de la fibra sin aditivos industriales.

En la operatividad diaria, el lazo se compone de elementos estructurales específicos como la argolla de acero en un extremo y la presilla de cuero en el otro. La argolla permite la formación de la “armada”, el círculo que el enlazador proyecta sobre las astas, la cabeza o las extremidades del animal. Por su parte, la presilla cumple la función de anclaje a la encimera del recado, permitiendo que el implemento sea transportado de forma segura en el lomo del caballo, entre el recado y la cola. Fuentes del sector ecuestre señalan que el entrenamiento del caballo, proceso denominado “hacerlo de lazo”, es crítico para la seguridad del jinete. El animal debe acostumbrarse al silbido característico que produce el revoleo de la armada sobre su cabeza y aprender a mantener el equilibrio cuando debe soportar la tensión de un animal enlazado, una dinámica similar a la que desarrollan los caballos de polo al seguir la trayectoria de la bocha durante un partido.

Contexto

El origen del lazo en el continente americano se remonta a la llegada de los conquistadores europeos, quienes introdujeron esta herramienta ya utilizada en diversas regiones del mundo. Con el paso de los siglos, cada región adaptó el implemento a su geografía y necesidades productivas. Mientras que en la cultura de los cowboys estadounidenses y los charros mexicanos el lazo se asegura al pomo de la montura, y en los llanos venezolanos se ata directamente a la cola del equino, en la tradición rioplatense se consolidó el uso vinculado al recado. Históricamente, el lazo no solo fue un instrumento de trabajo, sino que funcionó como un arma de guerra versátil durante los conflictos civiles y las luchas por la independencia en el siglo XIX. Los combatientes lo utilizaban para desmontar enemigos en pleno campo de batalla o como trampas estratégicas tendidas en caminos para interceptar patrullas de caballería, demostrando una versatilidad que trascendía lo estrictamente productivo.

La evolución de los materiales también marca la historia de esta herramienta. Aunque el cuero crudo sigue siendo el estándar de calidad por su elasticidad, en el pasado se utilizaron tendones de ñandú para confecciones más finas y resistentes, y actualmente el nylon y el cáñamo ganaron terreno en contextos específicos de alta humedad o para prácticas deportivas. La técnica de enlazado en Argentina se divide principalmente en dos modalidades: el pial, que se realiza de a pie buscando las manos o patas del animal, y el enlace a caballo, que puede ejecutarse al galope o al tranco. La maniobra exige que el jinete corra al animal por su flanco izquierdo para arrojar el lazo hacia la derecha, evitando así que la tensión de la soga apriete el cuerpo del operario contra la montura, un riesgo que históricamente ha causado accidentes graves en las estancias.

Impacto

A pesar de la modernización de los establecimientos rurales con la incorporación de mangas, bretes móviles, cepos y mesas de capar que facilitan el manejo sanitario, el lazo sigue siendo irreemplazable en situaciones de campo abierto donde la infraestructura fija no está disponible. Los administradores de estancias y veterinarios rurales sostienen que el uso correcto del lazo previene lesiones tanto en el ganado como en el personal. Una maniobra mal ejecutada, como no acompañar el recorrido del animal una vez atrapado, puede derivar en el estrangulamiento del ejemplar o en la rotura del lazo. Este último escenario es particularmente peligroso debido al “chicotazo” o efecto de latigazo que produce el cuero al cortarse bajo tensión, una acción que ha provocado históricamente lesiones oculares y cicatrices permanentes en los trabajadores del campo.

El impacto cultural del lazo también se traslada al ámbito de las competencias y exhibiciones tradicionales, como las yerras, donde se premia la destreza del enlazador. Existen diversos tipos de tiros técnicos que forman parte del patrimonio inmaterial del trabajador rural: el tiro de derecha, de revés, sobre el brazo, de atrás y por arriba del animal. Esta especialización técnica garantiza que, aunque la actividad de riesgo cuente con menos adeptos jóvenes en comparación con décadas anteriores, la demanda de lazos de alta calidad fabricados por sogueros artesanales se mantenga estable. La herramienta se ha convertido en un símbolo de identidad que resiste la mecanización total del agro, manteniendo un mercado de nicho para los artesanos que trabajan el cuero de burro o vacuno con tonalidades oscuras obtenidas mediante procesos de sobado prolongados.

El futuro del lazo criollo parece estar asegurado por su doble función como instrumento de trabajo esencial y objeto de culto tradicionalista. Si bien las nuevas tecnologías de manejo ganadero reducen la frecuencia de su uso en el día a día, la necesidad de intervenir sobre animales en extensiones donde la maquinaria no llega mantiene su vigencia operativa. Se espera que en los próximos años crezca la valoración de las piezas artesanales de cuero crudo como objetos de colección, mientras que en la práctica profesional, la capacitación en seguridad rural seguirá haciendo hincapié en las técnicas correctas de tiro para minimizar los accidentes laborales en el sector agropecuario.

Fuente: La Nación

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Información publicada por La Nación.

Redacción El Capitán

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