El 15 de mayo de 1943, cientos de murciélagos equipados con dispositivos incendiarios destruyeron accidentalmente la base aérea auxiliar de Carlsbad, en Nuevo México, tras liberarse de un contenedor experimental ultrasecreto diseñado para atacar ciudades del Imperio del Japón.
El incidente ocurrió durante una serie de pruebas del proyecto denominado “Batbomb”, una iniciativa que contaba con el respaldo directo de la Casa Blanca. Según informes de operadores del mercado de defensa de la época, el dispositivo se activó de forma prematura en tierra, liberando a los animales que, por instinto, buscaron refugio en los recovecos de la instalación militar. Los murciélagos, que cargaban compuestos de combustión lenta, se alojaron bajo tanques de combustible, en los aleros de los hangares y en las barracas de la tropa. En menos de una hora, el fuego se propagó de manera incontrolable, reduciendo a cenizas la cabina de radio, los alojamientos y gran parte de la infraestructura logística de la base. La Fuerza Aérea de los Estados Unidos se vio obligada a emitir un comunicado oficial atribuyendo el desastre a un “accidente genérico” para evitar que se filtrara la naturaleza biológica del armamento que estaban desarrollando.
La mente detrás de este plan no era la de un general, sino la del doctor Lytle Schuyler Adams, un cirujano dentista que propuso la idea tras el ataque a Pearl Harbor. Adams, quien mantenía una relación de amistad con la primera dama Eleanor Roosevelt, logró que su propuesta llegara al escritorio del presidente Franklin Delano Roosevelt. El mandatario, asesorado por el zoólogo Donald Griffin, autorizó el financiamiento del proyecto bajo la premisa de que, aunque parecía una idea descabellada, tenía potencial estratégico. Adams argumentaba que el murciélago de cola libre brasileño era el candidato ideal: podía cargar una pequeña carga útil, entraba en hibernación fácilmente para su transporte y buscaba refugio en estructuras de madera, material predominante en las viviendas de Tokio y otras ciudades niponas de la época. El equipo de trabajo, autodenominado “Amantes de los Murciélagos”, incluía al zoólogo Jack von Bloeker, su asistente Jack Couffer, el científico Ozro Wiswell y el actor Tim Holt.
Contexto
La utilización de animales en conflictos bélicos tiene antecedentes milenarios que los estrategas de la Segunda Guerra Mundial intentaron replicar con tecnología moderna. Registros históricos de civilizaciones antiguas, como los hititas en el 1500 a.C., documentan el uso de conejos infectados con tularemia para propagar enfermedades entre las filas enemigas en Hattusa. Del mismo modo, se le atribuye a Pirro, rey de Epiro, el uso de arácnidos venenosos en el siglo II a.C. para desestabilizar ciudades romanas como Tarento, un hecho que incluso dio origen cultural a la danza de la tarantela como método para mitigar los efectos del veneno. Durante la Primera Guerra Mundial, el uso de palomas mensajeras y perros de búsqueda fue estándar, pero el proyecto de Adams representaba un salto hacia el armamento incendiario masivo utilizando fauna silvestre como vector de ataque.
Para la ejecución del proyecto Batbomb, el equipo recolectó miles de ejemplares en el Parque Nacional de las Cavernas de Carlsbad. El diseño técnico consistía en un contenedor de chapa de 1,5 metros de largo que albergaba 26 bandejas circulares de 76 centímetros de diámetro. Cada bandeja contenía 40 cámaras individuales, permitiendo transportar un total de 1.040 murciélagos por bomba. El plan operativo estipulaba que los bombarderos lanzarían estos contenedores a 1.200 metros de altura; un paracaídas frenaría la caída y un sistema barométrico abriría las bandejas, mientras un calentador interno despertaba a los animales de su hibernación inducida por frío. Cada murciélago llevaba pegado al pecho una unidad H-2 de celulosa cargada con napalm, un compuesto desarrollado por el químico Louis Fieser, que se activaría mediante un temporizador una vez que el animal se posara en su objetivo.
Impacto
El impacto de este experimento fallido fue doble: por un lado, demostró la vulnerabilidad de las propias instalaciones estadounidenses ante armas no convencionales y, por otro, evidenció los dilemas éticos y logísticos de la guerra biológica. Aunque las pruebas posteriores en campos de entrenamiento construidos específicamente para simular aldeas japonesas demostraron que los murciélagos eran más efectivos que las bombas incendiarias tradicionales —logrando iniciar más incendios por unidad de peso—, el alto mando militar comenzó a cuestionar la viabilidad del proyecto. La destrucción de la base de Carlsbad generó un clima de escepticismo entre los asesores del Pentágono, quienes veían con preocupación la imprevisibilidad de los animales una vez liberados en el campo de batalla.
A pesar de que el proyecto Batbomb llegó a consumir aproximadamente 2 millones de dólares de la época (equivalentes a decenas de millones en la actualidad), fue cancelado abruptamente en 1944. La razón principal no fue solo el desastre en Nuevo México, sino el avance de otro programa mucho más ambicioso y definitivo: el Proyecto Manhattan. Fuentes del Departamento de Guerra indicaron en aquel entonces que la bomba atómica ofrecía una solución más rápida y controlada para forzar la rendición de Japón, dejando a los murciélagos incendiarios de Adams como una nota al pie en la historia de la tecnología militar. El doctor Adams, sin embargo, sostuvo hasta el final de sus días que su invento podría haber causado estragos en las ciudades japonesas con un costo de vidas aliadas mucho menor.
Hoy en día, el incidente de Carlsbad permanece como un caso de estudio sobre los límites de la innovación bélica y los riesgos de la experimentación con sistemas biológicos. La base, que fue reconstruida tras el incendio, sirve como recordatorio de una era donde la desesperación por la victoria llevó a las potencias mundiales a considerar tácticas que hoy serían clasificadas como crímenes de guerra o desastres ecológicos. El próximo paso en la historiografía de este evento será la desclasificación total de los archivos de la Marina, que heredó parte de la investigación antes de su cierre definitivo.