La life coach Gisela Gilges presentó esta semana un marco teórico sobre la resiliencia, definiéndola como la capacidad de no permanecer estancado tras un impacto emocional, utilizando recursos internos y externos para superar situaciones de crisis profunda.
El planteo de Gilges rompe con la idea tradicional de que la superación personal depende exclusivamente de la fuerza de voluntad. Según explicaron especialistas del sector de la salud mental consultados sobre esta tendencia, la resiliencia se construye a través de herramientas concretas que permiten a un individuo procesar el dolor sin que este se convierta en un estado permanente. La especialista utilizó una analogía técnica para ilustrar esta diferencia: comparó la vida con una montaña de nieve, donde el descenso puede realizarse con equipo profesional —casco, antiparras, ropa térmica y un instructor— o de manera precaria, sin protección alguna. En ambos casos, la pendiente y la nieve son idénticas, pero el resultado final depende de los elementos de seguridad y la preparación técnica con la que se cuenta al momento de enfrentar el desafío. Esta distinción es fundamental para entender por qué, ante un mismo evento traumático, las respuestas humanas varían drásticamente entre la parálisis y la recuperación activa.
Dentro de su esquema, Gilges identificó cinco recursos esenciales que determinan la capacidad de respuesta de una persona. El primero es el recurso social, que no se mide por la cantidad de vínculos, sino por la calidad y la presencia de al menos una figura de apoyo real en momentos de vulnerabilidad. El segundo pilar es el recurso emocional, definido como la habilidad para experimentar sentimientos sin ser dominado por ellos. De acuerdo con datos de consultoras especializadas en bienestar organizacional, la incapacidad de gestionar las emociones es una de las principales causas de licencias psiquiátricas en el ámbito laboral. Gilges advirtió que muchas personas no sufren por la intensidad de lo que sienten, sino por el desconocimiento sobre cómo canalizar esas sensaciones, lo que termina generando un proceso de autodestrucción interna que podría evitarse con las herramientas adecuadas.
El tercer componente es el recurso intelectual, que refiere a la claridad de pensamiento necesaria para tomar decisiones en contextos de alta presión. Según indicaron desde instituciones dedicadas a la psicología cognitiva, el cerebro bajo estrés tiende a simplificar procesos y cometer errores de juicio, por lo que reconocer que la mente en crisis no es el lugar más apto para resoluciones definitivas resulta vital. A este se suma el recurso económico, que Gilges desvincula de la acumulación de riqueza para centrarlo en la autonomía financiera. La independencia económica permite a los individuos tener un margen de maniobra frente a situaciones de opresión o crisis vinculares, evitando que la dependencia material se convierta en una trampa que impida la salida de un entorno dañino. Finalmente, el recurso de futuro se presenta como el motor que impulsa la salida del presente traumático a través de proyectos, ilusiones o un sentido de dirección claro.
Contexto
El concepto de resiliencia ha cobrado una relevancia sin precedentes en la Argentina post-pandemia, en un escenario donde los indicadores de salud mental muestran un incremento en las consultas por ansiedad y depresión. Históricamente, la psicología ha estudiado la resiliencia desde la posguerra, pero en la última década, el enfoque se ha desplazado desde la resistencia pasiva hacia la adaptación activa. Según registros de organismos de salud, la demanda de coaching y herramientas de autogestión emocional creció un 40% en los últimos tres años, impulsada por la necesidad de los ciudadanos de encontrar respuestas rápidas ante la inestabilidad del entorno. La propuesta de Gilges se inserta en esta demanda social de profesionalizar el manejo de las crisis personales, alejándose de los discursos de autoayuda simplistas para proponer una estructura de construcción de capacidades que se asemeja más a un entrenamiento técnico que a una mera expresión de deseos.
Antecedentes en el campo de la psicología positiva sugieren que la falta de estos recursos mencionados por Gilges suele derivar en cuadros de estrés postraumático crónico. En el mercado local, la figura del life coach ha ganado terreno como un complemento a las terapias tradicionales, enfocándose en la acción presente y la planificación futura. La difusión de estos contenidos a través de plataformas digitales como Instagram ha permitido que conceptos complejos de la psicología aplicada lleguen a un público masivo, democratizando el acceso a estrategias de afrontamiento que antes estaban restringidas a ámbitos académicos o clínicos cerrados. Este fenómeno responde a una tendencia global donde la salud emocional es vista como un activo fundamental para la productividad y la estabilidad social, especialmente en países con contextos socioeconómicos volátiles.
Impacto
La implementación de este enfoque basado en recursos tiene consecuencias directas en la forma en que las instituciones y las personas abordan las crisis. Al entender que la resiliencia no es un rasgo de personalidad innato sino una construcción de herramientas, se abre la posibilidad de intervenir de manera preventiva. Para el sistema de salud, esto implica un cambio de paradigma: en lugar de tratar únicamente el síntoma del dolor, el foco se desplaza hacia el fortalecimiento de la red social, la educación emocional y la autonomía económica de los individuos. Operadores del sector de recursos humanos en grandes empresas argentinas ya han comenzado a integrar estos pilares en sus programas de asistencia al empleado, reconociendo que un trabajador con recursos intelectuales y emocionales sólidos es más capaz de navegar la incertidumbre del mercado actual.
En términos prácticos, el impacto se traduce en una reducción de la vulnerabilidad social. Cuando una persona identifica que su estancamiento no se debe a una falla de carácter, sino a la falta de un recurso específico —como el económico o el social—, la estrategia de recuperación se vuelve mucho más eficiente y dirigida. Esto reduce el tiempo de recuperación tras eventos como despidos, duelos o rupturas familiares. Además, el énfasis en la autonomía económica como recurso de resiliencia pone de manifiesto una problemática estructural en la sociedad argentina, donde la dependencia financiera suele ser el principal obstáculo para que las personas abandonen situaciones de maltrato o crisis persistentes. La visibilización de estos factores permite que el debate sobre la salud mental se integre con la realidad material de los ciudadanos.
El próximo paso en la difusión de estas teorías será la integración de programas de educación emocional en ámbitos educativos y corporativos, buscando que la adquisición de estos cinco recursos sea parte de la formación básica de los individuos. La tensión pendiente reside en la capacidad del Estado y las organizaciones para facilitar el acceso a estos recursos a los sectores más vulnerables, donde la carencia material dificulta la construcción de la resiliencia intelectual y emocional. Se espera que en los próximos meses se presenten nuevos estudios que midan la efectividad de estos marcos teóricos en la reducción de la cronicidad de las crisis personales en el país.