El presidente de China, Xi Jinping, evocó ante su homólogo estadounidense, Donald Trump, el concepto de la trampa de Tucídides durante su reciente encuentro bilateral en Pekín para analizar los riesgos de un conflicto armado global.
La mención de este postulado histórico por parte del líder chino no es un hecho aislado, sino que responde a una estrategia diplomática para señalar los peligros de la actual competencia por la hegemonía mundial. Según indicaron fuentes de la Cancillería china, el planteo de Xi busca interpelar a la administración estadounidense sobre si ambas naciones serán capaces de romper el ciclo histórico de violencia que suele ocurrir cuando un poder en ascenso desafía al orden establecido. El encuentro se produjo en un escenario de máxima fricción, donde las disputas por los aranceles comerciales, la carrera por el dominio de los semiconductores y la inteligencia artificial, y la presencia militar en el estrecho de Taiwán han llevado la relación bilateral a su punto más bajo en décadas. Los analistas internacionales coinciden en que la recuperación de este término en una cumbre de alto nivel subraya la gravedad de la desconfianza mutua entre Washington y Pekín.
El desarrollo de esta teoría, que hoy domina los debates en centros de estudios estratégicos y universidades de defensa, sugiere que el cambio veloz en el balance de poder es el principal motor de la inestabilidad. De acuerdo con datos de organismos multilaterales, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de China y su expansión militar en el Mar de la China Meridional representan el desafío más significativo para la supremacía de Estados Unidos desde el fin de la Unión Soviética. Operadores del mercado global y diplomáticos de carrera advierten que, a diferencia de otros periodos históricos, la interdependencia económica actual entre ambas potencias añade una capa de complejidad inédita: un conflicto bélico no solo implicaría una catástrofe humanitaria, sino el colapso del sistema financiero internacional tal como se conoce. La retórica de Xi Jinping, por lo tanto, funciona como una advertencia sobre la necesidad de gestionar la competencia de manera que no desemboque en una confrontación inevitable.
Contexto
La trampa de Tucídides tiene su origen en la historiografía científica del siglo V a.C., específicamente en el relato de la Guerra del Peloponeso. El historiador ateniense Tucídides argumentó que el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta, la potencia hegemónica de la época, hicieron que la guerra fuera inevitable. Este patrón se ha repetido a lo largo de 2.500 años de historia. Un estudio exhaustivo realizado por el proyecto de historia aplicada de la Universidad de Harvard analizó 16 casos ocurridos en los últimos 500 años donde una nación emergente amenazó con desplazar a la dominante. Los resultados son alarmantes para la diplomacia contemporánea: en 12 de esos 16 casos, la rivalidad terminó en una guerra abierta. Entre los ejemplos citados se encuentra la pugna entre la Casa de Habsburgo y Francia en el siglo XVI, y el ascenso de Alemania que desafió al Reino Unido a principios del siglo XX, desembocando en la Primera Guerra Mundial.
Sin embargo, la historia también registra cuatro excepciones clave que demuestran que el conflicto no es un destino manifiesto. La primera fue el acuerdo entre Portugal y España en 1494, mediado por el papa Alejandro VI mediante el Tratado de Tordesillas, que evitó una guerra por el control del Nuevo Mundo. La segunda excepción ocurrió a finales del siglo XIX, cuando el Reino Unido decidió acomodarse al ascenso económico y naval de Estados Unidos en el hemisferio occidental en lugar de combatirlo. El tercer caso fue la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética; a pesar de controlar el 50% del PIB mundial y poseer arsenales nucleares, ambas potencias evitaron el choque directo mediante la competencia indirecta. Finalmente, la integración de Alemania en la Unión Europea tras la caída del Muro de Berlín en 1989 permitió que su resurgimiento económico fuera percibido como un beneficio para sus vecinos, Francia y el Reino Unido, en lugar de una amenaza militar.
Impacto
La relevancia de que Xi Jinping mencione esta teoría radica en que define la hoja de ruta de la política exterior china para los próximos años. Para los tomadores de decisiones en Washington, esto implica que Pekín es consciente de que su crecimiento genera una reacción defensiva en Estados Unidos, lo que podría llevar a errores de cálculo estratégicos. Según fuentes del Departamento de Estado, la preocupación radica en que cualquier incidente menor en zonas de fricción, como el Mar de la China Meridional o la frontera tecnológica, pueda actuar como la “chispa” que inicie un conflicto mayor, de forma similar a como el asesinato del archiduque Francisco Fernando desencadenó la Gran Guerra. El impacto directo se siente en las cadenas de suministro globales, donde las empresas están diversificando sus inversiones ante el temor de que la competencia geopolítica fuerce una desconexión total entre las dos economías más grandes del mundo.
Para la comunidad internacional, el reconocimiento de esta trampa histórica obliga a buscar nuevos mecanismos de gobernanza que no dependan exclusivamente de la supremacía de una sola nación. Instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se encuentran bajo presión para reformar sus estructuras y dar más peso a las potencias emergentes, intentando evitar que China cree un sistema paralelo que acelere la división del mundo en bloques antagónicos. La estabilidad de las monedas, el precio de la energía y la seguridad de las rutas comerciales dependen hoy de que los líderes de ambas naciones logren emular las excepciones históricas de Harvard en lugar de repetir los errores del siglo XX. La mención de Xi es, en última instancia, un llamado a la construcción de un nuevo orden que permita la coexistencia de dos sistemas políticos y económicos profundamente diferentes.
El próximo paso en esta tensa relación será la implementación de mesas de trabajo técnicas sobre inteligencia artificial y seguridad militar, acordadas durante la cumbre en Pekín. Aunque los gestos públicos entre Xi y Trump sugieren una voluntad de diálogo, la presión interna en ambos países —con sectores nacionalistas exigiendo posturas más firmes— mantiene el riesgo de una escalada latente. La capacidad de las diplomacias de Washington y Pekín para gestionar las crisis en tiempo real determinará si el siglo XXI será recordado como una era de paz negociada o como el capítulo más destructivo de la trampa de Tucídides.