La Selección Argentina atraviesa una crisis de identidad futbolística tras los recientes encuentros oficiales, donde el equipo de Lionel Scaloni mostró signos de involución táctica y una marcada dificultad para sostener el control del juego mediante la posesión.
El presente del conjunto nacional genera preocupación en el cuerpo técnico debido a la pérdida de aquellos rasgos que lo llevaron a la cima del fútbol mundial. Según fuentes cercanas al predio de Ezeiza, el diagnóstico interno revela un equipo “estancado y pastoso”, que pasó de ser un bloque armónico a un híbrido que depende exclusivamente de la jerarquía individual. En los últimos compromisos, como ante Egipto y Suiza, la Argentina evidenció una vulnerabilidad inédita, refugiándose por momentos cerca del arco de Emiliano Martínez y apostando a contragolpes aislados o pelotazos largos, una estrategia que dista significativamente del manual de estilo que consagró al ciclo en Qatar 2022.
La metamorfosis de Scaloni como entrenador ha sido pendular. En sus inicios en 2018, durante el torneo de L’Alcudia y sus primeros amistosos ante Guatemala, Irak, Brasil y Colombia, el técnico pregonaba un fútbol vertical de transiciones rápidas. En aquel entonces, el DT sostenía que lo ideal era llegar al área rival en tres segundos para encontrar al oponente desacomodado. Sin embargo, la incorporación de piezas como Rodrigo De Paul, Leandro Paredes, Giovani Lo Celso y más tarde Enzo Fernández y Alexis Mac Allister, obligó a una reconfiguración hacia el juego asociado. El propio Scaloni reconoció en charlas técnicas que juntar diez pases seguidos era la vía más segura hacia el gol, una premisa que hoy parece haber quedado en el olvido ante la urgencia de los resultados.
Contexto
Para entender este bache futbolístico es necesario remontarse al workshop de la FIFA en Londres tras el Mundial de Rusia 2018. Allí, Scaloni observó que Francia se coronó campeona ubicándose en el puesto 13 o 14 en estadísticas de posesión, lo que inicialmente moldeó su visión pragmática. No obstante, el éxito en la Copa América 2021 y el Mundial 2022 se cimentó sobre la inteligencia y la pausa. Argentina aprendió a “aburrir” a los rivales, bajando el ritmo y evitando el golpe por golpe. Aquella selección era un equipo de autor, donde el mediocampo funcionaba como una sala de máquinas precisa que permitía a Lionel Messi y Ángel Di María gravitar en los metros finales con ventaja posicional.
El quiebre actual se manifiesta en la toma de decisiones durante la emergencia. Contra Egipto, en una remontada que apeló más a la épica que al orden, Scaloni terminó alineando simultáneamente a Paredes, Enzo Fernández, Mac Allister, Messi, Lautaro Martínez, Julián Álvarez y Nicolás González. Esta acumulación de nombres, que incluyó a dos números 9 definidos —fórmula que el DT solía evitar con Messi en cancha—, se repitió ante Suiza con el ingreso de Thiago Almada y el Flaco López. La desorientación llegó al punto de que defensores como Cristian “Cuti” Romero confesaron haber abandonado su posición para sumarse al ataque por iniciativa propia, sin una indicación directa desde el banco de suplentes.
Impacto
La consecuencia inmediata de esta pérdida de estilo es la desprotección de la zona medular, el histórico punto fuerte del ciclo. Al abandonar el mediocampo para sumar delanteros, la Selección pierde el equilibrio y queda expuesta a las transiciones rivales. El impacto no es solo táctico sino también anímico: el equipo previsible y sólido se volvió incierto. La dependencia de la magia de Messi, las atajadas de Dibu Martínez o la capacidad goleadora de Julián Álvarez —quien recientemente replicó en la Selección el gol que le marcó al Real Madrid en el Bernabéu el 4 de marzo de 2025— maquilla un funcionamiento colectivo que hoy se percibe fracturado.
Expertos en metodología de entrenamiento de la AFA advierten que la falta de rotación y la aparente desconfianza en la “segunda línea” —integrada por nombres como Facundo Buonanotte, Nico Paz, Valentín Barco o Exequiel Palacios— está limitando las variantes de oxígeno que el equipo necesita. Mientras en Qatar la irrupción de jóvenes talentos cambió el destino del torneo, hoy Scaloni parece aferrarse a una estructura que no responde, optando por el amontonamiento de atacantes en lugar de reconstruir el circuito de juego que alguna vez fue la envidia del fútbol internacional.
El desafío para el cuerpo técnico en el corto plazo será decidir si regresa a las fuentes del juego asociado o si profundiza este nuevo perfil de equipo directo y reactivo. Con los cuartos de final en el horizonte y la presión de mantener el estatus de campeón, la Selección Argentina se encuentra en una encrucijada donde debe recuperar su ADN antes de que la jerarquía individual deje de ser suficiente para tapar las grietas colectivas. El próximo entrenamiento en el predio Lionel Messi será clave para definir si Scaloni vuelve a confiar en el mediocampo como eje o si persiste en la aventura de los cinco delanteros.