El general de brigada Ramón Romero Curbelo, jefe de la Dirección de Inteligencia de Cuba, fue identificado públicamente este jueves tras la difusión de fotografías oficiales de una reunión de alto nivel en La Habana entre la CIA y el gobierno cubano.
La identificación del alto mando militar fue confirmada por Miguel Cossío, integrante del Museo Estadounidense de la Diáspora Cubana, quien analizó las imágenes publicadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en sus canales oficiales. A pesar de que los rostros de los participantes cubanos fueron difuminados en las fotografías originales, especialistas en inteligencia y organizaciones del exilio lograron determinar que Romero Curbelo encabezó la delegación técnica del Ministerio del Interior (Minint). El general es una figura central en el esquema de seguridad de la isla, ocupando el puesto del “10 de Picas” en la denominada “Baraja Castrista”, un listado de los 56 funcionarios más buscados por organizaciones de derechos humanos y el exilio cubanoamericano desde febrero de 2026. Según indicaron fuentes de inteligencia en Washington, la exposición de su imagen representa un quiebre en el histórico anonimato que mantienen los jefes del espionaje cubano, quienes rara vez aparecen en registros visuales vinculados a delegaciones extranjeras.
El encuentro fue encabezado por el director de la CIA, John Ratcliffe, quien aterrizó en la capital cubana para entregar un mensaje directo de la administración de Donald Trump. De acuerdo con fuentes de la agencia estadounidense, la Casa Blanca condicionó cualquier alivio en las sanciones económicas o cooperación en materia de seguridad a que Cuba realice “cambios fundamentales” en su estructura política y de derechos humanos. La delegación de Estados Unidos incluyó a funcionarios de alto rango que se reunieron con Lázaro Álvarez Casas, ministro del Interior, y con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y jefe de la seguridad estatal. Rodríguez Castro, conocido por su rol como guardaespaldas histórico de su abuelo, ya había mantenido contactos reservados con el secretario de Estado, Marco Rubio, durante una cumbre en San Kitts. Durante las conversaciones en La Habana, los representantes cubanos insistieron en que el país no representa una amenaza para la seguridad nacional de EE. UU. y reclamaron formalmente la salida de la isla de la lista de estados patrocinadores del terrorismo, argumentando que dicha designación bloquea el acceso a créditos internacionales y suministros básicos.
Contexto
La visita de Ratcliffe es apenas la segunda de un director de la CIA a Cuba desde el triunfo de la Revolución en 1959, lo que marca un punto de inflexión en la diplomacia de inteligencia entre ambos países. Este acercamiento ocurre en un momento de extrema fragilidad para el gobierno cubano, que enfrenta un colapso energético sin precedentes. Según datos del Ministerio de Energía y Minas, el país se ha quedado sin reservas de diésel y fueloil, lo que ha llevado a la red eléctrica nacional a un estado crítico con apagones que superan las 24 horas consecutivas en diversas provincias. Esta crisis energética, agravada por las restricciones de suministro impuestas por Washington, ha generado protestas sociales en barrios de La Habana y otras ciudades del interior. El antecedente inmediato de esta presión diplomática es la situación en Venezuela, donde tras una operación militar estadounidense en enero, Nicolás Maduro fue trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcotráfico. La administración Trump ha utilizado el caso venezolano como una advertencia directa hacia el Palacio de la Revolución, señalando que Cuba podría enfrentar consecuencias similares si no accede a una transición negociada.
Desde el 10 de abril, se han registrado vuelos oficiales del gobierno estadounidense aterrizando en aeropuertos civiles de la isla, algo que no ocurría fuera de la Base Naval de Guantánamo desde el año 2016. Estos movimientos logísticos confirman que existe un canal de comunicación abierto y activo entre el Departamento de Estado y la cúpula militar cubana, a pesar de la retórica pública de confrontación. La estrategia de Washington combina la presión económica extrema —incluyendo la amenaza de aranceles a cualquier país que suministre petróleo a la isla— con ofertas de asistencia humanitaria. El Departamento de Estado reiteró que tiene disponibles 100 millones de dólares en ayuda y tecnología de internet satelital, siempre que el gobierno de Miguel Díaz-Canel permita que la distribución sea gestionada por organismos independientes y no por las estructuras del Partido Comunista. Esta oferta busca capitalizar el descontento social generado por la falta de refrigeración de alimentos y la parálisis de la actividad laboral debido a la falta de energía.
Impacto
La identificación de Romero Curbelo tiene un impacto directo en la operatividad de la inteligencia cubana, ya que expone al responsable de las operaciones de contrainteligencia y espionaje exterior en un momento de máxima vulnerabilidad del régimen. Para los analistas de seguridad regional, que la CIA haya publicado las fotos —aun con el difuminado— sugiere una intención deliberada de mostrar que conocen a los interlocutores reales detrás del poder formal. El impacto económico es igualmente severo: la advertencia de Trump sobre los aranceles al petróleo ha espantado a proveedores tradicionales, dejando a la isla en una situación de desabastecimiento logístico que afecta no solo a la población civil, sino también a la movilidad de las propias fuerzas de seguridad. La inclusión de figuras como Rodríguez Castro en las negociaciones indica que Estados Unidos está dialogando directamente con el círculo familiar y de confianza de los Castro, puenteando en la práctica a sectores de la burocracia civil que carecen de mando real sobre las tropas y el aparato represivo.
Por otro lado, la exigencia de que Cuba deje de ser un “refugio para adversarios en el Hemisferio Occidental” plantea una tensión geopolítica con Rusia y China, aliados estratégicos de La Habana que mantienen estaciones de escucha y presencia técnica en la isla. Fuentes del mercado de defensa indican que cualquier acuerdo de normalización con Washington requeriría el desmantelamiento de estas bases extranjeras, una condición que el sector más ortodoxo del ejército cubano aún se resiste a aceptar. Sin embargo, la presión interna por la falta de alimentos y energía está forzando a la dirigencia a evaluar concesiones que antes eran impensables. La posibilidad de acceder a internet satelital sin censura, propuesta por EE. UU., es vista por el Minint como una amenaza directa a su control social, pero la necesidad de los 100 millones de dólares en asistencia humanitaria coloca al gobierno en una encrucijada de supervivencia básica.
El próximo paso en esta escalada diplomática dependerá de la respuesta de La Habana a las condiciones impuestas por Ratcliffe. Se espera que en las próximas semanas se realicen nuevos vuelos técnicos para coordinar la posible entrega de suministros médicos, mientras el Comando Sur de los Estados Unidos mantiene una vigilancia estrecha sobre los movimientos de buques petroleros en el Caribe. La tensión permanece alta, ya que mientras se desarrollan estas conversaciones, el Departamento de Justicia estadounidense continúa procesando las causas contra la jerarquía chavista, un espejo en el que la cúpula militar cubana se mira con creciente preocupación. El futuro de la relación bilateral está atado a la capacidad de la isla de reformar su sistema económico sin perder el control político, una ecuación que, ante los ojos de Washington, parece haber agotado su tiempo.