La selección española de fútbol enfrenta esta noche a Irak en el estadio de Riazor, marcando su séptima presentación histórica en A Coruña, donde mantiene un invicto de cuatro victorias y dos empates obtenidos frente al combinado de Portugal.
El regreso del equipo nacional a tierras gallegas no es un evento menor para la Real Federación Española de Fútbol (RFEF). Según fuentes de la organización, la elección de esta sede responde a una tradición que se remonta a los cimientos mismos del equipo nacional. La hoja de ruta en esta ciudad está marcada por una efectividad notable, pero sobre todo por la identidad de sus protagonistas. En esta ocasión, la representación local recae sobre Borja Iglesias. El delantero, nacido en Santiago de Compostela y actual jugador del Celta de Vigo, asume el rol de referente regional en un plantel que busca consolidar su funcionamiento táctico de cara a los próximos compromisos internacionales. La expectativa en la ciudad es total, con un estadio que agotó sus localidades en pocas horas, reflejando que el vínculo entre la selección y la afición coruñesa permanece inalterable a pesar del paso de las décadas.
La historia de los coruñeses en la selección española comenzó formalmente el 17 de diciembre de 1922, cuando Juan Monjardín se convirtió en el primer nacido en la provincia en vestir la camiseta nacional en un duelo que terminó 1-2 contra Portugal. Monjardín, un delantero que Santiago Bernabéu definió como el mejor cabeceador de la historia de España, tuvo una carrera ligada estrechamente al Real Madrid hasta su fallecimiento en un accidente de tránsito en noviembre de 1950. Aunque siempre se consideró madrileño por adopción, su nacimiento en Galicia marcó el inicio de una estirpe de futbolistas que alcanzaría su punto máximo en la década del 60. Este legado se cimentó sobre la base de un talento técnico diferencial que permitió a España competir de igual a igual contra las potencias de la época, estableciendo a A Coruña como una cantera inagotable de futbolistas con jerarquía internacional y mentalidad ganadora.
Contexto
Para comprender la relevancia de A Coruña en el fútbol español, es necesario remontarse al 21 de junio de 1964. Aquel día, España conquistó la primera de sus cuatro Eurocopas en una final disputada en el Estadio Santiago Bernabéu. Lo que pocos recuerdan es que el núcleo duro de aquel equipo dirigido por José Villalonga era netamente coruñés. Tres de los once titulares habían nacido en la provincia de A Coruña: Luis Suárez Miramontes, Amancio Amaro y Marcelino Martínez Cao. Luis Suárez, apodado “El Arquitecto” y nacido en el barrio de Monte Alto, llegaba a ese partido con 27 presencias internacionales. Suárez fue, hasta la reciente consagración de Rodri en 2024, el único futbolista español masculino en ganar el Balón de Oro, un hito que alcanzó tras debutar en 1957 en una goleada 5-1 ante Holanda, el mismo día que Alfredo Di Stéfano hacía su estreno con la Roja.
Aquel tridente gallego de 1964 representaba diferentes facetas del juego. Mientras Suárez manejaba los hilos del mediocampo, Amancio Amaro, oriundo de la calle San Luis, aportaba el desequilibrio por las bandas. Amancio disputaba apenas su séptimo partido internacional en aquella final, tras un debut amargo con derrota 3-1 ante Rumania en Bucarest en 1962. Su trayectoria con la selección se extendería hasta el 13 de febrero de 1974, cuando se despidió como capitán en un partido de desempate contra Yugoslavia en Frankfurt, donde un gol de Katalinski dejó a España fuera del Mundial de Alemania. El tercer integrante, Marcelino Martínez Cao, nacido en Ares, fue quien finalmente inscribió su nombre en la eternidad al anotar el gol del triunfo ante la Unión Soviética. Aquel cabezazo ante el legendario arquero Lev Yashin, a falta de siete minutos para el final, significó el primer título oficial para las vitrinas españolas.
Impacto
La presencia de la selección en Riazor tiene un impacto directo en la economía local y en la proyección de la ciudad como sede deportiva de alto nivel. De acuerdo con analistas del sector deportivo, estos encuentros generan un flujo de ingresos que supera los 5 millones de euros en concepto de hotelería, gastronomía y servicios relacionados. Además, la participación de jugadores como Borja Iglesias refuerza el sentido de pertenencia de la comunidad gallega con el proyecto de la selección nacional, un factor clave para la cohesión del apoyo popular en las distintas regiones del país. Desde el punto de vista deportivo, jugar en A Coruña representa para el cuerpo técnico una oportunidad de evaluar el rendimiento del equipo en un escenario de alta presión y con una carga histórica que exige resultados inmediatos.
La influencia de los jugadores coruñeses no se limita a las estadísticas, sino que ha moldeado el estilo de juego que hoy identifica a España. La visión de juego de Luis Suárez y la capacidad de definición de Marcelino sentaron las bases de un fútbol asociativo que, décadas más tarde, llevaría a la obtención de las Eurocopas de 2008, 2012 y 2024, además del Mundial de Sudáfrica 2010. Operadores del mercado deportivo señalan que la marca “A Coruña” se ha revalorizado gracias a esta conexión histórica, atrayendo inversiones en infraestructura deportiva y academias de formación que buscan replicar el éxito de aquellos pioneros de 1964. La ciudad no solo aporta el estadio, sino que provee el relato heroico que sostiene la mística de un equipo que hoy lidera el ranking de títulos continentales en Europa.
El partido de esta noche ante Irak se presenta como el cierre de un ciclo de preparación y el inicio de una nueva etapa de recambio generacional. Con la mirada puesta en las próximas eliminatorias, el cuerpo técnico buscará capitalizar la energía de Riazor para afianzar a los nuevos talentos. La tensión pendiente radica en si Borja Iglesias podrá emular las hazañas de sus predecesores y marcar un gol en su tierra, manteniendo viva la tradición de los gigantes coruñeses que, desde 1922, han sido el motor silencioso de los éxitos de la selección española.