CULTURA

François Dubet analiza el desprecio como motor del populismo y la fragmentación social moderna

El sociólogo francés François Dubet advierte que el sentimiento de humillación individual reemplazó a la conciencia de clase, alimentando liderazgos autoritarios en las democracias occidentales.

Redacción El Capitán 23 de mayo de 2026 5 min de lectura
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El sociólogo francés François Dubet presentó su investigación sobre el desprecio como eje de la política actual, tras la publicación en español de su obra por Siglo XXI Editores en abril de 2026.

La tesis central del académico, desarrollada originalmente en su libro Le mépris (Seuil, 2025), sostiene que esta emoción se transformó en el combustible principal de los movimientos populistas contemporáneos. Según explicaron analistas del sector editorial y académico, el fenómeno ya no se limita a una estructura de clases rígida, sino que se manifiesta como una experiencia individual de humillación que afecta de manera transversal a la pirámide social. Desde los sectores más vulnerables que se sienten ignorados por las élites, hasta los profesionales de clase media que perciben una pérdida de autoridad moral, el desprecio circula como una cadena de hostilidad que no distingue jerarquías tradicionales. De acuerdo con datos relevados por instituciones de sociología política, esta dinámica explica por qué figuras como Donald Trump logran capitalizar el resentimiento de quienes se perciben desplazados por el sistema.

Dubet, profesor emérito de la Universidad de Burdeos y exdirector de la EHESS, sostiene que el cambio fundamental radica en la subjetividad de la ofensa. Mientras que hace cuatro décadas el desprecio era una vivencia colectiva compartida por el proletariado, hoy la percepción es personal: el individuo siente que su fracaso o su falta de reconocimiento es una falla propia. Esta interiorización de la injusticia genera una necesidad de descarga emocional que los líderes populistas canalizan hacia enemigos específicos: las minorías, los expertos, los beneficiarios de planes sociales o las élites globales. Según operadores del mercado político, esta lógica circular —donde uno se libera del sentimiento de ser despreciado despreciando a un tercero— es la que garantiza la fidelidad electoral hacia propuestas radicales que prometen restaurar una dignidad perdida.

Contexto

Para comprender el surgimiento de este fenómeno, es necesario observar la evolución del ideal meritocrático en las últimas décadas. Históricamente, la justicia social se basaba en la reducción de las brechas entre clases sociales; sin embargo, ese paradigma fue reemplazado por la igualdad de oportunidades. Bajo este nuevo esquema, el sistema proclama que todos parten desde el mismo punto y que el éxito depende exclusivamente del esfuerzo individual. Fuentes del Ministerio de Educación y especialistas en sociología del trabajo indican que este cambio tuvo un efecto colateral devastador: si el éxito es mérito del ganador, el fracaso es responsabilidad absoluta del perdedor. Los diplomas universitarios dejaron de ser solo herramientas de capacitación para convertirse en certificados de superioridad moral, mientras que la ausencia de títulos se vive como una marca de insuficiencia personal.

Este escenario se agrava con la crisis de autoridad que atraviesan profesiones que antes eran pilares de la sociedad, como médicos, docentes e investigadores. Según Dubet, estos sectores experimentan una paradoja: aunque mantienen un prestigio relativo en las encuestas de opinión, sienten que su palabra ya no tiene el peso sagrado de antaño. La democratización del acceso a la información a través de plataformas digitales y redes sociales terminó con el monopolio del saber. Hoy, el paciente cuestiona al médico y el padre de familia desafía al maestro, lo que genera en estos profesionales un sentimiento de desconsideración. Esta pérdida de estatus simbólico es, para el sociólogo francés, otra forma de desprecio que empuja a sectores tradicionalmente moderados hacia posturas de resentimiento contra la modernidad o el llamado “wokismo”.

Impacto

Las consecuencias de esta redistribución del desprecio son directamente visibles en la reconfiguración de los mapas electorales de Occidente. Hace 40 años, el voto de los trabajadores sin instrucción académica se volcaba mayoritariamente hacia los partidos de izquierda, mientras que los sectores más educados optaban por el conservadurismo. En la actualidad, esa tendencia se invirtió por completo. Los ciudadanos con mayores niveles de titulación apoyan a partidos progresistas, verdes o liberales, mientras que los sectores menos escolarizados se refugian en la abstención o en el apoyo a la extrema derecha. Esta fractura educativa y emocional está redibujando las alianzas políticas en Europa y América Latina, creando un abismo de incomprensión mutua entre los “ganadores” y los “perdedores” del sistema global.

El impacto también se traslada a la cohesión social básica. Al no existir un cauce político institucional que procese estas humillaciones individuales, el conflicto se desplaza hacia la convivencia diaria. El desprecio funciona como una cadena de transmisión: el trabajador que se siente maltratado por su jefe o ignorado por el Estado descarga su frustración contra el inmigrante o contra quien recibe asistencia estatal, a quien percibe como un competidor desleal por recursos escasos. Esta dinámica, que Dubet vincula con las observaciones de Tocqueville sobre la igualdad, demuestra que cuanto más se proclama una sociedad como igualitaria, más insoportables se vuelven las pequeñas diferencias y desigualdades restantes, alimentando una espiral de resentimiento que erosiona las bases de la democracia liberal.

Hacia adelante, el desafío para las democracias radica en la reconstrucción de los mecanismos de reconocimiento social. Dubet propone que las instituciones deben dejar de validar una única forma de mérito —la académica— para empezar a valorar otras contribuciones a la comunidad. El fortalecimiento de sindicatos, asociaciones profesionales y redes comunitarias aparece como la única vía para colectivizar nuevamente los reclamos y evitar que la humillación individual siga siendo el motor de liderazgos autoritarios. La tensión pendiente reside en si los sistemas políticos actuales tendrán la flexibilidad necesaria para integrar a estos sectores desplazados antes de que la fractura social se vuelva irreversible en las próximas contiendas electorales de la región.

Fuente: Infobae

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