El coreógrafo Carlos Trunsky estrena este sábado a las 15:00 horas en el Teatro Colón una versión adaptada de la semiópera El Rey Arturo, de Henry Purcell, destinada a un público infantil y adolescente.
La producción, que forma parte del ciclo Colón para Niños, representa un hito en la formación profesional de los estudiantes del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón (ISA). Según informaron desde la dirección del teatro, la obra tiene una duración compacta de 60 minutos y está recomendada para menores a partir de los ocho años. El proyecto se destaca por ser una creación integral de la institución: desde la dramaturgia y la coreografía hasta la confección de vestuario y caracterización, todo el proceso fue ejecutado por alumnos de las distintas carreras escenotécnicas y artísticas. Los precios de las localidades oscilan entre los $16.000 y los $51.000, con funciones programadas para el sábado 16 y el domingo 17 a las 11:00 horas, buscando captar a una audiencia familiar en un contexto de renovación de las propuestas líricas tradicionales.
El montaje propone una ruptura con la estética medieval clásica para abrazar una narrativa contemporánea y localista. Santiago Rosso, quien se desempeña como Asistente de Dirección del Coro de Niños del teatro, asume el rol protagónico del Rey Arturo, pero bajo una faceta inusual: un director de una compañía teatral ambulante. Rosso no solo actúa, sino que también trabajó en los arreglos musicales y dirige en escena al Ensamble Instrumental de la Academia Orquestal del ISA y al Coro de Niños. En esta versión, el mítico monarca pierde sus atributos de soberano guerrero y se convierte en un conductor de ficciones, mientras que personajes de la mitología clásica y seres fantásticos como elfos, gnomos y espectros del agua son interpretados por los estudiantes de la carrera de Danza. La propuesta busca, en palabras de sus creadores, “despantallar” a los jóvenes, ofreciendo una experiencia sensorial directa que compita con el consumo digital predominante en la actualidad.
La adaptación lingüística y temática es uno de los pilares de esta puesta en escena. Aunque la música conserva la sonoridad barroca original del siglo XVII, con el protagonismo del clave y las trompetas, Trunsky decidió reescribir las letras de las canciones en castellano rioplatense. Esta decisión busca eliminar las barreras idiomáticas y acercar el contenido a la realidad cotidiana de los espectadores argentinos. Además, la obra incluye referencias actuales que se proyectan en el sistema de sobretitulado del teatro. El coreógrafo explicó que el proceso creativo comenzó desde la música de Purcell, seleccionando fragmentos que permitieran construir una dramaturgia fluida. “Busqué qué fragmentos me eran propicios para componer una dramaturgia y, a partir de ahí, empecé a dialogar con Purcell”, señaló el director, destacando que la integración entre los cantantes líricos y el movimiento coreográfico fue un desafío central para los alumnos de Canto Lírico.
Contexto
Carlos Trunsky regresa al escenario del Teatro Colón con su cuarta creación para el público joven, consolidando una trayectoria que incluye títulos exitosos como Pedro y el Lobo, El Carnaval de los Animales y La Cenicienta. Su vínculo con la institución es histórico, ya que él mismo se formó como bailarín en las aulas del ISA décadas atrás. El Instituto Superior de Arte funciona como la usina de talentos del máximo coliseo argentino, y este tipo de producciones permiten que los estudiantes realicen sus prácticas profesionalizantes en condiciones reales de producción. La elección de El Rey Arturo de Purcell no es casual; las semióperas barrocas ofrecen una estructura flexible que permite la convivencia de música, danza y teatro, facilitando la adaptación a formatos más breves y dinámicos que los de la ópera tradicional de tres o cuatro horas.
Históricamente, la obra original de Purcell y John Dryden de 1691 estaba cargada de tintes políticos y nacionalistas británicos, centrada en las batallas entre los britanos y los sajones. Sin embargo, la versión de Trunsky se desprende totalmente de las referencias a la monarquía británica y los conflictos bélicos. En su lugar, el guion incorpora preocupaciones contemporáneas que resuenan en la agenda pública argentina. El director mencionó que durante la escritura de los versos tuvo presente la discusión legislativa sobre la Ley de Glaciares y la problemática de los incendios forestales en el territorio nacional. Esta transposición temática busca que el teatro no sea solo un espacio de contemplación estética, sino también un lugar de reflexión sobre el medio ambiente, un tema que, según fuentes del ámbito educativo, es central en la formación de los adolescentes actuales.
Impacto
La relevancia de esta producción radica en su capacidad para transformar la formación académica en una experiencia de mercado real para los alumnos de Caracterización, Sastrería, Canto y Danza. Al involucrar a toda la cadena de producción del ISA, el Teatro Colón garantiza la transmisión de oficios escenotécnicos que son fundamentales para la supervivencia de la ópera como género. Desde el punto de vista del espectador, el impacto se mide en la accesibilidad. Al traducir la obra al castellano rioplatense y transformar figuras mitológicas como el dios Eolo en el Viento Zonda, o las Valquirias en sirenas, la obra rompe la solemnidad del género lírico. Esta “argentinización” de los mitos europeos permite que el público joven se identifique con los personajes de Philidel, Merlín y Cupido desde una perspectiva local y ecológica.
Por otro lado, la inclusión de valores ambientales en una obra del siglo XVII marca una tendencia en la programación cultural de la Ciudad de Buenos Aires, donde se busca que las artes clásicas dialoguen con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La transformación de una epopeya de caballería en un relato sobre la preservación del planeta es una apuesta por la relevancia cultural. Según indicaron desde el Ministerio de Cultura, este tipo de iniciativas son clave para renovar la base de abonados del teatro, atrayendo a nuevas generaciones que exigen contenidos alineados con sus preocupaciones éticas y sociales. La entrega y belleza que demuestran los jóvenes artistas en el escenario, según destacó Trunsky, es el reflejo de un proyecto que busca acortar la brecha generacional a través del trabajo artístico colaborativo.
Tras las funciones de este fin de semana, el Teatro Colón evaluará la recepción del público para considerar la inclusión de más obras del repertorio barroco adaptadas bajo esta misma premisa pedagógica y ambiental. La tensión pendiente queda en manos de la audiencia joven, cuya respuesta determinará si el camino de la “despantallización” a través de la lírica es una estrategia sostenible para el futuro del coliseo porteño. El próximo paso para el ISA será la preparación de las muestras de fin de año, donde estos mismos alumnos deberán aplicar la experiencia adquirida en este montaje profesional.