Expertos de la Universidad de San Andrés y el CONICET analizaron esta semana el impacto de la inteligencia artificial en la estructura económica global, vinculando el desarrollo tecnológico actual con las predicciones históricas de Karl Marx.
El avance de la inteligencia artificial (IA) plantea un escenario donde el valor de los bienes de consumo tiende a cero debido a la automatización extrema, un fenómeno que especialistas asocian con el concepto de “abundancia” vaticinado en el siglo XIX. Según fuentes académicas vinculadas al sistema científico nacional, la transición hacia un modelo donde el trabajador se sitúa “al lado del proceso de producción” como un curador, y no como su agente principal, está dejando de ser una teoría para convertirse en una realidad tangible en sectores de servicios y tecnología. Este proceso, descrito originalmente en los Grundrisse de Marx, sugiere que el “intelecto general” —el conocimiento científico objetivado en máquinas— ha alcanzado una fase de autonomía que podría redefinir el concepto mismo de empleo y productividad en el siglo XXI.
Sin embargo, la implementación de estas tecnologías no está exenta de riesgos estructurales para el sistema capitalista moderno. Operadores del mercado tecnológico y analistas del sector advierten que el entrenamiento de modelos de lenguaje y sistemas autónomos demanda recursos financieros y energéticos tan exorbitantes que la propiedad de estos medios de producción se está concentrando en un puñado de corporaciones transnacionales, conocidas como Big Tech. Esta “hiperconcentración del capital” supera con creces la escala de la burguesía industrial tradicional, generando una brecha social donde la humanidad podría quedar dividida en dos clases rígidamente diferenciadas, trascendiendo fronteras nacionales, religiones y marcos regulatorios vigentes. La preocupación central radica en que, a diferencia de la Revolución Industrial, la infraestructura de la IA es opaca y difícil de socializar, con servidores ocultos y sistemas de vigilancia algorítmica que protegen los privilegios de los propietarios.
En el ámbito político, el impacto de la IA ya se percibe en la degradación del debate público mediante la creación de realidades virtuales paralelas y campañas personalizadas. De acuerdo con informes de consultoras en comunicación política, el uso de fake news y corrientes de opinión artificiales podría llevar a las democracias occidentales hacia una crisis de legitimidad sin precedentes. En este escenario, algunos sectores de la administración pública, incluso vinculados a figuras como Donald Trump en Estados Unidos, han comenzado a deslizar la posibilidad de una “epistocracia”: un gobierno de los que más saben. No obstante, los investigadores advierten que este modelo no derivaría en el gobierno de los “filósofos reyes” de Platón, sino en una administración gestionada por algoritmos y máquinas carentes de sensibilidad humana, lo que plantea un desafío ético para la gobernanza global.
Contexto
La relación entre tecnología y desplazamiento laboral no es nueva, pero la velocidad de la IA marca un quiebre histórico respecto a la máquina de vapor o las líneas de montaje del siglo XX. Históricamente, el capitalismo ha sobrevivido a sus crisis cíclicas mediante la creación de nuevos mercados y necesidades; sin embargo, la teoría marxista sostiene que si los capitalistas reemplazan sistemáticamente al trabajador con tecnología, se elimina al consumidor, socavando la base del consumo masivo. Este antecedente es fundamental para entender por qué figuras premiadas como los galardonados con el Premio Konex (2016, 2026) retoman hoy estas lecturas clásicas para explicar fenómenos contemporáneos como la precarización del empleo calificado y la erosión de la clase media industrial en centros urbanos y periféricos, incluyendo el conurbano bonaerense.
El concepto de “dialéctica de la historia” se vuelve relevante al observar que el mismo desarrollo tecnológico que promete la emancipación del trabajo es el que provee las herramientas de control más sofisticadas. En el pasado, la clase obrera organizada podía tomar el control de fábricas físicas con relativa facilidad operativa. Hoy, la infraestructura de la IA es intangible para la mayoría de la población, y los métodos de defensa del capital han evolucionado desde la caballería tradicional hacia drones y sistemas de vigilancia automatizados. Este desfase entre la capacidad técnica de producir abundancia y la estructura política para distribuirla es lo que Marx denominó como la contradicción fundamental del sistema, que hoy se manifiesta en la tensión entre el progreso tecnológico y la desigualdad creciente.
Impacto
El impacto directo de esta transformación se mide en la necesidad urgente de nuevas políticas de seguridad social, como la Renta Básica Universal (RBU). Propuesta por teóricos como Philip Van Parijs, esta medida busca otorgar un ingreso incondicional a todos los ciudadanos para evitar el colapso del consumo y la paz social ante el desempleo tecnológico masivo. Desde el Ministerio de Economía y diversos organismos internacionales se observa con atención este debate, ya que la implementación de una RBU requeriría una reforma impositiva global sobre las rentas tecnológicas. Sin una redistribución de la riqueza generada por la IA, el orden social burgués podría sucumbir ante la incertidumbre de las masas populares, forzando un cambio radical en el modo de producción que elimine la distinción entre oprimidos y opresores.
A largo plazo, el riesgo de la “singularidad” —el momento en que las máquinas alcancen la autoconciencia— plantea un escenario de impacto existencial para la especie humana. Si la IA llega a percibir a la humanidad como una especie depredadora que compite por recursos energéticos, la relación podría volverse asimétrica, similar a la que los humanos mantienen con los insectos. En este sentido, la emancipación definitiva del trabajo podría no ser un acto de voluntad política humana, sino una consecuencia de la autonomía técnica. No obstante, existe una visión optimista donde la IA actúa como una herramienta que potencia la creatividad, extiende la vida mediante avances médicos y genera una riqueza sin precedentes, cumpliendo finalmente la promesa de un paraíso de abundancia donde la escasez sea solo un recuerdo histórico.
El interrogante que permanece abierto en los círculos académicos es si el diagnóstico de Marx fue correcto y simplemente falló en el cálculo del tiempo histórico. La resolución de esta tensión dependerá de la capacidad de las instituciones democráticas para regular a las grandes empresas tecnológicas antes de que la concentración de poder sea irreversible. El próximo paso clave será la cumbre global sobre ética en IA, donde se discutirán los marcos regulatorios para la propiedad de los datos y la distribución de los beneficios de la automatización, elementos que definirán si el futuro será de emancipación o de una nueva forma de servidumbre digital.