SOCIEDAD

Pilar Sordo advierte sobre la crisis del lenguaje y el diálogo interno

La psicóloga Pilar Sordo analizó en Buenos Aires el impacto de la reducción del vocabulario y la falta de paciencia en los vínculos sociales, destacando la necesidad de desaprender mandatos para fortalecer la estabilidad emocional.

Redacción El Capitán 19 de junio de 2026 6 min de lectura
Pilar Sordo advierte sobre la crisis del lenguaje y el diálogo interno
Foto: La Nación

La psicóloga y escritora Pilar Sordo analizó la evolución de los vínculos sociales y la relevancia del lenguaje en la construcción de la estabilidad emocional, durante un encuentro en Buenos Aires donde destacó la importancia del diálogo interno.

El desarrollo de la identidad personal atraviesa hoy una crisis profunda derivada de la simplificación de la comunicación. Según la especialista, el ser humano llega al mundo con la misión de conocerse y, fundamentalmente, de desarmar las estructuras de enseñanza previas. Este proceso de desaprendizaje resulta más crítico que la adquisición de nuevos conocimientos, ya que requiere un diálogo interno que funcione como una herramienta de autoconocimiento y autocuidado. Sin embargo, los indicadores actuales muestran una tendencia preocupante: las personas utilizan cada vez menos vocabulario para describir sus estados internos. Esta reducción léxica no es un dato menor para la salud mental, ya que limita la capacidad de procesar y expresar la subjetividad, generando un vacío que el entorno digital no logra completar de manera efectiva.

La sustitución de palabras por elementos visuales, como los emoticones, ha transformado la profundidad de las relaciones interpersonales. Sordo, basándose en las teorías del psiquiatra español José Luis Marín, sostuvo que la carencia de términos precisos para nombrar el dolor o la alegría deriva en patologías clínicas. El fenómeno se agrava por una disminución sistémica de la paciencia social. En la dinámica actual, no solo existe una dificultad para verbalizar lo que sucede en el interior de cada sujeto, sino que el receptor presenta una resistencia creciente a la escucha activa. Esta falta de atención mutua convierte a las conversaciones en monólogos intermitentes, donde se pierde la posibilidad de transformación personal a través del intercambio con el otro. Para que un vínculo sea genuino, debe existir la exposición al cambio que propone el discurso ajeno, algo que la inmediatez tecnológica parece estar erosionando de forma acelerada.

La investigación realizada por Sordo durante ocho años consecutivos revela que la autopercepción es el motor que define la visión del mundo y el amor propio. La forma en que un individuo se habla a sí mismo determina cómo proyecta sus valores hacia la sociedad. Si una persona se percibe como noble o confiable, tenderá a ver esas mismas cualidades en su entorno. Por el contrario, un diálogo interno hostil o precario limita la capacidad de enfrentar procesos críticos como los duelos o la definición de un propósito de vida. La analista remarcó que la autopercepción define la expresión de las emociones y el motor con el que cada sujeto se relaciona con la realidad exterior. El amor propio no es un concepto abstracto, sino el resultado directo de la calidad de ese discurso privado que mantenemos con nosotros mismos de manera constante.

Contexto

El análisis de Pilar Sordo se inscribe en un contexto global de sobreestimulación y exigencia de felicidad permanente. Durante la última década, la psicología clínica ha observado un incremento en los cuadros de ansiedad vinculados a la incapacidad de tolerar la frustración y el silencio. La cultura de la inmediatez, potenciada por el uso de redes sociales y la comunicación fragmentada, ha modificado las estructuras cognitivas con las que procesamos la información emocional. Históricamente, el lenguaje ha sido el ordenador del pensamiento; sin embargo, la transición hacia una comunicación predominantemente visual ha dejado a grandes sectores de la población sin las herramientas semánticas necesarias para gestionar crisis personales. Este escenario se ve agravado por una presión social que estigmatiza la tristeza o la duda, obligando a los individuos a mantener una fachada de bienestar que carece de sustento real en su diálogo interno.

A este panorama se suma la herencia de modelos educativos tradicionales que priorizaban la acumulación de información por sobre la gestión del mundo interior. Sordo plantea que el desafío de la madurez en el siglo XXI no consiste en sumar títulos o habilidades técnicas, sino en desmantelar aquellos mandatos que impiden el desarrollo de una identidad auténtica. La noción de que venimos a desaprender lo enseñado choca frontalmente con las estructuras institucionales que todavía premian la repetición y la conformidad. La especialista subraya que este conflicto entre lo que se espera de nosotros y lo que realmente somos es la principal fuente de malestar en la consulta psicológica contemporánea, donde los pacientes llegan buscando respuestas externas para problemas que nacen de una desconexión con su propia narrativa personal.

Impacto

La relevancia de estas conclusiones radica en el cambio de paradigma que proponen para la salud pública y el bienestar individual. Al identificar la falta de palabras como una causa directa de enfermedad, se pone el foco en la necesidad de recuperar la educación emocional y el fomento de la lectura y la expresión oral como medidas preventivas. El impacto de una sociedad que no puede comunicarse con profundidad se traduce en vínculos más frágiles, mayores tasas de divorcio, conflictos laborales por malentendidos y una sensación generalizada de soledad acompañada. La incapacidad de sostener una conversación donde ambos participantes se sientan escuchados afecta directamente la cohesión social y la capacidad de resolución de conflictos de manera pacífica y constructiva.

Por otro lado, la reivindicación de la incomodidad como motor de crecimiento desafía la industria del bienestar que busca eliminar cualquier rastro de molestia mediante el consumo o la evasión. Sordo sostiene que el roce que produce el darse cuenta de la necesidad de un cambio es la única invitación real a la evolución personal. Aceptar que el crecimiento duele y que la fuga no es una solución sostenible permite a los individuos retomar el control sobre sus vidas. El derecho humano a cambiar de opinión, a equivocarse y a retirarse de espacios que no generan bienestar se convierte así en una herramienta de empoderamiento frente a la rigidez de las expectativas sociales. Este enfoque promueve una mayor resiliencia y una salud mental basada en la honestidad interna más que en la validación externa.

El próximo paso en esta evolución de los vínculos dependerá de la capacidad de las instituciones y los individuos para revalorizar el silencio y la palabra precisa. La tensión entre la velocidad tecnológica y la lentitud necesaria para el procesamiento emocional marcará la agenda de la psicología en los próximos años. Se espera que la recuperación del diálogo interno y la ampliación del vocabulario emocional se conviertan en ejes centrales para mitigar el avance de las patologías vinculadas al aislamiento y la falta de propósito en las nuevas generaciones.

Fuente: La Nación

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Información publicada por La Nación.

Redacción El Capitán

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