La tasa de morosidad en el sistema financiero argentino alcanzó el 7,3% en abril, lo que representa un incremento de 0,3 puntos porcentuales respecto a marzo y consolida una tendencia alcista de 17 meses consecutivos.
El deterioro de la cartera de préstamos se manifiesta con especial crudeza en el segmento de las familias, donde la irregularidad trepó al 12,1%, un salto de 8,4 puntos en la comparación interanual. Según los datos oficiales procesados por el Banco Central de la República Argentina (BCRA) en su último Informe sobre Bancos, este nivel de incumplimiento en el consumo minorista no se registraba desde el año 2004, marcando un máximo en 22 años. En contraste, el sector corporativo muestra una resistencia mayor: la mora en empresas pasó del 3,1% al 3,3% mensual, aunque acumula un avance de 2,4 puntos porcentuales frente a abril del año pasado, a pesar de que la actividad económica registró una mejora estadística del 3,3% en ese mismo período. Los operadores del mercado financiero advierten que la velocidad del deterioro en el crédito al consumo refleja el agotamiento de la capacidad de pago de los hogares frente a una inflación que erosiona los salarios reales.
Al desagregar el comportamiento por líneas de crédito, el informe técnico revela que casi todos los instrumentos de financiación sufrieron retrocesos en su calidad de cobro durante el cuarto mes del año. Los préstamos personales lideran la tabla de morosidad con un 14,8%, seguidos por el financiamiento con tarjetas de crédito, que saltó del 10,6% al 11,2% en apenas treinta días. Otras líneas también mostraron signos de tensión: los adelantos en cuenta corriente subieron al 6,5%, el descuento de documentos al 3,2%, y los préstamos prendarios al 5,5%. Incluso los créditos hipotecarios, históricamente la cartera más sana del sistema, registraron un leve incremento para situarse en el 2%. La única nota positiva del relevamiento fue la prefinanciación de exportaciones, que redujo su mora del 0,6% al 0,5%, beneficiada por la dinámica del sector externo y la liquidación de divisas.
Desde el Banco Central intentaron matizar la gravedad de las cifras mediante la Probabilidad de Default Estimada (PDE), un indicador que mide la transición de deudores de situación regular a irregular. Según la autoridad monetaria, este índice se redujo por tercer mes consecutivo hasta el 2,6% en abril. Sin embargo, analistas de la consultora 1816 señalaron que lo más preocupante del dato de abril es la aceleración del aumento respecto a marzo, lo que genera dudas sobre si el pico de morosidad está cerca o si continuará extendiéndose durante el segundo semestre. Por su parte, los bancos privados atribuyen parte de este fenómeno a la normativa de “arrastre”. Pablo Curat, analista y consultor, explicó que si un deudor tiene atrasos que representen el 40% o más de su pasivo total, el sistema obliga a todas las entidades a degradar su calificación, incluso si el cliente está al día con algún banco en particular.
Contexto
Para comprender la magnitud del fenómeno actual, es necesario remontarse a noviembre de 2024, cuando la mora general del sistema se ubicaba en un piso histórico del 1,5%. Desde entonces, la combinación de una recesión prolongada, la pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento del costo del dinero iniciaron un ciclo de degradación crediticia que ya triplicó los indicadores de irregularidad en solo doce meses. Este escenario se da en un marco donde los bancos han optado por una postura defensiva, restringiendo la oferta de crédito en pesos para evitar una mayor exposición al riesgo. De hecho, el saldo real de financiamiento al sector privado en moneda nacional disminuyó un 0,9% en abril, a pesar de que los depósitos crecieron un 1,7% en el mismo lapso, lo que demuestra que las entidades prefieren mantener liquidez o colocar excedentes en títulos públicos antes que expandir el crédito al consumo.
La situación fuera del sistema bancario tradicional es todavía más crítica. Los Proveedores No Financieros de Crédito (PNFC), que suelen atender a los sectores de menores ingresos o no bancarizados, reportaron una irregularidad del 31,5% en abril, frente al 30,7% de marzo. Estos niveles de mora, que ya afectan a casi uno de cada tres préstamos otorgados por fuera de los bancos, funcionan como un indicador adelantado de la tensión social y financiera. Históricamente, cuando la mora en los PNFC supera el umbral del 25%, el impacto termina trasladándose a los bancos comerciales meses después, a medida que los deudores priorizan el pago de servicios básicos o alimentos por sobre sus compromisos financieros, un patrón que se ha repetido en las crisis de 2001 y 2008-2009.
Impacto
El impacto inmediato de este crecimiento sostenido de la mora es el encarecimiento y la retracción del crédito para el ciudadano de a pie y las pequeñas empresas. Al aumentar el riesgo de incobrabilidad, los bancos elevan las previsiones por riesgo de crédito, lo que afecta directamente sus balances y reduce su capacidad prestable. Esto genera un círculo vicioso: menos crédito disponible dificulta la refinanciación de deudas existentes, lo que a su vez empuja a más deudores a la irregularidad. Para las familias, el nivel de mora del 12,1% implica que miles de hogares están quedando fuera del sistema formal, perdiendo el acceso a tarjetas de crédito y préstamos personales, herramientas fundamentales para suavizar el consumo en épocas de alta inflación.
En el ámbito macroeconómico, la persistencia de la mora bancaria actúa como un lastre para cualquier intento de reactivación. Sin un flujo de crédito sano, el consumo interno —que representa cerca del 70% del PBI argentino— no logra traccionar. Además, la rigidez de las normas de calificación crediticia mencionadas por los operadores del mercado sugiere que, incluso si la economía comenzara a recuperarse mañana, el proceso de saneamiento de las carteras bancarias será lento. La necesidad de cumplir con las previsiones exigidas por el BCRA obliga a las entidades a mantener tasas de interés activas elevadas para cubrir las pérdidas por default, lo que encarece el financiamiento para aquellos deudores que todavía cumplen con sus obligaciones.
Hacia adelante, la atención del mercado está puesta en los datos de mayo y junio, meses donde el Banco Central anticipó una nueva contracción del crédito real del 0,2%. Esta estrategia de achicamiento de carteras podría ayudar a estabilizar los ratios de morosidad de manera artificial, al eliminar del denominador los préstamos de mayor riesgo. No obstante, la tensión pendiente reside en la capacidad de los ingresos familiares para ganarle a la inflación en el corto plazo; sin esa recomposición, el techo de la mora bancaria sigue siendo una incógnita para los directivos de las principales entidades financieras del país.