CULTURA

La crisis de 1873: el origen de la desigualdad y la Era Dorada

El pánico de 1873 abrió un ciclo deflacionario de 25 años que reordenó poder y riqueza en Europa y EE.UU.: burbujas en Viena, Berlín y Nueva York, patrón oro, transferencia hacia acreedores y secuelas políticas, según el análisis de Liaquat Ahamed.

Redacción El Capitán 4 de junio de 2026 5 min de lectura
La crisis de 1873: el origen de la desigualdad y la Era Dorada
Foto: Infobae
El Pulso editorial

Por qué importa

La crisis de 1873 muestra cómo decisiones monetarias y flujos de capital pueden amplificar desigualdad y tensión social. En pleno auge tecnológico y debate sobre tasas, los paralelismos ayudan a leer riesgos de concentración y gobernanza económica hoy.

La economía global enfrentó en 1873 un colapso financiero que inició un período de deflación de veinticinco años, transformando las estructuras de poder y riqueza en Europa y Estados Unidos bajo el fenómeno conocido como la Era Dorada.

Este proceso, analizado por el historiador y exbanquero Liaquat Ahamed, se caracterizó por una caída continua de precios que, si bien permitió el avance tecnológico y el aumento de los salarios reales, profundizó una brecha de desigualdad sin precedentes. Según operadores del mercado internacional, el fenómeno fue impulsado por una serie de movimientos sísmicos de capital que incluyeron la fiebre del oro de California en 1848, la expansión ferroviaria de las décadas de 1850 y 1860, y las deudas soberanas derivadas de la Guerra Civil estadounidense y la Guerra Franco-Prusiana de 1870. Estos eventos generaron un excedente de liquidez que se volcó hacia inversiones de alto riesgo en mercados bursátiles extranjeros, inflando burbujas en centros financieros clave como Viena, Berlín y Nueva York, cuya explosión final arrastró a empresas corruptas y entidades bancarias de gran escala.

La gestión de la crisis estuvo marcada por lo que expertos del sistema financiero califican como un error técnico fundamental: la desmonetización de la plata para adoptar el patrón oro. Esta decisión, descrita por Ahamed como una reordenación precipitada e innecesaria, redujo drásticamente la masa monetaria circulante, provocando una transferencia de riqueza desde los deudores hacia los acreedores. El impacto se sintió de forma heterogénea, afectando desde los agricultores de los Grandes Lagos, que vieron desplomarse el precio del trigo, hasta la aristocracia de Europa Central, que perdió sus herencias en activos de dudosa solvencia. En este escenario, la economía de la era victoriana funcionó con una dinámica contradictoria, manteniendo un pie en el acelerador del progreso tecnológico y otro en el freno de la restricción monetaria.

Contexto

El trasfondo de la crisis de 1873 se asienta sobre la inestabilidad de los préstamos internacionales y la ambición de proyectos estatales financiados con dinero barato. En el plano político, las consecuencias fueron inmediatas y devastadoras para la gobernanza global. El Imperio Otomano perdió el control de sus finanzas, lo que derivó en el suicidio del sultán Abdülaziz en 1876, mientras que Egipto fue ocupado por el Imperio Británico tras su incapacidad para cumplir con los pagos a los banqueros de Londres, perdiendo así el control estratégico del Canal de Suez. En Estados Unidos, la administración del presidente Ulysses S. Grant quedó sumida en una atmósfera de corrupción tras vetar un proyecto de estímulo monetario, lo que fracturó al Partido Republicano y condicionó las elecciones de 1876, marcadas por denuncias de fraude que llevaron a Rutherford B. Hayes a la Casa Blanca.

Durante este período, la familia Rothschild emergió como un actor central, aunque no siempre determinante, en el intento de estabilizar los mercados. A diferencia de otros inversores, Anselm von Rothschild evitó la burbuja de Viena, lo que permitió a la firma mantener su solvencia mientras otros colapsaban. Sin embargo, el éxito de la banca privada alimentó teorías conspirativas y un creciente sentimiento antisemita en Alemania y Austria hacia 1880. Esta tensión social se trasladó a la política institucional en la década de 1890, cuando el populista William Jennings Bryan utilizó referencias literarias hostiles en el Congreso estadounidense para oponerse a préstamos que buscaban estabilizar la moneda nacional, reflejando el profundo divorcio entre la élite financiera y los sectores productivos.

Impacto

La relevancia de este proceso histórico reside en cómo la acumulación de fortunas por parte de industriales y magnates del petróleo convivió con un estancamiento financiero que alimentó movimientos anticapitalistas en todo el mundo. De acuerdo con analistas de consultoras internacionales, el sistema financiero de finales del siglo XIX operaba bajo una lógica de sobornos y avaricia que producía sus propios opositores políticos. Aunque la deflación terminó abruptamente en 1890 gracias a los nuevos descubrimientos de oro en Sudáfrica y no por una solución política consensuada, el resentimiento acumulado por trabajadores, artesanos y comerciantes sentó las bases de las tensiones sociales que definirían el siglo XX.

En la actualidad, la percepción de una “segunda Era Dorada” resuena en los mercados tecnológicos y en las políticas de tasas de interés. Los paralelismos entre los barones del ferrocarril del siglo XIX y los oligarcas tecnológicos contemporáneos sugieren una repetición de patrones de desigualdad y concentración de capital. La historia de 1873 demuestra que, cuando las decisiones de unos pocos financieros poderosos afectan la estabilidad monetaria, las consecuencias sociales suelen trascender las fronteras nacionales y perdurar por décadas, transformando el descontento económico en crisis políticas de difícil resolución.

El próximo paso para la historiografía económica será determinar si las estructuras del capitalismo actual son capaces de evitar los errores de desmonetización y concentración que marcaron aquel período. La tensión pendiente radica en si las instituciones democráticas modernas pueden gestionar la desigualdad sin recurrir a los acuerdos en la sombra que caracterizaron el final de la ocupación militar en el sur estadounidense o la entrega de soberanía en el norte de África. Como señaló el periodista Ferdinand Kürnberger tras el shock de Viena, la crisis tiene la capacidad de despojar a las élites de su prestigio, revelando la naturaleza real de los actores que manejan los hilos de la economía global.

Fuente: Infobae

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Contexto

Según el relato histórico citado, el colapso de 1873 se gestó con décadas de exceso de liquidez: fiebre del oro de California (1848), expansión ferroviaria (1850-1860) y deudas de la Guerra Civil de EE.UU. y la Franco-Prusiana. Ese capital fluyó a bolsas en Viena, Berlín y Nueva York hasta inflar burbujas que estallaron. La respuesta política y financiera, incluida la desmonetización de la plata y la adopción del patrón oro, comprimió la masa monetaria y favoreció a acreedores sobre deudores, con impactos heterogéneos sectoriales y geográficos.

Fuente

Información publicada por Infobae.

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