Investigadores de la Universidad de Nagoya en Japón confirmaron que nombrar las emociones ayuda a las personas autistas a gestionar la ansiedad derivada de la incertidumbre, según un estudio publicado el 12 de mayo en la revista Scientific Reports.
El equipo de investigación, liderado por el profesor asociado Masahiro Hirai de la Escuela de Posgrado en Informática, analizó el comportamiento de más de 500 adultos japoneses de entre 20 y 39 años. Los participantes completaron cuestionarios exhaustivos diseñados para medir tres variables críticas: la presencia de rasgos autistas, la capacidad individual para gestionar situaciones inciertas y los niveles de ansiedad generales. Los datos recolectados indicaron que aquellos individuos con una mayor prevalencia de rasgos autistas experimentan una respuesta de ansiedad significativamente más intensa ante escenarios desconocidos o impredecibles. Esta condición, definida técnicamente como intolerancia a la incertidumbre, se presenta como uno de los principales desafíos para el bienestar emocional de las personas dentro del espectro, afectando su desempeño cotidiano en ámbitos laborales y sociales.
La investigación arrojó que las personas con mayor intolerancia a la incertidumbre tienden a utilizar el etiquetado emocional con mayor frecuencia como un mecanismo de defensa espontáneo. Según explicaron desde la Universidad de Nagoya, poner en palabras lo que se siente —ya sea de forma oral o escrita— permite que la emoción, aunque no desaparezca por completo, se vuelva menos abrumadora y más manejable para el sistema cognitivo. Masahiro Hirai señaló en el informe oficial que la incomodidad ante lo desconocido está directamente asociada a una tendencia natural de poner los sentimientos en palabras, lo cual funciona como un regulador que decanta en niveles de ansiedad más bajos. Este hallazgo es fundamental para el desarrollo de nuevas terapias de acompañamiento, ya que sugiere que el entorno cercano, como familiares o amigos, puede desempeñar un rol activo sugiriendo términos precisos para describir estados de angustia que el individuo no logra procesar por sí solo.
Contexto
El autismo es una condición del neurodesarrollo que afecta la comunicación y la interacción social, y históricamente se ha vinculado con dificultades en la identificación de las propias emociones, un fenómeno conocido como alexitimia. Estudios previos en el campo de la psicología cognitiva ya habían sugerido que el acto de etiquetar afectos puede reducir la actividad en la amígdala, la región del cerebro responsable de procesar el miedo y el estrés. Sin embargo, la aplicación específica de esta técnica en adultos con rasgos autistas no había sido documentada con la precisión estadística que aporta este nuevo relevamiento japonés. La intolerancia a la incertidumbre se ha consolidado en la última década como un constructo clave para entender por qué los cambios de rutina o la falta de información clara generan crisis de ansiedad en esta población. Hasta ahora, las intervenciones solían centrarse en la modificación del entorno, pero este estudio pone el foco en una herramienta de procesamiento interno que puede ser estimulada externamente.
La relevancia de este estudio radica en que se realizó en un contexto de creciente diagnóstico de adultos que no fueron identificados durante su infancia. Según datos de organismos internacionales de salud, la prevalencia del autismo ha mostrado un aumento constante, lo que demanda estrategias de afrontamiento que no dependan exclusivamente de fármacos. La Universidad de Nagoya destacó que el uso de cuestionarios en línea permitió captar una muestra diversa de la población joven-adulta, un grupo que suele enfrentar altas presiones de adaptación social en Japón. Los antecedentes citados por los investigadores en Scientific Reports subrayan que la gestión del estrés a través de la escritura expresiva o el habla dirigida ha demostrado ser eficaz en la población general, pero su efectividad en el espectro autista requiere una validación constante debido a las diferencias en el procesamiento sensorial y cognitivo que caracterizan a estos individuos.
Impacto
El impacto directo de este descubrimiento se traduce en una guía práctica para los sistemas de apoyo y el entorno familiar de las personas autistas. Al comprender que el etiquetado emocional funciona como un amortiguador de la ansiedad, los terapeutas pueden diseñar programas de entrenamiento en habilidades de comunicación que prioricen el vocabulario emocional. Por ejemplo, ante una situación de angustia evidente, un familiar podría intervenir diciendo: “Creo que podrías estar sintiéndote ansioso por este cambio de planes”, facilitando así el proceso de regulación. Esta validación externa no solo ayuda a reducir el pico de estrés inmediato, sino que fortalece la autonomía del individuo al brindarle herramientas lingüísticas para futuras crisis. Para el sistema de salud, esto representa una oportunidad de implementar intervenciones de bajo costo y alta efectividad que mejoran la calidad de vida y reducen la dependencia de servicios de emergencia psiquiátrica.
Además, los resultados tienen implicancias en el ámbito laboral y educativo, donde la incertidumbre es una constante. Las empresas que buscan ser inclusivas podrían aplicar estos hallazgos mediante la creación de protocolos de comunicación más claros y el fomento de espacios donde se permita la expresión abierta de las dificultades emocionales. Según indicaron analistas del sector salud, la reducción de la ansiedad mediante el etiquetado emocional podría disminuir las tasas de agotamiento o “burnout” en trabajadores autistas, favoreciendo su retención y productividad. La investigación también abre un debate sobre la necesidad de incluir la educación emocional explícita en los programas de apoyo para adultos, moviéndose de un modelo puramente conductual a uno que integre la comprensión profunda de los procesos internos y su relación con el lenguaje.
A pesar de la solidez de los datos presentados, el equipo de Masahiro Hirai advirtió que estos hallazgos son preliminares y deben ser tomados con cautela profesional. El estudio se basó en una muestra de la población general con rasgos autistas medidos por test, pero no necesariamente con diagnósticos clínicos cerrados en todos los casos. Por este motivo, el próximo paso de la investigación ya está en marcha: el equipo trabaja actualmente con un grupo de personas diagnosticadas formalmente con trastorno del espectro autista (TEA) para verificar si el beneficio del etiquetado emocional se replica con la misma intensidad. Se espera que los resultados de esta segunda fase, que incluirá monitoreo fisiológico de la ansiedad, se den a conocer en el próximo año, lo que podría consolidar esta técnica como un estándar en el tratamiento no farmacológico de la ansiedad en el autismo.