El filósofo Darío Sztajnszrajber analizó la vigencia del pensamiento de Epicuro en la sociedad contemporánea, definiendo la felicidad como la ausencia de dolor y la búsqueda de una paz interior que prescinda de las exigencias de productividad constante.
La reflexión del docente y divulgador se centra en la tensión existente entre el bienestar emocional y el imperativo de la rentabilidad que domina la vida cotidiana. Según explicaron especialistas en estudios clásicos, la propuesta de Sztajnszrajber recupera la noción de utilidad terapéutica de la filosofía, permitiendo que el individuo tome distancia de la obligación de convertir cada acción en una fuente de ganancia o acumulación. En este sentido, el filósofo remarcó que existe una lógica de rendimiento donde cada paso debe ser aprovechado, una estructura que, si bien no juzga, no lo interpela personalmente. Para el autor, cuando se piensa el amor o la felicidad bajo términos estrictamente productivos o de planificación, se pierde la esencia de la experiencia humana, transformando los vínculos en meras transacciones de resultados previsibles.
El eje central de esta perspectiva radica en la recuperación de la “ataraxia” epicúrea, un concepto que define la felicidad como la imperturbabilidad del alma. De acuerdo con el análisis de Sztajnszrajber, lo que más perturba al ser humano son las dependencias estructuradas a partir de lo que Epicuro denominaba “falsos infinitos”: la creencia errónea de que las cosas, los vínculos o las propiedades duran para siempre. El docente ejemplificó que la dependencia en una relación amorosa o la preocupación excesiva por el deterioro de los bienes materiales son factores que alejan al sujeto de su eje. La propuesta filosófica, por tanto, consiste en asociar la felicidad con el placer por las cosas mínimas y, fundamentalmente, con la premisa de que ser feliz es, en última instancia, que no duela, priorizando la huida del sufrimiento por sobre la acumulación de goces efímeros.
Contexto
La filosofía de Epicuro de Samos, desarrollada en el siglo IV a.C., surgió en un período de crisis política y social en Grecia, ofreciendo un refugio ético basado en la búsqueda del placer estable (catastemático) y la eliminación del temor a los dioses y a la muerte. En la actualidad, este pensamiento es retomado por figuras como Sztajnszrajber para cuestionar el modelo de “sociedad del rendimiento” descrito por filósofos contemporáneos como Byung-Chul Han. El docente sostiene que la vida es demasiado breve para configurarla bajo la máxima de la utilidad, advirtiendo que muchas veces el ser humano descubre el propósito de su existencia cuando el tiempo ya se está agotando. Esta recuperación de lo “inútil” busca reconciliar al sujeto con lo inesperado, alejándolo de las coordenadas previsibles que el sistema socioeconómico impone como norma de conducta y éxito personal.
Históricamente, la academia ha debatido la aplicación de la ética antigua en la modernidad líquida. Fuentes del ámbito educativo señalan que el interés por estas corrientes ha crecido un 40% en las consultas de divulgación filosófica en Argentina durante el último trienio. Sztajnszrajber plantea que hacer filosofía es, metafóricamente, “rascarse donde no pica”, una acción que rompe con la causalidad lógica del mundo moderno. Si el entorno establece que ante una picazón debe haber un rascado, el ejercicio intelectual propone salirse de esa previsibilidad. Esta ruptura con lo esperado es, para el filósofo, una de las formas más puras de la libertad, permitiendo al individuo escapar de las formas en las que ha sido moldeado por la cultura del consumo y la eficiencia.
Impacto
La aplicación de este enfoque tiene consecuencias directas en la salud mental y en la percepción del éxito en los centros urbanos. Según operadores del sector de bienestar, la adopción de mantras basados en la filosofía de Epicuro ayuda a reducir los niveles de ansiedad vinculados a la obsolescencia programada y a la presión por la actualización constante. Al entender que las dependencias generan perturbación, los ciudadanos comienzan a valorar la autonomía emocional por sobre la posesión. El impacto se observa también en la reconfiguración de los vínculos afectivos, donde la aceptación de la finitud —contraria a los falsos infinitos— permite relaciones menos posesivas y más centradas en el presente, disminuyendo la frustración ante el cambio o la pérdida inevitable de los objetos y las personas.
Por otro lado, la propuesta de una “filosofía del escape” desafía las estructuras laborales tradicionales que exigen una disponibilidad total y una optimización del tiempo libre. Al reivindicar lo inútil, se abre un espacio para el ocio contemplativo que no busca un rédito económico, lo cual es visto por sociólogos como una resistencia cultural frente a la mercantilización de la vida privada. Esta perspectiva no solo afecta al individuo en su esfera íntima, sino que también cuestiona los criterios con los que la sociedad evalúa quién “la pasa mejor”, desplazando el foco desde el tener hacia el estar en paz. La libertad, en este esquema, no es un estado final de escape absoluto, sino un intento continuo de desaprender las formas impuestas por el entorno productivo.
El debate sobre la utilidad de lo inútil continuará en la agenda cultural, especialmente con la próxima presentación de ciclos de conferencias que buscan bajar estos conceptos a la práctica cotidiana. La tensión entre el deseo de permanencia y la realidad de la brevedad temporal seguirá siendo el motor de nuevas interpretaciones sobre cómo habitar la modernidad sin sucumbir al dolor de la exigencia. Se espera que en los próximos meses aumenten las publicaciones que vinculan la ética antigua con la gestión del estrés contemporáneo, consolidando a la filosofía no como una disciplina académica cerrada, sino como una herramienta de supervivencia emocional en un mundo cada vez más previsible y demandante.