Escritoras y periodistas de diversas nacionalidades consolidaron este año una narrativa bélica alternativa que prioriza el impacto en el cuerpo y la vida cotidiana por sobre la estrategia militar tradicional en los conflictos de Ucrania y Gaza.
El fenómeno literario y testimonial, que incluye a figuras de la talla de Svetlana Alexievich y Han Kang, propone un cambio de paradigma en la comprensión de la guerra. Según analistas del sector editorial y observadores de organismos internacionales de derechos humanos, esta perspectiva no se centra en el desplazamiento de tropas o el uso de armamento tecnológico como los drones, sino en lo que denominan “el terreno de lo amputado”. Los datos recopilados en obras recientes muestran que la violencia deja huellas inscriptas en la orfandad, el desgaste físico de las maternidades en conflicto y la interrupción de las relaciones familiares. De acuerdo con fuentes del Instituto para la Información sobre la Guerra y la Paz (IWPR), esta mirada permite visibilizar crímenes y traumas que suelen quedar fuera de los partes oficiales de victoria o derrota militar.
En este marco, la obra de Svetlana Alexievich, quien recientemente recibió el premio Ortega y Gasset de Periodismo 2026, resulta fundamental para entender la magnitud del involucramiento femenino. En sus investigaciones, la Nobel bielorrusa documentó que casi un millón de mujeres combatieron en las filas del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, desempeñándose como francotiradoras, conductoras de tanques y personal médico. Sin embargo, sus testimonios revelan una dimensión biológica de la guerra que la historiografía oficial omitió durante décadas: la suspensión de procesos fisiológicos básicos, como el ciclo menstrual, debido al estrés extremo de la maquinaria bélica. Esta desmitificación del heroísmo tradicional se complementa con las voces de autoras como Natalia Ginzburg y Agota Kristof, quienes narran la posguerra desde la carencia material y la pérdida del lenguaje materno en el exilio.
Contexto
Históricamente, el relato de la guerra fue una construcción masculina centrada en la trinchera, la táctica y el avance territorial. Desde las crónicas de la Antigüedad hasta los corresponsales del siglo XX, la épica militar dominó la escena pública. No obstante, a partir de la publicación de “La guerra no tiene rostro de mujer” en 1985, comenzó a gestarse un archivo afectivo y corporal que cuestiona esa hegemonía. Este cambio ocurre en un momento donde las guerras híbridas y tecnológicas han desdibujado los frentes de batalla claros, trasladando el conflicto a las infraestructuras civiles y los hogares. La literatura actual, representada por nombres como Elena Ferrante o la ucraniana Lyuba Yakimchuk, surge como una respuesta a la necesidad de documentar los “residuos” del combate: aquello que queda cuando las tropas se retiran pero el daño permanece en la intimidad de las casas y los cuerpos.
La evolución de esta narrativa también tiene hitos geográficos y temporales específicos. En 2013, la publicación de “Yo soy Malala” por Christina Lamb y Malala Yousafzai —traducido a 40 idiomas— puso el foco en la persecución educativa y la violencia de género en contextos de fundamentalismo. Más recientemente, en 2024 y 2025, obras como “La guardiana” de Yael van der Wouden y “Actos humanos” de Han Kang han recibido galardones como el Women’s Prize y el reconocimiento de la Academia Sueca, confirmando que el interés global se ha desplazado hacia la materialidad del daño estatal y la vigilancia obsesiva del espacio doméstico durante y después de las masacres.
Impacto
La relevancia de este enfoque radica en la denuncia de la violencia sexual como un arma de guerra sistemática y permanente. Christina Lamb, nombrada Oficial de la Orden del Imperio Británico en 2013, ha expuesto en sus trabajos cómo los cuerpos femeninos son convertidos en “territorios ocupados” a través de violaciones, embarazos forzados y mutilaciones. Este registro no solo tiene un valor literario, sino que sirve como archivo para la justicia internacional. Según operadores del derecho humanitario, estas narrativas permiten identificar patrones de esterilidad forzada y rechazo comunitario que las estadísticas de bajas militares no logran capturar. El impacto se extiende a la comprensión de la infancia; en obras como “Claus y Lucas” de Agota Kristof, se observa una “pedagogía de la privación” donde los niños deben entrenar el hambre y el frío para sobrevivir, alterando el desarrollo social de generaciones enteras.
En el plano local, la literatura argentina también ha contribuido a esta cartografía del desamparo. Ángela Pradelli, en su obra “Dos Soldados” (2022), unifica las experiencias de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Malvinas a través del testimonio directo. Al recoger las voces de excombatientes separados por 50 años, la autora demuestra que el miedo, el hambre y la naturalización de la muerte son constantes que trascienden las fronteras nacionales. Este enfoque humanista e íntimo impacta directamente en la memoria colectiva, alejando el debate de la soberanía territorial para centrarlo en la vulnerabilidad del individuo frente al Estado y la maquinaria militar.
El próximo paso en esta tendencia literaria y periodística parece dirigirse hacia la documentación de los conflictos tecnológicos contemporáneos. Mientras la Historia oficial continúa erigiendo monumentos a las victorias estratégicas, estas autoras persisten en la redacción de un archivo paralelo que se sitúa en el territorio minado de la memoria personal. La tensión pendiente reside en cómo estas voces influirán en las futuras reparaciones históricas y en la construcción de una paz que no solo implique el cese del fuego, sino la sanación de los cuerpos que han servido como el último y más invisible campo de batalla.