El psicólogo y escritor Gabriel Rolón afirmó que la búsqueda de la felicidad en el pasado anula el sentido de la vida presente durante una disertación sobre salud mental y vínculos afectivos realizada este miércoles en Buenos Aires.
El especialista sostuvo que la tendencia contemporánea de refugiarse en tiempos remotos constituye una renuncia explícita a la responsabilidad de habitar el presente. Según explicaron analistas del sector de salud mental consultados, este fenómeno se ha intensificado en la última década, afectando la capacidad de los individuos para proyectar objetivos a mediano y largo plazo. Rolón introdujo el neologismo “faltacidad” para definir una forma de bienestar que no ignora las carencias, sino que las integra. Para el autor, cualquier intento de alcanzar una plenitud total o absoluta está técnicamente condenado al fracaso, dado que ignora la finitud intrínseca de la condición humana y las heridas acumuladas en la historia personal de cada sujeto.
En el ámbito de los vínculos afectivos, el analista desestimó la vigencia del mito de la “media naranja”, argumentando que las personas son entidades que han perdido piezas en su recorrido vital. De acuerdo con datos de consultoras especializadas en vínculos, la expectativa de completitud en la pareja es una de las principales causas de frustración en las consultas terapéuticas actuales. Rolón enfatizó que nadie posee la capacidad de completar a otro de forma definitiva. En este sentido, definió al amor saludable como una renuncia consciente al ejercicio del poder sobre el prójimo. Según su visión, la sanidad en un vínculo se manifiesta cuando un individuo, teniendo la capacidad de dañar al otro debido al conocimiento profundo de sus debilidades, decide activamente no utilizar ese poder en su beneficio o para el perjuicio ajeno.
Respecto a la dimensión existencial, el psicólogo expresó un marcado escepticismo profesional frente a conceptos como la esperanza y la fe. Argumentó que la esperanza suele funcionar como un mecanismo que incapacita al sujeto para accionar su propio deseo, dejándolo a la espera de sucesos que calificó como más mágicos que personales. Esta postura coincide con diversos estudios clínicos que asocian la espera pasiva con cuadros de ansiedad y estancamiento vital. Para Rolón, el amor es un invento cultural diseñado para mitigar la angustia frente a la finitud, funcionando como un recurso para engañar temporalmente a la idea de la muerte. La práctica de este sentimiento requiere, por lo tanto, una valentía que se contrapone a la pasividad de la esperanza tradicional.
Contexto
La obra de Gabriel Rolón se inscribe en una tradición de divulgación del psicoanálisis en Argentina que ha ganado terreno desde la publicación de sus primeros ensayos hace más de quince años. En un país que registra una de las tasas de psicólogos por habitante más altas del mundo —aproximadamente 222 profesionales por cada 100.000 personas según datos del Ministerio de Salud—, el debate sobre el bienestar emocional ocupa un lugar central en la agenda pública. El concepto de “superyó”, que Rolón menciona como el conjunto de mandatos familiares y culturales que nublan el deseo individual, es un pilar de la teoría freudiana que el autor busca simplificar para el acceso masivo. Históricamente, la sociedad argentina ha mostrado una permeabilidad única hacia estas temáticas, lo que explica la relevancia de estas definiciones en el tejido social actual.
El marco teórico propuesto por el analista también responde a una fatiga cultural respecto a los discursos de autoayuda que promueven una felicidad constante y sin fisuras. Durante los últimos cinco años, la tendencia en la psicología clínica ha virado hacia la aceptación del malestar como parte constitutiva de la salud mental. La propuesta de Rolón de que el psicoanálisis es el arte de evitar que alguien cumpla un destino impuesto por voces ajenas, resuena con las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud que indican un aumento en los trastornos de identidad y propósito en las grandes urbes. Este trasfondo de presión por el éxito y la perfección es el que dota de relevancia a la idea de una felicidad que abraza las ausencias y los dolores crónicos.
Impacto
La redefinición de la felicidad como un “momento de eternidad” donde coexisten el pasado, el presente y el futuro tiene consecuencias directas en el abordaje de los tratamientos terapéuticos contemporáneos. Al desplazar el eje de la plenitud absoluta hacia la “faltacidad”, se reduce la presión social sobre el individuo, permitiendo una gestión más realista de las expectativas personales y laborales. Operadores del sector salud indican que este cambio de paradigma ayuda a disminuir los niveles de frustración en pacientes que buscan soluciones mágicas a problemas estructurales de la existencia. La validación del dolor y la herida como componentes de la felicidad permite una integración psíquica más sólida y menos dependiente de validaciones externas o éxitos materiales efímeros.
Asimismo, el impacto se extiende a la configuración de las relaciones de poder dentro de las familias y las parejas. La premisa de que el amor es la renuncia al poder establece un nuevo estándar ético para la convivencia social en un momento de alta polarización y conflictividad vincular. Al identificar los mandatos del superyó como obstáculos para el deseo genuino, se fomenta una mayor autonomía individual frente a las presiones del mercado y las tradiciones obsoletas. Esta perspectiva promueve una sociedad de sujetos más conscientes de sus limitaciones, lo que, paradójicamente, fortalece la resiliencia colectiva ante las crisis económicas y sociales recurrentes que atraviesa la región, donde la estabilidad emocional suele ser el primer activo en riesgo.
El próximo paso en la difusión de estas ideas será la presentación de estos conceptos en foros académicos y ferias del libro nacionales, donde se espera que la discusión sobre la “faltacidad” genere nuevos debates entre las distintas escuelas de psicología. La tensión pendiente reside en cómo estas definiciones lograrán permear en las nuevas generaciones, que habitan entornos digitales donde la imagen de felicidad suele estar disociada de la falta y el dolor. El desafío para los profesionales de la salud mental será traducir esta ética del deseo en herramientas prácticas para una población que enfrenta niveles crecientes de incertidumbre sobre el futuro y una nostalgia persistente por un pasado que, según el diagnóstico de Rolón, ya no puede ofrecer soluciones.