La life coach Gisela Gilges presentó un análisis sobre la construcción de vínculos saludables, advirtiendo que ciertas amistades se sostienen sobre la necesidad de control o validación personal mediante el auxilio constante en momentos de crisis.
El análisis de Gilges se centra en la identificación de patrones de conducta que, bajo la apariencia de solidaridad, pueden esconder dinámicas de poder o carencias afectivas profundas. Según la especialista, existe un perfil de individuo que se acerca exclusivamente cuando el otro atraviesa una situación de vulnerabilidad. Esta conducta, lejos de ser un gesto de altruismo puro, respondería a una necesidad interna de sentirse indispensable. Gilges sostiene que estas personas requieren ocupar el rol de salvadores para percibir una sensación de importancia o superioridad moral. En este esquema, el bienestar del otro se convierte en una amenaza para el vínculo, ya que, al desaparecer la crisis, el salvador pierde su función principal y, con ella, su fuente de validación externa. Esta dinámica genera una dependencia que puede volverse tóxica, impidiendo el crecimiento personal de quien recibe la ayuda.
Para graficar esta teoría, la coach propuso un modelo de tres dimensiones o círculos que permiten evaluar la calidad de una relación. El primer círculo abarca a quienes acompañan en los momentos de éxito y alta energía, atraídos por el brillo y los planes positivos. El segundo grupo está compuesto por aquellos que aparecen únicamente cuando el sujeto toca fondo, ofreciendo contención en la tristeza. El tercer círculo representa la disponibilidad de tiempo y la escucha activa. Gilges enfatiza que la presencia en un solo círculo es insuficiente para definir una amistad genuina. De acuerdo con datos del sector de la psicología vincular, las relaciones que solo se activan ante la tragedia suelen carecer de reciprocidad a largo plazo, transformándose en contratos emocionales donde una de las partes siempre debe estar en una posición de inferioridad para que la otra se sienta útil.
Contexto
La discusión sobre la salud mental y la calidad de los vínculos interpersonales cobró una relevancia inédita en la Argentina tras la pandemia de 2020, periodo que reconfiguró las redes de contención social. Según informes de consultoras especializadas en bienestar emocional, las consultas sobre límites en las relaciones y gestión de la soledad aumentaron un 45% en los últimos tres años en los centros urbanos del país. En este escenario, figuras como Gisela Gilges han ganado espacio en la esfera pública al traducir conceptos complejos de la psicología sistémica a un lenguaje accesible para el público general. La proliferación de contenidos sobre coaching y desarrollo personal en plataformas digitales responde a una demanda creciente de herramientas para navegar la incertidumbre social y económica, donde los lazos afectivos se presentan como el último refugio de estabilidad para el individuo.
Históricamente, la sociología argentina ha estudiado la importancia de la amistad como una institución fundamental de la clase media, pero los nuevos paradigmas digitales han modificado la profundidad de estos contactos. La teoría de los tres círculos de Gilges se inscribe en una tendencia global que busca diferenciar la conectividad de la conexión real. Fuentes académicas indican que la sobreexposición en redes sociales fomenta amistades de primer círculo —aquellas basadas en el éxito y la imagen positiva—, dejando un vacío en la contención real. Por otro lado, el fenómeno del salvador no es nuevo, pero la visibilidad que otorgan las plataformas permite que estas conductas se identifiquen con mayor rapidez, permitiendo a los usuarios establecer filtros más estrictos sobre quiénes integran su círculo íntimo en momentos de vulnerabilidad extrema.
Impacto
La difusión de estas herramientas de análisis vincular impacta directamente en la forma en que los ciudadanos gestionan su capital emocional y su salud mental preventiva. Al identificar que el auxilio constante puede ser una forma de manipulación o de búsqueda de importancia personal, se reduce la posibilidad de establecer relaciones de codependencia que suelen derivar en cuadros de ansiedad o depresión. Según especialistas en recursos humanos y sociólogos del comportamiento, entender que un amigo real no cambia de lugar cuando la vida del otro cambia permite construir redes de apoyo más sólidas y menos volátiles ante las crisis económicas o personales. Esto es particularmente relevante en un contexto de alta rotación laboral y cambios constantes, donde la estabilidad de los vínculos primarios actúa como un amortiguador del estrés crónico.
Desde una perspectiva institucional, el fomento de la inteligencia emocional y la detección de vínculos asimétricos contribuye a una sociedad con mayor autonomía individual. Operadores del sector salud señalan que la educación sobre límites afectivos disminuye la carga en los servicios de asistencia psicológica pública, ya que los individuos adquieren capacidades para resolver conflictos interpersonales antes de que escalen a crisis mayores. La premisa de Gilges sobre la intersección de los tres círculos —estar en el éxito, en el fracaso y dedicar tiempo— establece un estándar de calidad que obliga a repensar la inversión de tiempo y energía en el otro. El impacto se traduce en una mayor selectividad afectiva, priorizando la calidad sobre la cantidad de interacciones, lo que a largo plazo fortalece el tejido social frente a la fragmentación contemporánea.
La validación de la amistad real como un espacio de permanencia inalterable frente a las fluctuaciones del éxito personal se posiciona como el eje central de las nuevas terapias de grupo y talleres de liderazgo. Gilges concluye que el amigo auténtico es aquel que habita el centro de los tres círculos, manteniendo su posición sin importar si el otro está brillando o atravesando un proceso de ruptura personal. Esta visión desafía la cultura de la inmediatez y el descarte, proponiendo un retorno a la lealtad basada en la presencia constante y no en la utilidad circunstancial. La tensión pendiente radica en la capacidad de los individuos para realizar esta autocrítica y depurar sus círculos sociales en favor de una mayor transparencia emocional.
El próximo paso en esta tendencia de análisis vincular será la integración de estos conceptos en programas de educación emocional formal, buscando que las nuevas generaciones identifiquen tempranamente los perfiles de salvadores y oportunistas. La evolución de estas teorías seguirá marcando la agenda de la cultura del bienestar en Argentina, donde la amistad sigue siendo el valor social más preciado, pero ahora bajo una lupa de mayor rigor psicológico y profesional.