Un análisis global publicado en la revista Nature confirmó que la epidemia de obesidad se estabilizó en los países desarrollados, mientras que las naciones de ingresos bajos y medios registran un aumento acelerado en todas las franjas etarias.
El estudio, coordinado por una red de casi 2.000 investigadores internacionales bajo la dirección de Majid Ezzati, profesor del Imperial College de Londres, detalla que la prevalencia de esta enfermedad creció en casi todo el mundo entre 1980 y 2024. Sin embargo, el fenómeno muestra una marcada divergencia geográfica y económica. En las naciones de altos ingresos, la aceleración inicial observada en niños y adolescentes durante la década de 1990 comenzó a frenarse a partir del año 2000. En el caso de los adultos de estos países, la estabilización llegó una década más tarde, situando las tasas de prevalencia actuales en un rango que oscila entre el 3% y el 23%, dependiendo del grupo demográfico y la región específica analizada por los especialistas.
La situación en las economías emergentes y en desarrollo presenta un contraste crítico, ya que la variación anual de la prevalencia se mantiene en ascenso o incluso se acelera. Según los datos recopilados, en países como Estados Unidos y el Reino Unido, si bien los niveles de obesidad siguen siendo elevados —alcanzando el 43% y el 30% en adultos respectivamente—, el ritmo de crecimiento se ha ralentizado significativamente. En contrapartida, en naciones de Europa continental como Francia, Italia y Portugal, se han registrado descensos leves en la última década. No obstante, en América Latina, África y Asia, la obesidad ya supera las tasas históricas de los países centrales, consolidándose como un desafío sanitario de primer orden para los sistemas públicos de salud que ya enfrentan limitaciones presupuestarias.
En el escenario regional, Argentina presenta cifras preocupantes con una prevalencia del 22% en niños y niñas, mientras que en la población adulta los valores se mantienen altos, afectando al 39% de las mujeres y al 37% de los hombres. Otros países de la región muestran trayectorias similares: en Brasil, la obesidad alcanza al 35% de las mujeres y al 27% de los hombres, con una aceleración notable en menores de edad. México, por su parte, registra un 43% de obesidad en mujeres adultas, aunque ha logrado una leve ralentización en el segmento infantil. Según indicaron desde la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN), este fenómeno representa la forma más frecuente de malnutrición contemporánea, dado que el exceso de calorías consumidas no garantiza la ingesta de micronutrientes esenciales como vitaminas y minerales.
Contexto
El cambio en la tendencia global de la obesidad se enmarca en lo que los especialistas denominan “transición nutricional”. Históricamente, los países de ingresos bajos y medios lidiaban principalmente con la desnutrición por falta de acceso a alimentos. Sin embargo, la mejora relativa en ciertos indicadores económicos y los avances tecnológicos facilitaron el acceso masivo a productos ultraprocesados, de bajo costo y alta densidad calórica, pero con nulo valor nutricional. De acuerdo con informes previos citados por expertos de la SAN, desde el año 2018 ya se advertía sobre la existencia de 2.000 millones de personas con “hambre oculta”, un estado donde el peso es adecuado o elevado pero existe una carencia crítica de nutrientes básicos.
Este proceso se vio potenciado por un modelo de respuesta global que, durante décadas, priorizó la disponibilidad calórica total —el concepto de “alimentos para todos”— sin considerar la calidad de los mismos. Según explicaron fuentes institucionales vinculadas a la nutrición clínica, la combinación de una oferta alimentaria deficiente con un entorno que desincentiva el movimiento físico ha creado una tormenta perfecta. La urbanización acelerada y los cambios en los hábitos laborales han impuesto barreras económicas y de tiempo que limitan la actividad física, mientras que el estrés, la deuda de sueño y factores ambientales completan el cuadro multicausal que explica por qué la obesidad dejó de ser un problema de voluntad individual para convertirse en una patología social y sistémica.
Impacto
El impacto de esta transformación epidemiológica es profundo, ya que traslada la carga de las enfermedades no transmisibles —como la diabetes tipo 2, la hipertensión y las afecciones cardiovasculares— a países cuyos sistemas de salud tienen menor capacidad de respuesta. La malnutrición por exceso genera un ciclo de cronicidad que afecta la productividad económica y aumenta el gasto público en salud de manera exponencial. En Argentina, especialistas como Mónica Katz y Marianela Aguirre Ackermann advierten que las políticas actuales, como la Ley de Etiquetado Frontal, tienen un alcance limitado al no contemplar alimentos frescos, productos de panadería o servicios de delivery, que representan una porción creciente de la dieta urbana.
La persistencia de la obesidad en niveles altos, sumada a la carencia de micronutrientes, implica que una gran parte de la población está técnicamente malnutrida a pesar de presentar sobrepeso. Esto requiere un cambio urgente en el paradigma de las políticas públicas, pasando de la mera provisión de calorías a la garantía de calidad nutricional. Las recomendaciones de los organismos técnicos incluyen la regulación estricta de la publicidad dirigida a menores, el subsidio estatal a frutas y verduras para equiparar precios con los productos procesados, y la creación de infraestructura urbana que facilite la vida activa. Sin una intervención multisectorial que involucre al Estado y al sector privado, la brecha de salud entre países ricos y pobres continuará ampliándose.
Hacia adelante, la comunidad científica internacional y las sociedades médicas locales coinciden en que el próximo paso debe ser el reconocimiento de la obesidad como una enfermedad crónica que requiere acceso garantizado a tratamientos integrales. Se espera que en las próximas cumbres de salud global se discutan mecanismos de financiamiento para programas de educación nutricional en escuelas y comunidades de países emergentes. La tensión pendiente radica en la capacidad de los gobiernos para enfrentar los intereses de la industria alimentaria y transformar los entornos obesogénicos en espacios que faciliten decisiones saludables para la población general.