SOCIEDAD

Pilar Sordo advierte sobre la crisis de comunicación y el diálogo

La psicóloga Pilar Sordo analizó la degradación de los vínculos sociales por la falta de vocabulario y la urgencia tecnológica, destacando que la autopercepción define la salud mental y la visión del mundo actual.

Redacción El Capitán 4 de julio de 2026 6 min de lectura
Pilar Sordo advierte sobre la crisis de comunicación y el diálogo
Foto: La Nación

La psicóloga Pilar Sordo advirtió en Buenos Aires sobre la creciente dificultad para establecer conversaciones reales, un fenómeno impulsado por la reducción del vocabulario y la falta de paciencia en los vínculos interpersonales contemporáneos.

El análisis de la especialista chilena pone el foco en una problemática que los consultorios de salud mental registran con mayor frecuencia: la incapacidad de los sujetos para poner en palabras sus estados internos. Según datos relevados por equipos de salud mental en la región, el reemplazo del lenguaje complejo por códigos simplificados, como los emoticones o las respuestas automatizadas, está erosionando la profundidad de los vínculos humanos. Sordo citó al psiquiatra español José Luis Marín para sostener una premisa fundamental de la psicología clínica: el ser humano se enferma por falta de palabras. Esta carencia no es solo una cuestión lingüística, sino que representa una barrera para la elaboración de procesos psíquicos complejos, lo que deriva en cuadros de ansiedad y desconexión social que preocupan a los profesionales del área.

La experta señaló que la dinámica de la comunicación actual se ha transformado en lo que denomina un “monólogo intermitente”, donde la escucha activa ha sido desplazada por la urgencia de la respuesta propia. De acuerdo con las observaciones de analistas del comportamiento, la reducción de la paciencia impide que los participantes de un diálogo se sientan verdaderamente atendidos. Sordo enfatizó que una conversación real debe implicar el desafío de exponerse a ser transformado por el otro, un proceso que requiere tiempo y una disposición emocional que choca con la cultura de la inmediatez. La falta de este intercambio profundo genera una sensación de soledad acompañada, donde a pesar de estar permanentemente conectados a través de dispositivos, los individuos experimentan una creciente dificultad para expresar lo que les sucede internamente.

Un punto central de su reciente investigación, que le demandó ocho años de trabajo de campo, es la relevancia del diálogo interno en la construcción de la realidad individual. Según las conclusiones presentadas, la forma en que cada persona se habla a sí misma no solo determina su nivel de amor propio, sino que configura su visión del mundo exterior. Si un individuo se percibe como alguien confiable o noble, tiende a proyectar esas mismas cualidades en su entorno, facilitando la construcción de redes de confianza. Por el contrario, un diálogo interno punitivo o restrictivo limita la capacidad de resiliencia ante la adversidad. Esta autopercepción es, según la especialista, el motor que define cómo se atraviesan los procesos de duelo, cómo se establece un propósito de vida y de qué manera se exteriorizan las emociones en el ámbito público y privado.

Contexto

Este fenómeno se enmarca en una tendencia global que los organismos de salud han comenzado a monitorear tras la pandemia de COVID-19, periodo que aceleró la digitalización de las relaciones humanas. Históricamente, la psicología ha estudiado la importancia del lenguaje en la estructuración del pensamiento, pero es en la última década donde la brecha entre la comunicación digital y la presencial se ha profundizado. Antecedentes en estudios de sociología urbana indican que el tiempo promedio de atención sostenida en una conversación ha disminuido drásticamente desde 2015, coincidiendo con el auge de las redes sociales de formato corto. La advertencia de Sordo se suma a una serie de investigaciones que vinculan la pobreza del lenguaje con el aumento de trastornos del ánimo, sugiriendo que la pérdida de matices verbales limita la capacidad de autorregulación emocional.

Además, la presión social por mantener un estado de felicidad constante ha generado lo que diversos autores llaman la “tiranía del optimismo”. En este escenario, la incomodidad es vista como un síntoma a eliminar rápidamente en lugar de ser entendida como una señal de alerta necesaria para el cambio. La cultura de la fuga, como la define Sordo, promueve mecanismos de evasión —desde el consumo excesivo hasta el scroll infinito en pantallas— que impiden enfrentar el roce necesario para la maduración personal. Este contexto de evitación sistemática del dolor o del esfuerzo cognitivo es lo que, según la autora, está debilitando la estructura psíquica de las nuevas generaciones y reconfigurando la forma en que los adultos gestionan sus crisis vitales.

Impacto

La degradación del diálogo tiene consecuencias directas en la salud pública y en la cohesión del tejido social. La incapacidad de generar conversaciones reales aumenta los niveles de aislamiento y dificulta la resolución pacífica de conflictos, tanto en el ámbito familiar como en el laboral. Al reducirse la capacidad de escucha, se pierde la posibilidad de empatía, lo que impacta en la calidad de las democracias y en la convivencia ciudadana. Desde el punto de vista clínico, la falta de herramientas lingüísticas para procesar el dolor o la frustración deriva en una mayor demanda de psicofármacos, buscando soluciones químicas a problemas que, según Sordo, requieren una revisión del diálogo interno y una recuperación del espacio de la palabra compartida.

Por otro lado, la reivindicación de la incomodidad como motor de crecimiento plantea un cambio de paradigma en el bienestar personal. Al aceptar que el malestar es una invitación legítima a la transformación, los individuos pueden recuperar el derecho a cambiar de opinión, a equivocarse y a retirarse de entornos que no propician su bienestar. Este enfoque impacta directamente en la toma de decisiones profesionales y afectivas, permitiendo que las personas se desprendan de mandatos sociales rígidos. La propuesta de Sordo sugiere que la mejora en la calidad de vida no proviene de la ausencia de problemas, sino de la capacidad de nombrarlos y de sostener conversaciones que permitan integrar esas experiencias en la identidad personal.

El próximo paso en esta línea de análisis será la presentación de nuevas herramientas pedagógicas para fomentar la alfabetización emocional en ámbitos educativos. Se espera que durante el segundo semestre del año, diversos foros de salud mental en la región debatan la implementación de programas que incentiven la recuperación del lenguaje y la presencialidad en los vínculos. La tensión pendiente reside en cómo equilibrar el avance tecnológico con la necesidad biológica y psíquica de una comunicación humana lenta, profunda y transformadora.

Fuente: La Nación

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Información publicada por La Nación.

Redacción El Capitán

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