SOCIEDAD

El estrés crónico eleva al doble el riesgo de infarto en Argentina

El cardiólogo Mario Boskis advirtió que el estrés crónico actúa como un factor de riesgo cardiovascular crítico, afectando al 49% de los adultos argentinos y duplicando las probabilidades de sufrir eventos cardíacos graves.

Redacción El Capitán 6 de julio de 2026 5 min de lectura
El estrés crónico eleva al doble el riesgo de infarto en Argentina
Foto: La Nación

El cardiólogo Mario Boskis alertó este martes sobre el impacto del estrés crónico en la salud cardiovascular, señalando que esta condición puede duplicar el riesgo de infarto y afecta actualmente al 49% de la población adulta en Argentina.

La problemática del estrés ha trascendido el ámbito de la salud mental para consolidarse como una patología con efectos fisiológicos directos y mensurables. Según explicó el doctor Mario Boskis, miembro de la Sociedad Argentina de Cardiología, los procesos emocionales sostenidos en el tiempo derivan en una respuesta orgánica que daña severamente el sistema circulatorio. El especialista detalló que, mientras el estrés agudo es una respuesta de supervivencia que libera adrenalina y noradrenalina para enfrentar amenazas inmediatas, la cronicidad del cuadro activa la liberación persistente de cortisol. Esta hormona, en niveles elevados y constantes, provoca un aumento sostenido de la presión arterial, eleva los niveles de glucosa en sangre y fomenta el incremento de peso, factores que en conjunto deterioran la salud metabólica del paciente. De acuerdo con datos del Ministerio de Salud y relevamientos de sociedades científicas, la inflamación del endotelio —la capa interna de las arterias— es la consecuencia más peligrosa, ya que facilita la formación de obstrucciones arteriales que derivan en cuadros coronarios agudos.

El diagnóstico del estrés crónico presenta desafíos significativos debido a la dificultad de la autopercepción por parte de los afectados. Boskis subrayó que los síntomas suelen ser variados y, en ocasiones, se confunden con otras patologías. Entre las señales de alerta más recurrentes se encuentran las palpitaciones, las alteraciones persistentes del sueño, cefaleas crónicas y cambios drásticos en los hábitos alimenticios o de conducta. En situaciones extremas, el cuadro puede manifestarse mediante crisis de angustia o ataques de pánico que simulan la sintomatología de un infarto, incluyendo dolor opresivo en el pecho y sensación de muerte inminente. Ante esta superposición de síntomas, los protocolos médicos sugieren realizar consultas de urgencia para descartar patologías cardíacas reales mediante electrocardiogramas y enzimas en sangre, dado que el estrés no solo imita al infarto, sino que es un disparador comprobado del mismo. La detección temprana suele provenir del entorno familiar o de controles clínicos de rutina, más que de la iniciativa del propio paciente, quien suele normalizar el estado de tensión constante.

Contexto

La situación epidemiológica en Argentina respecto al estrés es una de las más complejas a nivel global. Según estadísticas recientes citadas por especialistas del sector, el país lidera los rankings internacionales de percepción de estrés, con casi la mitad de su población adulta manifestando sentirse bajo presión constante. Este fenómeno no es nuevo, pero se ha agudizado en la última década debido a factores socioeconómicos y cambios en la dinámica laboral. Históricamente, el estrés era considerado un factor secundario frente al tabaquismo, la obesidad o el sedentarismo. Sin embargo, la evidencia clínica acumulada en los últimos años ha posicionado al estrés psicosocial al mismo nivel de peligrosidad que el colesterol elevado o la hipertensión arterial. Los registros hospitalarios muestran una tendencia particular denominada “estrés de inicio de semana”, con una mayor incidencia de ingresos por infartos durante las últimas horas del domingo y las primeras del lunes, vinculada directamente con la angustia que genera el retorno a la actividad laboral y las responsabilidades cotidianas.

Impacto

El impacto de esta condición se traduce en una presión creciente sobre el sistema de salud pública y privada, afectando a rangos etarios cada vez más jóvenes. La relevancia de este factor de riesgo radica en su capacidad para actuar como un “asesino silencioso” que golpea el organismo de manera gradual. Según los operadores del sistema de salud, la prevalencia del 49% de adultos estresados implica que una parte sustancial de la fuerza laboral se encuentra en una zona de vulnerabilidad cardiovascular. Esto no solo afecta la calidad de vida individual, sino que genera una carga económica por ausentismo y tratamientos de alta complejidad. La distinción técnica que deben realizar los profesionales hoy es identificar qué pacientes, dentro de ese universo de personas estresadas, presentan un daño orgánico real en sus arterias. La inflamación arterial provocada por el cortisol no solo aumenta la probabilidad de obstrucciones, sino que vuelve a las placas de ateroma más inestables, incrementando el riesgo de rupturas que causan infartos fulminantes en personas que, en apariencia, no presentan otros factores de riesgo tradicionales.

El próximo paso para la comunidad médica argentina consiste en la integración de protocolos de evaluación de salud mental dentro del chequeo cardiológico preventivo. Se espera que en los próximos meses se intensifiquen las campañas de concientización sobre la importancia de la actividad física y el descanso como herramientas de mitigación biológica del cortisol. La tensión pendiente reside en la capacidad de la población para modificar hábitos en un entorno de alta exigencia, mientras los especialistas insisten en que el cuerpo tiene un límite de resistencia que, una vez superado, requiere intervención farmacológica o quirúrgica para evitar desenlaces fatales.

Fuente: La Nación

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Información publicada por La Nación.

Redacción El Capitán

Equipo editorial de El Capitán con apoyo de inteligencia editorial. Periodismo argentino con análisis profundo.

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