CULTURA

El mausoleo de Manuel Belgrano: del mármol de una cómoda al honor

A 204 años de su fallecimiento, la historia del entierro de Manuel Belgrano revela las profundas carencias y el olvido institucional que el prócer enfrentó hasta la construcción de su mausoleo definitivo en 1903.

Redacción El Capitán 20 de junio de 2026 5 min de lectura
El mausoleo de Manuel Belgrano: del mármol de una cómoda al honor
Foto: La Nación

Manuel Belgrano murió el 20 de junio de 1820 en su casa de Buenos Aires, sumido en la pobreza y el olvido político, siendo enterrado inicialmente bajo una lápida improvisada con el mármol de una cómoda familiar.

El fallecimiento del creador de la bandera ocurrió en un escenario de extrema precariedad económica y física. Tras ser liberado de un arresto en Tucumán por orden de Bernabé Aráoz el 2 de enero de 1820, Belgrano debió costear su regreso a la capital gracias a un préstamo de 2000 pesos realizado por su amigo José Celedonio Balbín. Las arcas públicas, a pesar de la deuda salarial que mantenían con el general y de los 40.000 pesos que él mismo había donado para la construcción de escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero tras la victoria de Salta en 1813, le negaron cualquier tipo de asistencia financiera. Según fuentes del Archivo General de la Nación, el prócer llegó a su vivienda en la actual avenida Belgrano 430 bajo un cuadro clínico de hidropesía avanzado que le impedía incluso respirar en posición horizontal, pasando sus últimas noches sentado en un sillón.

La austeridad de su sepelio reflejó la crisis institucional de la época, conocida como el “día de los tres gobernadores”, donde la acefalía de poder en Buenos Aires eclipsó la pérdida del jefe militar. El 25 de mayo de 1820, Belgrano dictó su testamento nombrando albacea a su hermano, el sacerdote Domingo Estanislao Belgrano, y solicitando ser enterrado en el Convento de Santo Domingo. Debido a la falta de recursos, su hermano Miguel cedió una placa de mármol de una cómoda perteneciente a su madre para sellar la fosa en el atrio del convento. La inscripción original rezaba simplemente: “Aquí yace el general Belgrano”. No hubo honores de Estado ni presencia masiva de ciudadanos; solo un grupo reducido de familiares y amigos íntimos asistió a la ceremonia el 27 de junio de ese año.

Contexto

El tratamiento póstumo de Belgrano se enmarca en un período de fragmentación territorial y guerras civiles que dificultaron el reconocimiento de las figuras de la independencia. Durante gran parte del siglo XIX, la figura del general permaneció en un segundo plano de la memoria colectiva. En 1855, la lápida original debió ser reemplazada debido al desgaste provocado por el tránsito peatonal en el patio del convento, evidenciando el descuido institucional. Fue recién en 1895 cuando un movimiento estudiantil iniciado en el Colegio Nacional de Buenos Aires y la Escuela Nacional de Comercio impulsó la creación de una comisión para recaudar fondos. Según registros de la época, se reunieron 107.725 pesos a través de suscripciones públicas y aportes del Congreso Nacional mediante la ley 3363, lo que permitió contratar al escultor italiano Ettore Ximenes para la construcción de un monumento digno.

La exhumación de los restos, realizada el 4 de noviembre de 1902, no estuvo exenta de controversias que marcaron la crónica periodística de principios del siglo XX. Durante el proceso, se hallaron algunos huesos, trozos de madera y clavos de bronce que fueron depositados en una bandeja de plata. Sin embargo, el acto se vio empañado por un incidente que involucró al ministro del Interior, Joaquín V. González, y al ministro de Guerra, Pablo Ricchieri, quienes retiraron piezas dentales del prócer para conservarlas como recuerdos personales. La presión de la prensa y la indignación social obligaron a los funcionarios a devolver los restos pocos días después, permitiendo que la urna fuera finalmente sellada para su traslado al nuevo mausoleo.

Impacto

La inauguración del mausoleo el 20 de junio de 1903, exactamente 83 años después de su muerte, significó la reparación histórica de la figura de Belgrano en el panteón nacional. La obra de Ximenes, de nueve metros de altura, transformó el atrio de Santo Domingo en un sitio de referencia patriótica. El monumento incorpora simbología compleja: bajorrelieves de las batallas de Tucumán y Salta, figuras que representan el pensamiento y la acción, y un cóndor de bronce que corona la estructura. Este cambio de paradigma permitió que el Estado argentino comenzara a utilizar la figura de Belgrano como un pilar de la identidad nacional, vinculándolo no solo con la victoria militar, sino con valores de humildad, educación e impulso industrial.

Hoy en día, el mausoleo en la intersección de la avenida Belgrano y la calle Defensa funciona como un recordatorio de las tensiones entre el sacrificio personal de los fundadores y la gratitud tardía de las instituciones. El sitio conserva marcas de proyectiles de las invasiones inglesas en sus torres, integrando la tumba del prócer en un complejo histórico que abarca toda la gesta emancipadora. La evolución de una lápida doméstica a un monumento de mármol y bronce refleja el proceso de construcción de la memoria argentina, donde el reconocimiento oficial suele llegar décadas después de los hechos, impulsado muchas veces por la sociedad civil antes que por la dirigencia política.

El próximo paso en la preservación de este patrimonio histórico involucra tareas de restauración técnica sobre los bajorrelieves de bronce y el sarcófago de aluminio, afectados por la polución ambiental del casco histórico porteño. Las autoridades del Ministerio de Cultura y la orden dominica mantienen una agenda de visitas guiadas que buscan revalorizar no solo el monumento, sino el legado ético de un hombre que, según sus propias palabras antes de morir, lamentaba partir en la pobreza extrema tras haber entregado su vida y fortuna a la formación de la nación.

Fuente: La Nación

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Información publicada por La Nación.

Redacción El Capitán

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