CULTURA

Psicología evolutiva: el debate sobre las diferencias de género

El psicólogo Steve Stewart-Williams publicó una investigación que analiza cómo la evolución moldeó las mentes de hombres y mujeres, cuestionando las visiones extremas sobre la influencia del entorno y la biología en el comportamiento humano.

Redacción El Capitán 3 de junio de 2026 6 min de lectura
Psicología evolutiva: el debate sobre las diferencias de género
Foto: Infobae

El profesor Steve Stewart-Williams, de la University of Nottingham Malaysia, presentó su reciente investigación sobre psicología evolutiva, donde sostiene que las diferencias biológicas entre hombres y mujeres son frecuentemente malinterpretadas y distorsionadas en el debate público contemporáneo.

En su obra titulada “A Billion Years of Sex Differences: How Evolution Shaped the Minds of Men and Women”, el académico argumenta que existe una resistencia sistémica a aceptar que la evolución ha dejado huellas profundas en la psiquis humana. Según fuentes académicas consultadas, el autor identifica diferencias marcadas en áreas específicas como la fuerza del tren superior, la estatura, la atracción sexual predominante y la probabilidad estadística de cometer homicidios. Sin embargo, Stewart-Williams aclara que otras capacidades, como la aptitud matemática o la responsabilidad, presentan variaciones mucho más moderadas. Para explicar este fenómeno, utiliza el modelo de dos curvas de campana superpuestas: aunque el hombre promedio es más alto que la mujer promedio, existe una zona común tan amplia que un dato aislado, como medir 1,73 metros, no permite determinar el sexo de una persona con certeza científica.

El estudio profundiza en lo que el autor denomina sesgos cognitivos en la investigación social. Stewart-Williams describe el “sesgo gamma”, una tendencia observada en instituciones de investigación para minimizar las diferencias que favorecen a los hombres y resaltar aquellas que los perjudican. Para probar esta hipótesis, el profesor realizó experimentos con estudios ficticios donde se atribuían rasgos positivos, como la honestidad o la inteligencia, alternadamente a cada sexo. Los resultados indicaron que cuando los datos favorecían a los varones, los participantes tendían a calificar la investigación como de menor calidad, más dañina y merecedora de censura. Asimismo, define el “sesgo delta” como la aversión a las diferencias sexuales tradicionales y una preferencia ideológica por su inversión, lo que según el autor, dificulta un análisis neutral de la realidad biológica en el ámbito académico actual.

De acuerdo con los datos recopilados por el investigador, las diferencias de intereses ocupacionales tienden a acentuarse en las sociedades con mayor igualdad de género, un fenómeno que contradice las teorías puramente socialistas. Stewart-Williams sostiene que, ante una mayor libertad de elección, los hombres tienden a orientarse hacia trabajos relacionados con objetos y sistemas, mientras que las mujeres muestran una preferencia estadística por ocupaciones vinculadas al trato con personas. Esta tendencia se vincula, según la psicología evolutiva, con motivaciones diferenciadas: una mayor orientación masculina hacia el estatus y una mayor inclinación femenina hacia el fortalecimiento de las relaciones interpersonales. El autor fundamenta estas conclusiones señalando que estas diferencias persisten a través de diversas culturas, aparecen en etapas tempranas de la infancia y se intensifican durante la pubertad bajo la influencia de la exposición hormonal prenatal.

Contexto

La publicación de este trabajo se produce en un clima de alta tensión dentro de las instituciones educativas internacionales. Stewart-Williams ya había enfrentado controversias previas tras publicar un artículo que vinculaba la baja representación femenina en las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) con diferencias heredadas en aptitudes cognitivas y preferencias personales. Aquel episodio derivó en denuncias ante los administradores de diversidad, equidad e inclusión de su universidad, quienes finalmente determinaron que el contenido del autor había sido tergiversado por los denunciantes. Este antecedente marca el terreno sobre el cual se asienta su nuevo libro, que busca rescatar la validez de la biología frente a las teorías que atribuyen la totalidad de las diferencias de comportamiento a la construcción social y al patriarcado.

Históricamente, la psicología evolutiva ha sido un campo de batalla ideológico. Mientras que durante gran parte del siglo XX se utilizó la biología para justificar la exclusión de las mujeres de la vida pública, el enfoque de Stewart-Williams intenta distanciarse de esa herencia. El autor subraya que reconocer diferencias innatas no implica establecer una jerarquía moral ni sugerir que un sexo sea superior al otro. De hecho, explica que debido a que los seres humanos forman vínculos de pareja estrechos y los hombres participan en la crianza más que otros machos del reino animal, las diferencias sexuales en nuestra especie son significativamente menores que en otros primates, aunque sigan siendo determinantes en ciertos patrones de conducta y elección de vida.

Impacto

El impacto de estas teorías alcanza directamente a las políticas públicas de igualdad y a las estrategias de intervención social. Por ejemplo, en el análisis de la violencia doméstica, Stewart-Williams propone un cambio de paradigma: en lugar de abordarla exclusivamente como una manifestación del patriarcado, sugiere entenderla como una expresión de la agresión masculina que requiere intervenciones centradas en la mejora del autocontrol individual. Según operadores del sistema judicial y expertos en salud mental, este enfoque podría ser eficaz en sociedades con altos niveles de igualdad, aunque resulta polémico en comunidades donde las estructuras patriarcales aún validan y toleran activamente la violencia contra la mujer.

Por otro lado, la discusión sobre la brecha de género en cargos de liderazgo y sectores tecnológicos se ve afectada por esta perspectiva. Si la causa de la disparidad no es únicamente la discriminación externa sino también una diferencia en la ambición profesional e intereses innatos, las cuotas de género y los programas de incentivos podrían enfrentar límites biológicos difíciles de superar. No obstante, críticos de la postura de Stewart-Williams advierten que su análisis omite factores históricos cruciales, como el impacto de siglos de exclusión sistemática de las mujeres en las instituciones de poder, lo que dificulta discernir qué parte del comportamiento actual es realmente evolutiva y qué parte es una adaptación a estructuras heredadas.

La comunidad científica aguarda ahora nuevos estudios que puedan replicar los hallazgos de Stewart-Williams sobre los sesgos de percepción en la investigación de género. El próximo paso en este debate será la revisión por pares de sus experimentos sobre el “sesgo gamma”, lo que determinará si la resistencia a los datos que favorecen a los hombres es un fenómeno generalizado en la academia global. Mientras tanto, la tensión entre la biología evolutiva y las teorías de género continúa redefiniendo los límites de lo que se considera un discurso científicamente aceptable en las universidades de occidente.

Fuente: Infobae

¿Cómo te hizo sentir esta nota?

Fuente

Información publicada por Infobae.

Redacción El Capitán

Equipo editorial de El Capitán con apoyo de inteligencia editorial. Periodismo argentino con análisis profundo.

El Capitan IATu asistente de noticias