Científicos del Instituto de Estudios de Momias de Eurac Research identificaron microbios activos en Ötzi, la momia de 5.300 años hallada en los Alpes, que demuestran una capacidad de adaptación superior a la prevista tras décadas de conservación museística.
El equipo de investigación, integrado por Mohamed Sarhan, Marco Samadelli, Albert Zink y Frank Maixner, publicó sus hallazgos en la revista Microbiome, revelando que el cuerpo de Ötzi no es un objeto biológicamente inerte. Por el contrario, alberga un ecosistema complejo compuesto por tres grupos diferenciados de microorganismos: bacterias intestinales originales de la Edad del Cobre, levaduras que colonizaron el cuerpo durante su permanencia en el glaciar y microbios modernos introducidos por los protocolos de preservación en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, en Bolzano, Italia. Según indicaron desde el instituto, el descubrimiento de células metabólicamente activas en un organismo de cinco milenios de antigüedad redefine la comprensión sobre la resiliencia microbiana y la estabilidad de los restos arqueológicos bajo condiciones extremas de frío y humedad.
Los análisis detallados permitieron identificar bacterias anaerobias en los tejidos internos, como Romboutsia hominis, Treponema succinifaciens y Ruminococcus bromii. Estos microorganismos, que habitaban el sistema digestivo de Ötzi hace 53 siglos, presentan una estructura genética que hoy es prácticamente inexistente en las poblaciones de sociedades industrializadas, lo que convierte a la momia en un reservorio único de información sobre la evolución del microbioma humano. Sin embargo, lo que más sorprendió a los especialistas fue la actividad de las levaduras adaptadas al frío, como Glaciozyma watsonii, Mrakia robertii, Phenoliferia glacialis y Gofeauzyma sp. Los datos indican que Glaciozyma watsonii incrementó su presencia en la piel de la momia del 85% al 98% entre 2010 y 2019, mostrando fragmentos de ADN largos y con escaso daño, señales inequívocas de una proliferación biológica reciente y activa dentro de la cámara de seguridad del museo.
Contexto
Ötzi fue descubierto accidentalmente en septiembre de 1991 por dos alpinistas alemanes en el glaciar de Similaun, en la frontera entre Austria e Italia. Desde entonces, se convirtió en el espécimen arqueológico más estudiado del mundo debido a su excepcional estado de conservación natural. Durante más de cinco mil años, el hielo protegió no solo sus tejidos y vestimenta, sino también una cápsula del tiempo biológica. Hasta este estudio, las investigaciones se habían centrado en la secuenciación de ADN antiguo para determinar su origen genético, su última comida y las enfermedades que padecía, como la presencia de la bacteria Helicobacter pylori. No obstante, nunca se había logrado distinguir con precisión entre el material genético de células muertas y la actividad metabólica de microorganismos que continúan interactuando con el entorno actual.
La transición del glaciar al ambiente controlado del museo supuso un cambio drástico en las condiciones ambientales. Actualmente, la momia se mantiene a una temperatura constante de seis grados bajo cero y con una humedad relativa del 99% para evitar la sublimación de los tejidos. A pesar de estas medidas de bioseguridad, que incluyen la pulverización periódica de agua estéril y el uso de desinfectantes, el estudio actual demuestra que el entorno de conservación ha seleccionado involuntariamente a ciertas especies. Tres de las cuatro levaduras detectadas poseen la capacidad genética de degradar el fenol, un compuesto químico utilizado tras el hallazgo para eliminar hongos superficiales. Esto sugiere que los microbios no solo sobrevivieron, sino que utilizaron los agentes de limpieza como fuente de carbono para prosperar, compitiendo con éxito contra colonizadores modernos como Methylobacterium y Sphingomonas.
Impacto
Este hallazgo tiene implicancias directas tanto en la conservación del patrimonio cultural como en la industria biotecnológica. En el ámbito museológico, la presencia de microbios activos obliga a replantear los protocolos de monitoreo. La detección de actividad metabólica sugiere que, si las condiciones de temperatura o humedad variaran mínimamente, estos organismos podrían iniciar procesos de descomposición que dañarían irreversiblemente los tejidos de la momia. Por ello, los investigadores recomendaron la implementación de análisis de ARN para medir la actividad génica en tiempo real y establecer un programa de muestreo de bajo impacto que permita detectar cambios en el microbioma antes de que se produzca un riesgo biológico tangible para la integridad de Ötzi.
Desde una perspectiva industrial, las levaduras aisladas de la momia presentan un potencial económico significativo. Al estar adaptadas a temperaturas extremas, pueden realizar procesos de fermentación en condiciones donde las levaduras convencionales fallan. El doctor Mohamed Sarhan confirmó que ya se realizaron pruebas exitosas utilizando estas cepas para la producción de masa madre, aunque con tiempos de fermentación más prolongados. Asimismo, la especie Phenoliferia glacialis demostró capacidad para la biorremediación, específicamente en la degradación de hidrocarburos en climas gélidos. Esto representa una solución innovadora para la limpieza de derrames de petróleo en regiones árticas o alpinas, donde los métodos tradicionales de descontaminación biológica son ineficaces debido a que la mayoría de las bacterias degradadoras requieren temperaturas más elevadas para funcionar.
El estudio concluye que la momia de los Alpes no es una reliquia estática, sino un sistema biológico dinámico donde el pasado y el presente convergen. El próximo paso para el equipo de Eurac Research será profundizar en la colaboración con microbiólogos de alimentos y expertos en medio ambiente para escalar las aplicaciones de estos microbios antiguos. Mientras tanto, el monitoreo genético de Ötzi se volverá más riguroso, utilizando técnicas que permitan filtrar el ADN de células muertas para enfocarse exclusivamente en los organismos que, contra todo pronóstico, siguen vivos después de cinco milenios de congelación.