El Gobierno de Venezuela confirmó que la cifra de víctimas fatales por los dos terremotos del miércoles ascendió a 1.430 personas, mientras los equipos de rescate agotan las últimas horas críticas para hallar sobrevivientes entre los escombros de Caracas y La Guaira.
La situación en las zonas afectadas alcanzó un punto de máxima tensión social este sábado. Según datos oficiales suministrados por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, además de los fallecidos se registran 3.238 heridos y 3.142 familias desplazadas en refugios. Sin embargo, las estimaciones de organismos internacionales son aún más alarmantes: la Organización de las Naciones Unidas (ONU) proyecta que la cifra de desaparecidos podría rondar las 50.000 personas. En localidades costeras como Caraballeada y en barrios de la capital, los vecinos denuncian una respuesta estatal insuficiente y se ven obligados a remover placas de concreto con sus propias manos, sin protección ni herramientas adecuadas, ante la ausencia de maquinaria pesada en puntos críticos donde todavía se escuchan señales de vida.
La indignación civil se manifestó de forma directa durante las recorridas oficiales. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, fue abucheada por residentes en el municipio de Chacao, quienes acusaron al oficialismo de priorizar la comunicación política sobre la operatividad del rescate. A pesar de las críticas, la funcionaria sostuvo que el Estado trabaja “sin descanso” y confirmó que, hasta el momento, se han logrado rescatar a 33 personas con vida. Por su parte, Jorge Rodríguez calificó el fenómeno como el evento más fatídico que ha sufrido la República en los últimos 123 años, detallando que tras los dos movimientos sísmicos principales se han contabilizado 430 réplicas, lo que complica la estabilidad de las estructuras que aún permanecen en pie y pone en riesgo a los 30.000 efectivos desplegados, entre militares, policías y personal médico.
En el terreno, la desesperación tiene nombres propios. Carlos Eduardo, un hombre de 31 años, permanece atrapado en La Guaira bajo una estructura colapsada; sus familiares aseguran haberlo escuchado, pero la falta de equipos de oxicorte y grúas impide su extracción. Testimonios recogidos por equipos de emergencia en la zona indican que existen edificios donde no se ha removido ni una sola piedra desde el miércoles. Un bombero que opera en el área, bajo condición de anonimato, admitió que la capacidad de respuesta está desbordada: “No hay suficientes manos y es muy probable que todavía haya personas atrapadas”. En paralelo, Mileidy Romero, voluntaria en las labores de salvamento, denunció que en ciertos sectores se han localizado cuerpos de bebés recién nacidos y adultos que no han podido ser recuperados por la falta de apoyo logístico de las autoridades.
Contexto
Este desastre natural ocurre en un momento de extrema fragilidad para Venezuela. La crisis política y económica que ha atravesado el país en la última década ha degradado significativamente la infraestructura pública y los protocolos de emergencia. Expertos en gestión de riesgos señalan que la falta de mantenimiento en edificaciones y la precariedad de los servicios de salud —que ya operaban al límite antes del sismo— han exacerbado las consecuencias del terremoto. Históricamente, Venezuela no enfrentaba un evento de esta magnitud desde el siglo XIX, lo que encontró a los organismos de defensa civil con recursos limitados y una dependencia crítica de la ayuda internacional.
El Gobierno decretó el estado de emergencia nacional para agilizar la llegada de asistencia, logrando la movilización de 21 delegaciones internacionales. Según el reporte de la Asamblea Nacional, actualmente operan en el país 2.242 rescatistas extranjeros y 96 unidades caninas especializadas. No obstante, el acceso a las zonas de mayor impacto, como el estado La Guaira, permanece restringido por controles militares en la carretera principal que conecta con Caracas. Esta medida, justificada por el Ministerio del Interior para facilitar el paso de ambulancias, ha generado roces con civiles y organizaciones no gubernamentales que intentan llevar suministros de forma independiente a las comunidades aisladas.
Impacto
El impacto de esta catástrofe redefine la agenda humanitaria de la región. La superación de la ventana de las 72 horas —el periodo vital donde las probabilidades de supervivencia son altas— marca un punto de inflexión trágico. Especialistas en desastres explican que, a partir de este plazo, la deshidratación, el síndrome de aplastamiento y las infecciones por heridas no tratadas reducen drásticamente las chances de encontrar personas con vida. El sistema sanitario, ya colapsado, debe atender ahora a miles de heridos en instalaciones improvisadas, mientras el Ministerio del Interior, encabezado por Diosdado Cabello, advierte sobre el peligro inminente de fugas de gas y nuevos derrumbes en estructuras debilitadas.
A pesar del panorama sombrío, especialistas como el paramédico Steven Salazar Vásquez mantienen una cautela esperanzadora basada en la arquitectura de los edificios afectados. Salazar Vásquez explicó que en construcciones de gran altura que sufrieron colapsos parciales pueden haberse formado los denominados “triángulos de la vida”, espacios donde el aire y la estructura permiten la supervivencia por periodos más prolongados. Sin embargo, la efectividad de estos hallazgos depende exclusivamente de la velocidad con la que la maquinaria pesada pueda llegar a los sitios de desastre, una logística que hasta ahora ha sido el principal punto de fricción entre la ciudadanía y el mando militar a cargo de la emergencia.
Las próximas horas serán determinantes para definir la magnitud final de la tragedia, mientras el país aguarda el ingreso de más suministros médicos y equipos técnicos del exterior. La prioridad de las autoridades se centra ahora en la identificación de cadáveres y la contención de riesgos sanitarios en los refugios, donde miles de venezolanos enfrentan la pérdida total de sus hogares. La tensión política persiste, con la oposición y diversos sectores sociales exigiendo una auditoría sobre el uso de los fondos de emergencia y la distribución de la ayuda humanitaria que comienza a arribar a los puertos y aeropuertos del país.