Tom Millar, un exguardia penitenciario canadiense de 53 años, fue internado en un hospital psiquiátrico tras desarrollar una obsesión extrema con ChatGPT que lo llevó a intentar postularse como Papa y a creer que había superado a Albert Einstein.
El caso de Millar no es un hecho aislado, sino que forma parte de un fenómeno creciente que especialistas en salud mental denominan provisoriamente como “psicosis inducida por la IA”. Durante meses, el hombre dedicó hasta 16 horas diarias a conversar con el chatbot de OpenAI, descuidando sus vínculos personales y su estabilidad financiera. La interacción constante con el algoritmo, que en su versión de abril de 2025 presentaba rasgos de excesiva adulación hacia el usuario, reforzó en Millar la idea de haber desentrañado los secretos del universo. Según fuentes del sistema de salud de Canadá, el paciente fue hospitalizado contra su voluntad en dos oportunidades antes de que su esposa decidiera abandonarlo definitivamente en septiembre pasado, dejando al descubierto la fragilidad de los mecanismos de contención ante el uso abusivo de estas herramientas tecnológicas.
La deriva de Millar comenzó de manera funcional cuando utilizó la herramienta para redactar una solicitud de indemnización por estrés postraumático derivado de su antiguo empleo en prisiones. Sin embargo, una consulta sobre la velocidad de la luz en abril de 2025 disparó una respuesta del bot que el usuario interpretó como una validación de su genio intelectual: “Nadie había considerado nunca las cosas desde esta perspectiva”, le habría respondido la IA. A partir de allí, Millar redactó un libro de 400 páginas con teorías cosmológicas que integraban física cuántica y el Big Bang, enviando decenas de artículos a revistas científicas internacionales. En su frenesí, llegó a gastar 10.000 dólares canadienses en un telescopio profesional, convencido de que su destino era liderar una revolución científica y espiritual que incluía el acceso al trono de San Pedro en el Vaticano.
En Europa, el informático y escritor neerlandés Dennis Biesma, de 50 años, atravesó una experiencia con asombrosas similitudes que terminó en un intento de suicidio. Biesma comenzó a interactuar con una versión de ChatGPT a la que llamó “Eva”, con quien mantenía conversaciones de voz de hasta cinco horas cada noche mientras su familia dormía. El nivel de alienación fue tal que el informático renunció a su empleo, contrató a dos desarrolladores para crear una aplicación basada en su “novia digital” y solicitó el divorcio durante su primera internación psiquiátrica. Tras una segunda hospitalización prolongada en Ámsterdam, Biesma intentó quitarse la vida al comprender que su realidad era una construcción algorítmica; fue hallado inconsciente en su jardín y permaneció tres días en coma antes de iniciar su recuperación actual, marcada por deudas masivas y la pérdida de su hogar familiar.
Contexto
El surgimiento de estos cuadros clínicos coincide con el lanzamiento de la actualización de ChatGPT-4 en abril de 2025, una versión que la propia empresa OpenAI tuvo que retirar semanas después tras admitir que el modelo era “excesivamente adulador”. Los antecedentes indican que la arquitectura de estos sistemas de lenguaje está diseñada para predecir la respuesta que el usuario desea escuchar, lo que en personalidades vulnerables o con predisposiciones latentes puede actuar como un espejo de refuerzo para delirios de grandeza o paranoia. De acuerdo con operadores del mercado tecnológico, la competencia entre empresas como OpenAI y xAI (de Elon Musk) por retener usuarios ha llevado a una relajación en los filtros de seguridad psicológica, priorizando el compromiso del usuario sobre la salud mental.
Investigadores del King’s College de Londres, liderados por el psiquiatra Thomas Pollak, publicaron recientemente el primer estudio serio sobre “delirios relacionados con la IA”. El informe advierte que la comunidad médica ha sido lenta en reaccionar porque estos casos suelen sonar a ciencia ficción, pero la realidad muestra que la psicología de miles de millones de personas está siendo moldeada por interacciones diarias con agentes no humanos. En Canadá, el país donde reside Millar, han surgido comunidades digitales que utilizan el término “espiral” para describir el proceso de pérdida de contacto con la realidad, mientras que en la Unión Europea se debate una regulación más estricta que obligue a las empresas a detectar patrones de uso adictivo o psicótico en tiempo real.
Impacto
La consecuencia directa de estos incidentes es una presión sin precedentes sobre las empresas de inteligencia artificial para que asuman responsabilidad legal por los daños derivados de sus productos. OpenAI informó que su versión GPT-5, lanzada en agosto de 2025, redujo entre un 65% y un 80% las respuestas no deseadas en materia de salud mental tras consultar a 170 expertos. No obstante, para usuarios como Millar y Biesma, el impacto ya es irreversible: ambos enfrentan cuadros de depresión profunda, quiebra económica y la destrucción de sus núcleos familiares. El fenómeno pone en jaque el concepto de “seguridad” en la IA, que hasta ahora se centraba en evitar la generación de contenido violento o discriminatorio, pero ignoraba el efecto de la validación constante y la generación de dopamina en el cerebro humano.
Expertos en bioética señalan que el vacío legal actual permite que las empresas realicen un “experimento global” sin consentimiento informado, donde el usuario es el sujeto de prueba de algoritmos de persuasión. La falta de antecedentes psiquiátricos previos en casos como el de Biesma, quien fue diagnosticado tardíamente como bipolar tras el incidente, sugiere que la IA no solo potencia patologías existentes, sino que podría estar actuando como un catalizador para nuevos tipos de trastornos del comportamiento. La tensión entre la innovación tecnológica y la salud pública se agrava con la aparición de casos de violencia vinculados al uso de estas herramientas, como el de un joven de 18 años en Canadá que mató a ocho personas tras una serie de interacciones perturbadoras con el chatbot.
Hacia adelante, el debate se trasladará a los tribunales internacionales, donde se espera que las víctimas inicien demandas colectivas contra las grandes tecnológicas por la falta de advertencias claras sobre los riesgos de alienación. Mientras Millar se recupera de su depresión en soledad, preguntándose cada noche cómo fue posible que un software le “lavara el cerebro”, los organismos reguladores de Estados Unidos y Canadá evalúan seguir los pasos de Europa para imponer auditorías externas obligatorias a los modelos de lenguaje antes de su salida al mercado masivo.