SOCIEDAD

A 50 años de la masacre en el comedor: el rol de Walsh en Montoneros

A 50 años del atentado con bomba en el comedor de la Policía Federal (23 muertos y 110 heridos), el foco vuelve al rol de Rodolfo Walsh en la inteligencia de Montoneros, la operación del infiltrado José María Salgado y el cruce entre militancia y periodismo.

Redacción El Capitán 2 de julio de 2026 5 min de lectura
A 50 años de la masacre en el comedor: el rol de Walsh en Montoneros
Foto: Infobae
El Pulso editorial

Por qué importa

El ataque del 2 de julio de 1976 fue uno de los hechos más letales del conflicto armado setentista. Revisitarlo ilumina cómo operó la inteligencia de Montoneros y abre un debate vigente sobre límites éticos del periodismo militante y la violencia política.

El 2 de julio de 1976, la organización Montoneros perpetró el atentado más sangriento de la década del setenta al detonar una bomba vietnamita en el comedor de la Policía Federal, causando 23 muertes y 110 heridos.

La operación, ejecutada por el agente infiltrado José María Salgado, de 21 años, representó el punto máximo de eficacia del Servicio de Inteligencia e Informaciones de la organización guerrillera. Según fuentes vinculadas a la investigación histórica del hecho, este aparato no funcionaba únicamente como un ente de análisis político, sino como una estructura operativa capaz de realizar seguimientos detallados a militares, policías y empresarios para establecer rutinas de secuestro o eliminación. La cúpula de esta unidad estaba integrada por figuras del periodismo y la literatura, quienes utilizaban sus habilidades profesionales para recolectar datos vitales que luego eran procesados por la jefatura del Ejército Montonero, bajo el mando de Horacio Mendizábal y la supervisión directa de Mario Firmenich y Roberto Perdía.

Rodolfo Walsh, bajo el alias de “Esteban” o “Basualdo”, fue el arquitecto central de esta red de espionaje y contrainformación. Su labor trascendía la escritura de piezas literarias como “Operación Masacre”; Walsh dirigía células tabicadas que se encargaban de tareas diversas, desde la interceptación de frecuencias radioeléctricas de la Policía Federal hasta la gestión de infiltrados en las tres fuerzas armadas. De acuerdo con registros de la época y testimonios de exmilitantes, el escritor seleccionó personalmente a los editores de la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA), entre ellos Lila Pastoriza, Lucila Pagliai, Carlos Aznárez y Eduardo Suárez, con el objetivo de difundir información estratégica que generara desconfianza y fricciones internas entre el Ejército, la Marina y la Aeronáutica durante la dictadura militar.

El reclutamiento de periodistas fue una pieza clave en la estrategia de Montoneros para profesionalizar su inteligencia. Integrantes del sector, como Horacio Verbitsky, formaron parte de este esquema que combinaba la militancia con el oficio de informar. Verbitsky, quien luego se haría cargo de la segunda etapa de ANCLA en 1977 tras la desaparición de otros miembros, ha sostenido históricamente que la labor del grupo era de carácter político y estructural. Sin embargo, analistas del conflicto armado argentino señalan que la capacidad de la organización para penetrar el “círculo rojo” y las estructuras de seguridad se debió a una base de datos única sobre ascensos, métodos de entrenamiento y corrillos internos que Walsh comenzó a compilar desde 1958, tras su investigación sobre el caso Satanowsky.

Contexto

El atentado al comedor policial ocurrió en un momento de máxima tensión política y militar en Argentina, apenas meses después del golpe de Estado de marzo de 1976. Montoneros ya se había conformado como un “Ejército” con jerarquías militares y buscaba disputar el control territorial y simbólico al gobierno de facto. La inserción de la organización en diversos estratos sociales, desde las villas miseria hasta sectores de la clase media profesional, le permitió contar con una red de colaboradores no remunerados que proveían información sensible. Walsh se incorporó formalmente a la estructura en abril de 1973, proveniente de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), aportando una vasta experiencia en el manejo de archivos y la decodificación de mensajes policiales que había perfeccionado de manera casi autodidacta.

La fascinación que generaba la figura de Walsh entre los jóvenes militantes de la época fue determinante para la captación de cuadros operativos. José María Salgado, el autor material de la colocación de la bomba, se acercó a la militancia tras quedar impactado por la obra literaria de Walsh, a quien conoció en 1974 en la Facultad de Ingeniería. Esta amalgama entre el prestigio intelectual y la acción directa permitió que el aparato de inteligencia montonero fuera considerado por especialistas internacionales, como el profesor inglés Richard Gillespie, como uno de los aspectos más impresionantes y en constante mejora de la guerrilla argentina. La estructura operaba bajo un estricto secreto que protegió a sus integrantes durante años, incluso después de la derrota militar de la organización.

Impacto

La masacre en el comedor de la calle Moreno marcó un punto de no retorno en la escalada de violencia y justificó, ante los ojos de la Junta Militar, la profundización de la represión ilegal. Para la Policía Federal, el hecho representó una vulneración sin precedentes de su seguridad interna, lo que derivó en una purga de sus filas y un endurecimiento de los controles sobre el personal subalterno. El impacto social de las 23 muertes, en su mayoría suboficiales y empleados administrativos, afectó la percepción pública sobre la guerrilla, alejando a sectores que inicialmente simpatizaban con la resistencia al régimen militar pero que rechazaban el uso de explosivos en lugares civiles.

En el ámbito del periodismo y la cultura, la revelación de la doble vida de Walsh como combatiente y jefe de inteligencia sigue generando debates sobre el límite entre el compromiso político y la ética profesional. La creación de herramientas como Cadena Informativa, que instaba a la población a reproducir noticias de forma manual para romper el cerco mediático, sentó un precedente en la comunicación de resistencia, pero también vinculó indisolublemente la producción informativa con los objetivos militares de la cúpula montonera. La desaparición de gran parte de los redactores de ANCLA y el posterior exilio de otros desarticularon lo que fue la red de contrainteligencia más eficaz de la insurgencia argentina.

A cinco décadas del hecho, la justicia argentina y los historiadores continúan analizando las responsabilidades penales y políticas de los sobrevivientes de la conducción montonera. Mientras algunos sectores reivindican la figura de Walsh exclusivamente por su aporte literario, las nuevas investigaciones sobre la masacre en el comedor obligan a una revisión integral de su biografía, tal como sugirieron sus propios familiares al reconocer su orgullo por ser un combatiente. El caso permanece como un recordatorio de la complejidad de los años setenta, donde la palabra y el explosivo formaron parte de una misma estrategia de poder.

Fuente: Infobae

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Contexto

El atentado al comedor de la Policía Federal ocurrió meses después del golpe de Estado de marzo de 1976, en plena consolidación del terrorismo de Estado. Según Infobae, la operación —atribuida al infiltrado José María Salgado— se inscribe en la etapa en que Montoneros se estructuró como “Ejército”, con un aparato de inteligencia que, bajo conducción de Rodolfo Walsh, combinó tareas de espionaje, propaganda (ANCLA) e infiltración en fuerzas de seguridad, en un clima de escalada entre guerrilla y dictadura.

Fuente

Información publicada por Infobae.

Redacción El Capitán

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