Historiadoras de universidades de élite en Estados Unidos reivindicaron el rol de las denominadas “madres fundadoras”, mujeres que entre 1775 y 1820 resultaron fundamentales para la independencia y la organización institucional de la potencia norteamericana.
El concepto de “padres fundadores”, popularizado en 1916 por el entonces senador Warren Harding durante la Convención Nacional Republicana en Chicago, ha invisibilizado históricamente la participación femenina en la gesta revolucionaria. Según datos recopilados por especialistas de las universidades de Cornell y Marymount, la formación de la identidad nacional no fue un proceso exclusivamente masculino. Figuras como Martha Washington, Abigail Adams y Mercy Otis Warren no solo acompañaron a los líderes militares y políticos, sino que actuaron como asesoras estratégicas, propagandistas y pioneras en la defensa de los derechos civiles en un contexto de absoluta restricción legal para su género.
Martha Washington (1731-1802) es señalada por la historiadora Carol Berkin como la arquitecta del rol de la primera dama. Durante la Guerra de Independencia (1775-1783), Martha se trasladaba a los cuarteles de invierno para sostener la moral de las tropas y asistir a su esposo, George Washington. Su labor trascendió lo doméstico al establecer un protocolo de representación pública que definiría la imagen de la pareja presidencial. Por su parte, Abigail Adams (1744-1818), esposa del segundo presidente John Adams, es recordada por su misiva del 31 de marzo de 1776, donde exigió que el nuevo Código de Leyes no otorgara un poder ilimitado a los maridos. Aunque su pedido de reforma de las leyes matrimoniales fue rechazado, Adams se consolidó como la principal asesora política de su marido durante su mandato entre 1797 y 1801.
Contexto
La construcción del relato histórico estadounidense se centró durante décadas en los siete líderes clave definidos por Richard B. Morris en 1973: Benjamin Franklin, George Washington, John Adams, Thomas Jefferson, John Jay, James Madison y Alexander Hamilton. Este enfoque, que la profesora Carol Berkin denomina “amnesia de género”, omitió que la resistencia contra Gran Bretaña en la década de 1770 dependió en gran medida de la propaganda y el activismo intelectual de mujeres como Mercy Otis Warren (1728-1814). Warren, bajo el seudónimo de “Un patriota de Columbia”, publicó en 1788 críticas fundamentales a la Constitución, exigiendo la inclusión de una Declaración de Derechos que finalmente sería incorporada.
El marco legal de la época, basado en la doctrina de la “cobertura”, establecía que las mujeres casadas no tenían personería jurídica propia; sus propiedades y hasta la custodia de sus hijos quedaban bajo el control absoluto del esposo. En este escenario de opresión legal, la emergencia de voces como la de Judith Sargent Murray (1751-1820) marcó un hito. Murray es considerada por Mary Beth Norton, profesora emérita de Cornell, como la primera feminista estadounidense. Sus escritos sobre la igualdad intelectual y la necesidad de educación para las mujeres sentaron las bases de los movimientos sufragistas que cobrarían fuerza un siglo después, demostrando que el debate sobre la igualdad de derechos fue contemporáneo a la redacción de la propia Constitución.
Impacto
La recuperación de estas trayectorias modifica la comprensión del sistema democrático estadounidense al demostrar que la gobernabilidad y la cohesión social de la joven república dependieron de redes de influencia femenina. De acuerdo con analistas institucionales, el reconocimiento de las “madres fundadoras” no es un mero ejercicio de revisionismo, sino una validación de cómo la diplomacia informal y la producción intelectual de las mujeres permitieron la supervivencia del proyecto independentista. El impacto de Abigail Adams, por ejemplo, es hoy estudiado en ciencias políticas como un caso temprano de asesoría estratégica, mientras que la obra de Mercy Otis Warren es analizada como pilar de la historiografía política de la Revolución.
Este cambio de paradigma también afecta la educación y la cultura cívica en Estados Unidos. Al integrar estos nombres en el panteón nacional, se rompe con la idea de que la libertad y la justicia fueron conceptos diseñados en el vacío por un grupo reducido de hombres. La influencia de estas mujeres en la creación de instituciones como la primera dama o en la redacción de panfletos que movilizaron a la opinión pública contra la corona británica evidencia que la estructura del Estado norteamericano tiene una raíz bicefálica, donde el poder formal masculino dialogaba constantemente con una base intelectual y logística femenina altamente sofisticada.
El desafío actual para los historiadores y organismos culturales reside en formalizar estos nombres dentro de la currícula oficial y los monumentos nacionales. Mientras el país se encamina a celebrar los 250 años de su independencia, la tensión persiste entre la narrativa tradicional y una historia más inclusiva que reconozca que, sin el soporte y la visión de estas mujeres, la estabilidad de la nueva república habría sido improbable. El próximo paso será observar si estas figuras logran el mismo estatus icónico que sus contrapartes masculinas en la memoria colectiva global.