SALUD

Especialistas advierten que el 50% de los bebés presentan despertares nocturnos frecuentes

Un estudio clínico reveló que casi la mitad de los niños de entre seis meses y dos años interrumpe su sueño habitualmente debido a factores madurativos y hábitos externos.

Redacción El Capitán 24 de mayo de 2026 6 min de lectura
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Foto: Infobae

Casi el 50% de los niños de entre seis meses y dos años experimenta despertares nocturnos habituales, según un estudio clínico publicado en la revista médica Atención Primaria que analiza los patrones de descanso en la primera infancia.

La investigación, realizada en centros de salud especializados, determinó que exactamente el 49,6% de los menores analizados presenta interrupciones frecuentes en su descanso, un fenómeno que responde tanto a la maduración del sistema nervioso como a factores ambientales. De acuerdo con fuentes del sector pediátrico, estos episodios no deben considerarse necesariamente una patología, sino una fase del desarrollo que requiere un abordaje integral por parte de los cuidadores. La psicóloga infantil Alba Rodríguez identificó cuatro pilares fundamentales que disparan estas interrupciones: el desajuste en las siestas diurnas, los hitos del desarrollo motor como el gateo, la incapacidad de conciliar el sueño sin asistencia externa y las fluctuaciones hormonales que ocurren naturalmente hacia el final de la madrugada. Estas variables alteran el ritmo circadiano del lactante, generando ciclos de alerta en momentos donde el organismo debería permanecer en estado de reposo profundo.

El manejo de estos despertares resulta crítico para la estabilidad del núcleo familiar, dado que el 22,2% de los padres reporta un descanso insuficiente derivado de la fragmentación del sueño de sus hijos. Según indicaron desde el Ministerio de Salud en sus guías de crianza, la respuesta de los adultos ante el llanto o el llamado nocturno puede actuar como un reforzador de la conducta. Si el bebé es expuesto a luces intensas, movimientos bruscos o es retirado de su habitación ante cada despertar, su cerebro interpreta estos estímulos como señales de actividad, consolidando un patrón de vigilia recurrente. Los especialistas recomiendan mantener un entorno de baja estimulación, preservando la oscuridad y el silencio para que el niño logre desarrollar la autonomía necesaria para retomar el sueño por sus propios medios, sin intervenciones que prolonguen el estado de alerta.

La doctora Yazmin Muñoz Badillo, médica pediatra, enfatizó la necesidad de establecer rutinas nocturnas que sean predecibles y constantes para reducir la ansiedad del menor. Estas secuencias, que pueden incluir un baño tibio y la reducción de la intensidad lumínica antes de acostarse, funcionan como marcadores biológicos que preparan al cuerpo para la segregación de melatonina. La regularidad en los horarios es, según los expertos en medicina del sueño, la herramienta más eficaz para sincronizar el reloj interno del bebé. Se desaconseja terminantemente el uso de pantallas o juegos de alta intensidad en las dos horas previas al descanso, ya que la sobreestimulación sensorial dificulta la transición hacia las fases de sueño profundo y aumenta la probabilidad de microdespertares durante la madrugada.

Contexto

El sueño infantil es un proceso evolutivo que atraviesa transformaciones drásticas durante los primeros 24 meses de vida. Históricamente, se ha observado que los recién nacidos mantienen un patrón polifásico, durmiendo entre 14 y 17 horas distribuidas en múltiples periodos a lo largo del día para satisfacer necesidades fisiológicas básicas como la alimentación. Sin embargo, a medida que el sistema nervioso central madura, estas necesidades cambian. Entre los cuatro y seis meses, el rango de sueño recomendado se sitúa entre las 12 y 16 horas, incluyendo las siestas. Al llegar al primer año, la cifra se estabiliza entre las 12 y 15 horas, para finalmente descender a un rango de 11 a 14 horas diarias entre el año y los dos años de edad. Este descenso gradual en la carga horaria total coincide con una mayor consolidación del sueño nocturno, aunque es precisamente en esta etapa donde suelen aparecer las llamadas “regresiones del sueño”.

Estas regresiones están íntimamente ligadas a los avances cognitivos y motrices. Cuando un bebé comienza a gatear, caminar o desarrollar las primeras estructuras del lenguaje, su cerebro mantiene una actividad eléctrica elevada incluso durante el descanso. Fuentes institucionales de sociedades de pediatría señalan que estos hitos del desarrollo suelen provocar que el niño intente “practicar” estas nuevas habilidades de forma inconsciente durante la noche, lo que deriva en despertares abruptos. Este fenómeno ha sido documentado ampliamente en la literatura médica como una respuesta normal al crecimiento, aunque suele generar altos niveles de estrés en los progenitores que desconocen la naturaleza transitoria de estos episodios. La comprensión de estos ciclos permite a las familias ajustar sus expectativas y no patologizar comportamientos que son, en esencia, signos de un desarrollo saludable.

Impacto

La persistencia de los despertares nocturnos tiene consecuencias directas que trascienden la salud del bebé, afectando la productividad y el bienestar psicológico de los adultos a cargo. La privación crónica del sueño en los padres está asociada a un incremento en los niveles de cortisol y una disminución en la capacidad de respuesta emocional, lo que puede tensar el vínculo familiar. Desde una perspectiva clínica, si el descanso fragmentado no se aborda con rutinas claras, puede derivar en trastornos del sueño a largo plazo que afecten el rendimiento cognitivo del niño durante sus horas de vigilia. Un bebé que no descansa lo suficiente puede presentar irritabilidad extrema, dificultades en la alimentación y, en casos más severos, una ralentización en los procesos de aprendizaje temprano debido a la falta de consolidación de la memoria que ocurre durante la fase REM.

Por otro lado, la correcta implementación de hábitos de higiene del sueño genera un impacto positivo inmediato en la dinámica del hogar. Al fomentar la autonomía del lactante, se reduce la dependencia de muletillas externas —como el balanceo o la alimentación por succión no nutritiva— para conciliar el sueño. Esto no solo mejora la calidad del descanso infantil, sino que permite una recuperación de los espacios de intimidad y descanso para los cuidadores. La evidencia recolectada por centros de salud sugiere que las familias que logran establecer un ambiente pacífico y predecible reportan una mejora del 30% en la percepción de su calidad de vida en menos de un mes de aplicación de estas medidas. La intervención temprana es, por lo tanto, una herramienta de salud pública que previene el agotamiento parental y promueve un crecimiento armónico.

El próximo paso para las familias que enfrentan dificultades persistentes es la consulta con especialistas en medicina del sueño o pediatras de cabecera para descartar causas orgánicas, como reflujo gastroesofágico o apneas. Si bien la mayoría de los casos se resuelven con ajustes en la rutina y el paso del tiempo, la evaluación profesional se vuelve indispensable cuando el agotamiento familiar compromete la seguridad o la salud de sus integrantes. La tendencia actual en la pediatría moderna se vuelca hacia un acompañamiento respetuoso que equilibre las necesidades biológicas del niño con la salud mental de los padres, entendiendo que el sueño es un hábito que se aprende y se entrena de manera progresiva.

Fuente: Infobae

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Redacción El Capitán

Equipo editorial de El Capitán con apoyo de inteligencia editorial. Periodismo argentino con análisis profundo.

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