La figura de Bernardino Rivadavia, primer presidente argentino entre 1826 y 1827, volvió al centro del debate historiográfico al cumplirse 200 años de su intento de modernización institucional, educativa y económica en las Provincias Unidas del Río de la Plata.
El proceso denominado “protomodernización” representó un esfuerzo por transformar una aldea colonial de apenas 50.000 habitantes, con calles de tierra e iluminación precaria de velas de sebo, en un Estado moderno inspirado en los modelos europeos. Según registros históricos del Archivo General de la Nación, Rivadavia aplicó conocimientos adquiridos durante su estancia de cinco años en Europa, donde mantuvo vínculos directos con pensadores liberales como Jeremy Bentham, Destutt de Tracy y Benjamin Constant. Influenciado por las teorías económicas de Adam Smith y David Ricardo, el entonces secretario de Gobierno de Martín Rodríguez impulsó la creación del Banco de Descuentos en 1822, la entidad financiera más antigua de Hispanoamérica con capacidad de emisión monetaria respaldada en metales preciosos, que posteriormente fue absorbida por el Banco de la Provincia de Buenos Aires en 1824.
En el plano institucional, la gestión rivadaviana desmanteló las estructuras coloniales al suprimir los cabildos de Buenos Aires, Luján y San Nicolás, transfiriendo sus funciones a tribunales de justicia con jueces letrados. De acuerdo con analistas del derecho constitucional, uno de los hitos más disruptivos fue la sanción de la ley de sufragio universal masculino en 1821 para la Sala de Representantes, una medida inédita en América Latina que eliminaba los requisitos de alfabetización o propiedad para ejercer el voto. Paralelamente, su política eclesiástica generó fuertes tensiones sociales al expropiar bienes de la Iglesia, disolver órdenes religiosas y eliminar fueros especiales, buscando consolidar un Estado laico y centralizado que chocaba con las tradiciones de la época.
Contexto
La Argentina de la década de 1820 se encontraba en una etapa de fragmentación tras la caída del Directorio en 1820, periodo conocido como la “anarquía del año 20”. Mientras el país intentaba reorganizarse, Rivadavia regresó de Europa habiendo presenciado el auge de la Revolución Industrial y la expansión ferroviaria. En ese escenario, Buenos Aires carecía de infraestructura básica: no existía un puerto formal, solo un muelle precario rodeado de barro, y las aguas servidas eran arrojadas a la vía pública por falta de cloacas. La economía rural era rudimentaria, basada exclusivamente en la exportación de cueros y sebo, con los primeros saladeros produciendo charque para el mercado exterior, pero sin alambrados en las estancias ni desarrollo agrícola significativo.
Bajo esta coyuntura, Rivadavia intentó una “batalla cultural” a través de la Sociedad Literaria y publicaciones como La Abeja Argentina y El Argos, buscando difundir las ideas de la Ilustración. Para sostener este cambio, fomentó la llegada de científicos e intelectuales extranjeros como el botánico Aimé Bonpland, el físico Octavio Fabrizio Mossotti, el historiador Pedro de Angelis y el ingeniero Carlos Enrique Pellegrini. También fundó instituciones que perduran hasta hoy, como la Universidad de Buenos Aires (1821), la Academia Nacional de Medicina (1822), el Museo de Ciencias Naturales (1823) y el Departamento Topográfico (1826), que sentó las bases de la cartografía oficial argentina, motivo por el cual cada 26 de junio se conmemora el Día de la Cartografía.
Impacto
La relevancia de este periodo radica en la vigencia de los problemas estructurales que Rivadavia intentó resolver y que aún persisten en la Argentina contemporánea. Según datos de consultoras de infraestructura, en el Conurbano bonaerense actual la red cloacal todavía no alcanza al 35% de los hogares y un tercio de las arterias viales siguen siendo de tierra, cifras que resuenan con las carencias del siglo XIX. Además, la calificación de Argentina como mercado “standalone” por parte del MSCI (Morgan Stanley Capital International) refleja un aislamiento financiero que encuentra un antecedente en el polémico préstamo con la banca Barings de Londres, cuyos fondos fueron finalmente desviados para financiar la guerra con el Imperio del Brasil en lugar de las obras públicas proyectadas.
El impacto educativo también es central en este análisis. Rivadavia introdujo el sistema lancasteriano, donde los alumnos avanzados ayudaban a los maestros, y creó la Sociedad de Beneficencia para profesionalizar la ayuda social y la educación femenina, desplazando el rol tradicional de las órdenes religiosas. Sin embargo, la inestabilidad política y la falta de recursos económicos recurrentes en la historia nacional provocaron que muchos de los científicos convocados terminaran sin empleo o abandonando sus proyectos, marcando el inicio de una tendencia de discontinuidad en las políticas de Estado que, según historiadores contemporáneos, ha obstaculizado el desarrollo sostenido del país durante los últimos 80 años.
El debate sobre la figura de Rivadavia, a quien Bartolomé Mitre llamó el “primer hombre civil” y sus detractores tildaron de “sapo del diluvio”, continúa siendo un espejo de las divisiones políticas actuales. La tensión entre la ambición de una integración global y las limitaciones de una economía sin crédito ni moneda estable permanece como el principal desafío pendiente para la administración nacional, mientras se espera que las nuevas generaciones de historiadores profundicen en el análisis de este primer intento fallido de modernización para extraer lecciones aplicables al presente.